El amanecer se cuela por las rendijas de la persiana, gris y tenue. El olor a pizza rancia persiste, mezclado con un dulzón perfume floral. Dormido en el suelo frío de la habitación, el sonido de la respiración de Leo, pesada y rítmica, me alcanza. El silencio es un colchón que me absorbe, un bálsamo que calma la agitación de Keila. El vínculo se adormece con ella, y mi pecho se relaja, el ardor de la X remite. No es paz, pero se le parece bastante.
Un estruendo metálico me arranca del sueño. Un golpe seco, como un camión chocando contra la pared de acero de un silo. Sacudo la cabeza, el cuello me duele, los músculos se quejan. El ruido me ha puesto en alerta. Mis ojos se abren, la oscuridad de la habitación mantenida por las cortinas se disipa con una conciencia inmediata. Los sentidos están a flor de piel. Un aventurero no se fía de los ruidos. El cuerpo se tensa. Me levanto de un salto, el corazón me martillea.
En la habitación, el caos se desata. Valentina salta de la cama con un respingo, sus ojos enormes, miran a Camila, que aún duerme, envuelta en las sábanas. La cara de Valentina se tiñe de un rojo intenso, una vergüenza desbordante.
—¡Camila, despierta! —susurra con urgencia, forcejeando con la sábana para liberarla. Sus manos tiemblan—. ¡Tenemos que irnos!
Camila gime, ajena al mundo.
—¿Cinco minutos más? —dice, la voz pastosa por el sueño.
Valentina, con un gruñido, tira de la sábana con más fuerza. Camila se estira, despertándose. Pero el pánico de Valentina es contagioso. Se levanta de golpe, su cabellera oscura enmarañada y sus ojos, antes adormilados, ahora abiertos de par en par.
—¡El ruido! —dice Valentina, casi un chillido.
—Y… —Camila se ruboriza al ver a Brandom de pie.
—¡Tenemos que irnos antes de que alguien más nos vea saliendo de la habitación de los chicos! — Valentina casi suplica, sujetando a Camila por el brazo, arrastrándola hacia la puerta. Susurros ininteligibles sobre "dignidad" y "reputación" se escapan de sus labios. La desesperación las impulsa, un movimiento torpe y cómico.
Las chicas recogen rápidamente sus cosas. Camila ya tiene la mitad de su ropa puesta, Valentina se las apaña con la otra en un abrir y cerrar de ojos, con un rubor encendido en sus mejillas. El movimiento es rápido, casi febril.
—Uhm… ¿Chicas? —Leo se incorpora, su voz rasposa por el sueño. Se frota los ojos, una sonrisa perezosa se dibuja en sus labios—. ¿Ya han despertado? Espero que hayáis tenido mucha diversión. —Bosteza, se estira, y sin esperar respuesta, se deja caer de nuevo en el colchón. Un ronquido suave me indica que ha vuelto a su particular universo.
Leo ha vuelto a caer al mundo de los sueños, Brandom mira la cama suya, vacía, deshecha. El sudor frío se pega a él, pero una extraña sensación de ligereza lo invade. Las chicas se han ido, el ruido cesó, y la incomodidad de la noche se disuelve. La cama libre Brandom posa los ojos en su propia cama, me acerco para acostarme. Me hundo en mi cama y la almoada.
Percibo el aroma del champú dulzón, un olor floral que impregna la tela. Luego siento algo mas en mi rostro, esta mojado. Levanto la almoada con dos dedos, haciendo una mueca, y la tiro con un remolino al suelo. Me dirijo al baño, me salpico la cara con agua fría, borrando el olor a saliva de mi rostro. Cuando regreso, la cama vacía me espera.
Me arropo entre mis sábanas. El dulzón perfume de lavanda aún persiste, un eco de la presencia de las chicas, es una experiencia rara. Cierro los ojos, el olor se adhiere a mis fosas nasales antes de que el sueño me arrastre. Mi mente está en blanco, ajeno a todo.
Varias horas después, una patada en la espinilla me saca de la nada.
—Vamos, Brandom, sé que estás despierto. Mi estómago ruge.
Abro los ojos. Leo está de pie junto a mi cama, el cabello revuelto, pero su sonrisa habitual en el rostro. La luz del día inunda la habitación, fuerte y clara.
—¿Y el ruido? —pregunto, mi voz ronca por el sueño. El estruendo regresa, nítido en mi memoria.
—Ni idea —Leo se encoge de hombros—. Pensé que tú sabrías. Pero ahora el hambre apremia más que la curiosidad. Vámonos. El Comedor debe estar abierto.
Me arrastro fuera de la cama, mis músculos protestan por cada movimiento. El recuerdo del suelo frío del paso y la incertidumbre del estruendo flotan en el aire. Nos vestimos en silencio. Leo opta por su camiseta raída de entrenamiento. Salimos de la habitación, el aroma a lavanda es casi un fantasma.
El Gran Comedor es una explosión controlada de sonidos y olores. El chocar de bandejas, el murmullo de cientos de conversaciones, el crepitar de las freidoras. La luz del sol se filtra por los ventanales, iluminando motas de polvo que danzan en el aire. Sin embargo, hay algo más. Una especie de zumbido eléctrico bajo el bullicio habitual. Las miradas se cruzan, los susurros son más densos, las risas apenas velan una excitación palpable.
Cogemos nuestras bandejas en la fila. Huele a tostadas quemadas y café. Mientras avanzamos, los fragmentos de conversaciones nos llegan a la cabeza.
"—...dicen que la pared del Dojo..." —dice un chico de primer año a otro.
"—...un agujero enorme, como un puñetazo..." —responde su compañero, con los ojos como platos.
Leo frunce el ceño, masticando su tostada.
—¿Un agujero? ¿En el Dojo? ¿Quién sería tan bruto? —pregunta, alzando una ceja.
Encontramos una mesa libre, alejada del centro. El murmullo de los estudiantes nos persigue.
—No fue un golpe, idiota —rebate una voz femenina desde una mesa cercana—. Mi amiga Laura estudia con los Centinelas. Dice que la barrieron. Literalmente. Como si hubieran soltado… una bestia.
Mi corazón da un vuelco. Una bestia. ¿Una bestia en el Dojo? ¿O una fuerza incontrolable? El sudor frío me recorre la nuca. El estruendo de anoche. Aquel dolor agudo en mi pecho. La irritación de Keila.
—¿Una pared destruida? —Leo apenas articula, la boca llena de café.