Leo mira la brecha, su rostro aún tenso. El asombro ha dado paso a una preocupación más profunda.
—¿Dónde crees que está el Maestro Dorian? —pregunto, la voz apenas un susurro en medio del destrozo. Mi estómago se encoge. Él me tendió la mano cuando nadie más lo hizo. Me enseñó a usar la lanza, me dio la oportunidad de despertar mi aura. Si le pasó algo…
Leo se encoge de hombros, intenta una sonrisa forzada.
—Probablemente descansando. Hoy es día de no-clases, Bran. ¡Hasta Dorian tiene derecho a dormir en una jornada como esta!
Sé que miente. Sé que él también lo piensa. El "cuarto de descanso" de Dorian. Una pequeña morada, al final del pasillo, justo detrás de la zona de entrenamiento personal. Dorian rara vez descansa allí durante el día, mucho menos en una jornada normal. Su energía es inagotable, su vigilia, una constante. Si no estaba allí cuando todo esto sucedió… O si estaba, y este es el resultado… Un escalofrío me recorre la espalda.
—No hay otra. Tenemos que entrenar… Si las cosas vuelven a la normalidad mañana, no podemos quedarnos atrás.
Una punzada de ansiedad me atraviesa el pecho. La cicatriz de mi pecho palpita con un ritmo desacompasado, un eco lejano del corazón de Keila. Un temblor casi imperceptible recorre mis manos, un reflejo de esa conexión invasiva. No es solo mi ansiedad. Es la suya. Ella también está alterada, inquieta. Siento su miedo, su frustración. El luto por Riven, sigue latente quizas. Ahora Dorian. La posibilidad de perder a otro mentor se clava en mi costado. La desesperación me empuja; cada hora sin entrenar es un paso atrás en mi promesa, en mi búsqueda de fuerza para proteger a mis cercanos, para vengar a Riven hasta donde mi dijo la tía de Keila tuvieron que huir eso significa que el peligro aun asecha.
—¿Y ahora qué? ¿Vamos al Crisol? ¿A esas fosas de sudor y machaque? —Leo suspira, su voz cargada de fastidio.
Miro una última vez la brecha en la pared. Mis pies se mueven, el impulso me arrastra hacia la salida. Leo me sigue, sin más quejas. El aire sigue cargado de polvo, el olor a destructor, acre y penetrante. La imagen del Dojo en ruinas quedará grabada en mi mente. Esto no es un simple accidente. Esto es una declaración.
—Vamos al Comedor —digo, mi voz resuena en el silencio del pasillo vacío—. Terminemos el desayuno. Pero mañana, al amanecer, estaremos en El Crisol. No hay tiempo el torneo no esperara por nosotros.
Avanzamos hacia el Gran Comedor. El silencio entre Leo y yo es una espesa manta. No hacen falta palabras. Sabemos lo que ha pasado, lo que implica, el caos que se avecina para el entrenamiento, para el torneo. Mi mentón es un nudo de preocupación, la X en mi pecho no deja de palpitar.
De repente, el vibrar familiar de mi móvil. Leo se detiene, saca el suyo del bolsillo.
—Es Camila —anuncia, su voz todavía con un matiz de sorpresa—. Dice… “Chicos, ¿saben qué pasó en el Dojo? ¿A dónde se supone que iremos a entrenar mañana? Iré al Crisol, pero probablemente esté lleno de Guerreros y Centinelas, ¿o quizás ya estén ahí?”
La pregunta resuena en mi cabeza. No es solo mi entrenamiento, es el de todos. Los demás Guerreros, los que confiaban en el Dojo, ahora están a la deriva. La imagen de decenas de ellos, esbeltos, ágiles, acostumbrados al tatami limpio y al siseo de las armas, invadiendo el Crisol, ese templo de la brutalidad de los Centinela, es a la vez cómica y trágica. No hay espacio. Nunca lo ha habido. Pensar en Camila, en su katana y sus movimientos precisos, tratando de adaptarse al caos de El Crisol, me produce una punzada extraña.
—Ni terminamos de desayunar, ¡vamos! —digo, mi voz más firme de lo que me siento. Necesitamos café, algo caliente. Algo de normalidad, aunque sea un simulacro—. Le responderé que nos vemos ahí.
Mi pulgar vuela sobre la pantalla, los dedos torpes para algo tan básico. El mensaje es corto, conciso. Mientras lo envío, mi estómago ruge, un recordatorio básico. El hambre se impone. La adrenalina de hace un momento cede a una necesidad más primaria. Miro a Leo, él asiente, comprendiendo.
El latido en mi pecho se acelera levemente. Es una anticipación, sí, pero también un indicio del torbellino que debe ser la mente de Keila. Ella también siente el caos, lo percibe, y su inquietud se filtra en mí. ¿Es la ansiedad por lo que pasó en el Dojo, o la incertidumbre de lo que se avecina? ¿O una inquietud más profunda, que no sé descifrar?
Nos dirigimos al comedor. La segunda ronda del desayuno nos espera. Y, con ella mas compañia, la conversación con Camila, quizás podamos entrenar afuera los tres.
El Gran Comedor es un tanto ruido como siempre y el choque metálico de las bandejas. Leo y yo nos abrimos paso entre la marea de estudiantes, hay mas gente que antes, el olor a tostadas y café recién hecho inunda mis fosas nasales. A lo lejos, Camila nos saluda con un gesto, y a su lado, para mi sorpresa, está Valentina. El bullicio intenta ahogar la pesadumbre del Dojo destrozado, pero es una lucha vana.
—Vaya, Camila, ¿ya no escondes a tu amiga? —Leo ríe, una pícara sonrisa en sus labios, el intento de ligereza tan obvio como la brecha en la pared del Dojo.
Camila se ruboriza, el tono rosa sube por su cuello hasta sus orejas.
—¡No se trata de eso! —responde, defensiva, pero hay un deje de diversión en su voz—. Es un día de descanso. Además, yo solo entreno de lunes a viernes junto a mis clases clase. ¡Los fines de semana tengo más libertad!
La explicación es forzada, sus ojos esquivan la mirada de Leo, que sigue sonriendo, ajeno a la incomodidad, o quizás disfrutándola. Observo la interacción, el baile social entre ellos. La familiaridad de Camila y Valentina, el nerviosismo de la amiga, la torpe y evidente coquetería de Leonardo. Una punzada de tristeza me atraviesa el pecho, un eco de mi propio vacío se instala en la cicatriz. Pienso en Liz. La facilidad de la compañía, la posibilidad de un romance normal, sin vínculos invasivos ni lutos entrelazados. El contraste con mi propia vida es inmenso. El afecto en mi mundo es una promesa tras otra, un precio eterno.