Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 36: La Mirada del Rango A

Mis pasos resuenan en el cemento pulido, el eco se alarga en la vastedad. El Crisol, diseñado para contener el rugido del esfuerzo centinela, ahora sofoca hasta el susurro de mi propia respiración. Miro a mi alrededor. Pilares anchos de piedra y cemento se elevan hasta un techo alto, marcado por las grietas de innumerables impactos. Las paredes exhiben cicatrices profundas, muescas grabadas por la furia del aura liberada. No hay ventanas, solo conductos de ventilación que expulsan el aire rancio, pesado, con un dejo metálico de ozono persistente. El olor a sudor rancio impregna la atmósfera.

La crudeza del lugar me golpea. Nada de la elegancia meditativa del dojo. Aquí la fuerza no es técnica, es resistencia bruta. El vacío me agobia por un momento, la falta de Leo y Camila, su energía vibrante. Pero es un vacío necesario. Una oportunidad. Saco los libros de medicina de mi mochila, los dejo ordenadamente sobre un banco de metal. Mi mochila, vacía, me parece extrañamente ligera.

Me acerco a uno de los paneles indicadores, una pantalla táctil que muestra gráficos cardiacos y de estrés. "Método del Límite y Refinamiento". Intento recordar lo poco que escuché de Duncan Miller y lo que vi hacer a los Centinelas. Ejercicios básicos. Golpear el pilar. Una y otra vez.

Levanto mi puño. El aura, ahora familiar, se concentra en mi mano o eso quiero creer, aun no la siento. Un calor sutil, un cosquilleo que hormiguea bajo mi piel. Impacto contra el pilar. Un golpe seco y resonante. Nada. El cemento no cede. El impacto sacude mi brazo. Repito. Una y otra vez. El dolor se instala, un ardor creciente en los nudillos, sorpresivamente no se rompieron y sangran, esperaba que al primer golpe me sangrara el nudillo. Mi mandíbula se tensa. Mi cuerpo, sin embargo, no cede. La ligereza, la renovación de la mañana, ahora se transforma en una fuente inagotable de energía.

"Agotamiento y Adaptación". Recuerdo las palabras de los manuales, lo que Duncan dijo con tanta autoridad. No se trata solo de golpear, sino de empujar hasta el límite, y luego un poco más. Con más fuerza esta vez. El pilar vibra. Mi puño duele, un dolor punzante, pero lo ignoro. Sigo. El sudor comienza a caer por mi frente, se mezcla con el polvo y la esencia de ozono. El ritmo es constante. Machaco el pilar, transformando la furia en la única constancia que conozco. Mi mente se vacía. Solo existe el pilar, mi puño, el latido de mi corazón.

En algún momento, sin darme cuenta, mi cuerpo se adapta. El dolor en los nudillos se difumina, se convierte en una molestia sorda. El impacto, antes seco, ahora retumba con una vibración diferente. Mis ojos miran fijamente el pilar. Un pequeño cráter se ha formado. Una mueca. Una marca.

"Aquí estás", una voz grave rompe el silencio opresivo. Un chico corpulento, con músculos que parecen esculpidos en roca y un pañuelo sudado, me observa desde la entrada. No lo reconozco. Es un Centinela, seguro. Mi aura debe haberlo llamado. Mi cuerpo se tensa. Su mirada es de sorpresa y respeto.

"¿Primer año?". Su tono es cortante, pero no desdeñoso.

Asiento, mi voz suena ronca.

"Impresionante no te he visto mucho por acá", me dice, su vista fija en el cráter del pilar. No le respondo. Solo miro mi puño. Las marcas rojas en mis nudillos pero no hay sangre, hasta yo me sorprendo. El sudor empapa mi camiseta. El cansancio me golpea, un agotamiento brutal que se apodera de cada fibra de mi cuerpo. La cabeza me da vueltas levemente, este cansancio no es habitual por lo general entreno mucho mas. Pero hay otra sensación. Un logro. Una extraña vitalidad. Algo se ha encendido.

Mis músculos tiemblan, un hormigueo eléctrico se extiende por mi brazo y mi pecho. La vitalidad de la mañana se ha transformado en una vibración febril, un consumo constante de energía interna que me deja exhausto. Mi puño, enrojecido y dolorido, cae a mi costado. El chico Centinela me observa, una ceja arqueada, su expresión indescifrable mientras recupero el aliento. El Crisol, por un breve instante, parece girar a mi alrededor.

Una sombra se proyecta sobre nosotros. El Centinela se endereza de golpe, su sorpresa es un lenguaje corporal que entiendo. Me giro. La figura de Duncan Miller se recorta contra la tenue luz de la entrada. Impactante. Su presencia llena el espacio, silenciando el último eco de mi esfuerzo. Su complexión, robusta, irradia una fortaleza contenida, cada músculo un testamento de disciplina férrea. El rostro, labrado por la experiencia, es una máscara de seriedad absoluta. Sus ojos, profundos y agudos, escudriñan el lugar, luego se posan en mí.

Un escalofrío me recorre, no de miedo, sino de una tensión inherente a su poder. Mi aura, apenas despierta, algo me dice que me esta observando. Su mirada es cruda, intensa, contenida. Y entonces lo veo.

Las manos de Duncan. Envueltas en vendas impolutas, blancas contra el tono curtido de su piel. Pero a través de la tela, en la zona de los nudillos, un leve matiz rojizo se filtra. Un rastro tenue, casi imperceptible, de sangre reseca.

Mi mente conecta los puntos. El dojo destrozado. El brazo roto de Dorian. El comentario de la tía de Keila, Elara, sobre su propio entrenamiento en los páramos. Los Lizardmen. La bestia. Una violenta confrontación.

Duncan respira hondo, un sonido áspero en la quietud de la sala. Su voz, cuando habla, es grave que resuena en las paredes de cemento, amortiguada por la fatiga.

"El método de Límite y Refinamiento se centrará esta semana en la expansión del núcleo del aura", las palabras fluyen, concisas, sin énfasis. "Entrenamiento en solitario hasta el agotamiento por la mañana. Ejercicios en pareja por la tarde, con enfoque en la resistencia al aura ajena".

Un jadeo interrumpe el final de su frase. Leonardo irrumpe en el Crisol, su cabello revuelto, la camiseta manchada de lo que parece ser zumo. Sus ojos se abren de par en par al vernos.

"¡Wow, Maestro Miller! ¡Siempre el primero!", Leo exclama, sin aliento. "Ni con su poder y su edad deja de entrenar. ¡Es genial!"




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