Lunes por la mañana. La habitación está en silencio. Un silencio denso. Despierto sintiendo la ausencia del eco. Es un lunes cualquiera, debería serlo. Fuera, el mundo sigue su ritmo. Un nuevo día comienza en el campus. Pero no, para mí no es un lunes normal. El silencio se siente demasiado tranquilo. Mi pecho, habituado ya al latido constante de Keila, ahora solo siente el mío. Rítmico, calmado, solitario. La extraña calma del vínculo me inquieta. ¿Dónde está su nerviosismo, su angustia, su furia disciplinada? ¿Dónde esa conexión invasiva que no me dejaba un segundo en paz? No hay presión, no hay calor ajeno, no hay frío repentino. Solo mi propio ritmo interno. La cicatriz en mi pecho que tantas veces ha palpitado al unísono con su malestar, ahora descansa, inerte.
Lanzo una rápida mirada al cielo por la ventana. Nublado. Un gesto automático. ¿Estará bien? La pregunta nace de un hábito, no de una necesidad física impuesta por la conexión. Una rutina grabada a fuego en mi mente.
Me levanto de la cama. Mis músculos, que deberían doler por el exigente fin de semana, por la batalla que me aguarda en El Crisol y la intensidad del despertar, responden con una ligereza sorprendente. Cada paso es firme. Una nueva vitalidad, casi aliena. Como si una barrera invisible se hubiera disuelto.
Una sonrisa se dibuja en mis labios. La promesa. La que me hice a mí mismo: no volvería a mis clases de medicina hasta despertar el aura. Y aquí estoy. De pie. Mi aura está despierta. He alcanzado esa meta a corto plazo.
Es un alivio inmenso. El camino a convertirme en doctor ya no está en pausa. Me siento orgulloso, un orgullo que no recordaba sentir. Disciplina. Esa palabra resuena con fuerza. Un entrenamiento que no fue fácil. Pienso en Dorian. Su mirada. Su método brutal. Pero funcionó. Es mi mentor. Los tuve, y ahora tengo a Dorian.
Me miro al espejo. Hay algo nuevo en mis ojos, una determinación que antes no existía o que estaba oculta.
"Con esta tranquilidad, será más fácil entrenar" me digo en voz baja. Pero la "tranquilidad" es un manto de soledad. La ausencia del eco de Keila, que antes me invadia, ahora me deja. Un vacío. Demasiado solo.
Salgo de la habitación. No hay Leo. Tampoco música. Solo el silencio. Mi ruta me llevará hoy, por primera vez en semanas, a las aulas de medicina. Con una nueva determinación. El Crisol. Lo postergaré una hora más. Ya no hay prisa.
Camino por los pasillos de la universidad con el paso ligero, una sensación extraña. La vitalidad me inunda, cada músculo responde con una agilidad que no reconocía ¿Tras descansar este es el efecto del aura?. El peso de la mochila, con mis libros de medicina, se siente mas ligero, mi cuerpo es mas ligero. Miro el reloj. Llego con tiempo de sobra a los Laboratorios de Ciencias Biomédicas. Mi mente está clara, enfocada, libre del constante murmullo de angustia que solía acompañarme, las clases pasan rápido. Pero algo falta.
Me acerco al área del Dojo. El aire cambia. El silencio que me acompañaba se rompe con el sonido de martillos golpeando madera, el chirrido de sierras. El lugar es ahora un hervidero de actividad. Andamios de metal trepan por las paredes, cubriendo la fachada que una vez fuera inmaculada. Una valla de obra, de esas con lona verde, apenas contiene el polvo y el ajetreo. Obreros con cascos amarillos retiran escombros, mueven vigas, miden planos. La pared donde vimos el agujero titánico, ahora una cicatriz abierta, se está reconstruyendo a marchas forzadas. Una reconstrucción con prisa, con una urgencia casi desesperada. Los restos del desastre aún son visibles, montones de madera astillada y tatami roto apilados a un lado, esperando ser retirados. No es una reparación, es un parche de emergencia.
Mi mirada barre la escena, buscando algo, alguna señal. Y lo encuentro.
Cerca de la entrada destrozada del Dojo, ajeno al frenesí de la reconstrucción, está Dorian Vane. Se mueve con una lentitud inusual en él, supervisando a dos obreros que con sumo cuidado guardan armas de madera y metal en pequeños valúes metálicos. Los mismos valúes que usan para guardar material peligroso. Él mismo toma una de las bokken. Su expresión es pétrea, más cansada de lo normal. El ojo bueno, de un gris acerado, parece más profundo, observando sin ver realmente. Su presencia, tan controlada siempre, ahora irradia una tensión casi física.
Me detengo, las sombras de los andamios me cubren. Lo observo con detalle. Y entonces lo veo.
Un vendaje grueso, de los que usan para inmovilizar extremidades, envuelve su brazo izquierdo. Un cabestrillo improvisado lo mantiene pegado al cuerpo. Un detalle que desentona brutalmente con la imagen de fortaleza que siempre proyecta. Mi corazón se encoge.
Algo más pasó. Mi mente analítica actúa por instinto. ¿Que sucedio en el dojo, a que se enfrento el Maestro Dorian?. La forma en que lleva el brazo, la rigidez con la que se mueve, la tensión en su mandíbula… No. Eso sugiere algo grave. Una fractura. Un desgarro muscular severo. Todo encaja con los rumores que escuchamos. "Una bestia". "Destrucción". Él estuvo aquí. Intentó contenerla. Y salió herido. Esto no fue un accidente de entrenamiento, fue un ataque.
Un frío recorre mi espina dorsal. No el ardor de Keila, no la angustia de Keila. Es mi propia alarma, un escalofrío que no tiene que ver con el vínculo, sino con la intuición de algo oscuro, algo peligroso. El brillo de preocupación en mis ojos se intensifica. Si Dorian, alguien de rango A, fue incapaz de salir ileso... ¿Qué clase de amenaza se cierne sobre la universidad?
Desvío la mirada rápidamente. Mi cabeza es un torbellino de preguntas. ¿Por qué no lo mencionaron? ¿Qué ocultan? ¿Quién o qué hirió a Dorian? Apuro el paso hacia el Crisol. Los libros, de repente, se sienten más pesados, pero mi determinación no vacila.
La mochila pesa en mis hombros, los libros de medicina ahora pesan como plomo, mi ansiedad no debo dejar que afecte mi entrenamiento. Mi ruta, que antes seguía una línea recta desde las aulas de ciencia al crisol, ha girado bruscamente. La imagen de Dorian, inmovilizado y pétreo, se graba en mi mente. La urgencia me arrastra, una corriente subterránea mucho más fuerte que cualquier plan. La ligereza matutina se disipa, la preocupación me muerde por dentro.