"Sí, Maestro. Estoy listo." Lo vuelvo a decir esta vez la voz mas firme y con determinación, aunque mis músculos no paran de protesta. La decisión no es solo verbal. Se irradia desde lo profundo de mí. A mi alrededor, otros Centinelas, que llegaron tiempo después de que yo empezara mi sesión solitaria con el pilar, han detenido sus entrenamientos. Nos observan, expectantes. La tensión es palpable.
Duncan no espera nuestra atención. Sus ojos, como un halcón, barren el recinto, deteniéndose apenas en cada rostro, antes de posarse un instante en mí como si evaluara si mi afirmación es auténtica.
"Escuchen", su voz, grave, resuena en el cemento, aplastando el último murmullo. "Entiendo que algunos de ustedes, especialmente en etapas tempranas, no sienten el Aura. Es un concepto abstracto, una energía invisible. Pero la mentalidad es crítica." Su mirada se endurece. "Una mentalidad fuerte hace que el Aura indirectamente se concentre bien, incluso si no la perciben con los sentidos. Su cuerpo, su espíritu, lo saben. Su voluntad es el verdadero conducto."
Sus palabras me golpean con una fuerza inusitada, eso explica porque antes mis nudillos no sangraron. La confirmación. Es como si Duncan hubiera leído mis propios pensamientos, cada duda, cada atisbo de conexión entre mi voluntad y esa energía que ahora sé que poseo. ¡Aura! Esa sensación de "no sentir pero saber" que está activa, que fluye. La idea de que la voluntad puede guiar lo invisible… La conexión es instantánea. ¿Podría una voluntad fuerte no solo guiar mi Aura, sino también ayudarme a ocultar mi "ser", el vínculo, de miradas como la de Duncan?, la lección adquiere una nueva urgencia. Control no solo del Aura, sino de lo que una voluntad fuerte. ¡La mente es la verdadera arma y escudo! Un escudo invencible que no se golpea, no se agrieta. Un escudo que se construye desde dentro.
El eco de la preocupación de Keila permanece silencioso en mi pecho, un tenue latido que no me distrae. Es un alivio. Necesito esta concentración. Necesito entender cada palabra de Duncan. Su advertencia se convierte en una promesa autoimpuesta: dominaré esta conexión, la haré invisible a los ojos de cualquiera. Me niego a ser un libro abierto. No lo seré para él, ni para nadie.
"El entrenamiento de la mañana", continúa Duncan, su voz ahora un trueno que retumba sin piedad por el Crisol, "se centrará en expandir el núcleo de su Aura. Empujarán a sus límites." Sus ojos se encienden con una intensidad helada. "No hablen, no esperen indicaciones. Si su cuerpo grita por detenerse, ignoren el grito. Si su mente se suplica piedad, se obligan a seguir. Cada uno, en su propio ritmo, hasta el agotamiento total. Llevarán a sus cuerpos hasta el umbral del desmayo. Quienes necesiten asistencia, lo gritarán. No se rindan antes. La voluntad no se debe doblar ante el dolor."
El retumbar de cada golpe contra el cemento inunda El Crisol. Aquí, no hay siseo de espadas ni la danza de las lanzas. Solo el impacto repetido de piel contra piedra. Gruñidos ahogados. El hedor a ozono y sudor se vuelve opresivo, denso. El entrenamiento de "expansión del núcleo del aura" comienza. Duncan no da tregua, su mirada escrutadora se posa en cada figura, sus ojos de acero evalúan la voluntad en cada movimiento.
Estoy al límite desde antes de sus palabras. Mi cuerpo solo tuvo un breve respiro antes de esta nueva embestida. Ahora, cada puñetazo al pilar es una extracción forzosa de una energía que ya está diezmada. No solo gasto Aura; exijo a mi cuerpo ha dar más, que supere su propio limite. Siento una quemazón profunda, un agotamiento que no es muscular, sino como si la médula de mis huesos se secara. Cada nervio grita, protesta con un dolor agudo, punzante.
"La voluntad no se debe doblar ante el dolor".
Las palabras de Duncan se anclan en mi mente. Me aferro a eso. Mi propio dolor es una confirmación, una prueba de que empujo los límites. Cierro los ojos un instante. No siento el aura pero se que debería tener, no veo el brillo. Pero ese cosquilleo, esa vitalidad febril que me recorre cada parte de mi cuerpo, me dice que está ahí. Que mi cuerpo responde, mi nudillo lastimado sigue sin sangrar. De alguna forma, mi Aura me protege, presiono el umbral una y otra vez.
Riven. Sara. Javi. Las imágenes chispean, ráfagas de memoria, promesas incumplidas, las caras que no pude proteger. No más. Nunca más seré un mero espectador. La debilidad se convierte en combustible. Cada golpe en la piedra es un desafío a la impotencia que sentí. Cada gemido ahogado, una reafirmación de mi hambre de fuerza.
A mi alrededor, otros Centinelas caen. Algunos gritan pidiendo ayuda. Otros simplemente se pliegan, agotados. Veo a Leo por el rabillo del ojo. Su rostro, surcado de sudor, muestra una determinación fiera. No se queja. Su Aura, el la tenia desde antes, se mantiene.
El vínculo con Keila permanece en silencio. Una calma inusual en medio de esta tormenta de esfuerzo. No siento su miedo, ni su dolor. Es un alivio, pero también una extraña ausencia. ¿Está bien? ¿O mi propia turbulencia interna ahoga su eco? No lo sé. Y en este instante, no importa. Solo existe el martilleo incesante contra el pilar, la deshidratación de mi energía, la exigencia brutal de Duncan. El silencio de Keila es mi compañera solitaria en este viaje al abismo del agotamiento. Es el único ancla de tranquilidad en el caos que me rodea.
Mis puños, magullados, sangran ahora. Gotas de rojo oscuro manchan el cemento, mezclándose con el sudor. La respiración es superficial, cada exhalación un hilo frágil. Mis piernas, convertidas en gelatina, fallan. El mundo, una nebulosa gris y rugosa, me envuelve. Me desplomo contra un pilar, la piel fría y áspera del cemento contra mi espalda. El pulso martillea en mis oídos, pero la "X" en mi pecho está inerte. El silencio del vínculo es lo único que prevalece en este colapso.
Una calma forzada que me alivia y me inquieta. El Crisol sigue su ritmo de castigo, pero los rugidos son ahora ecos lejanos, el fragor de la batalla silenciado por mi propia debilidad.