Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 38: Bajo Nuevas Luces

El eco de la pregunta, "¿Qué está pasando contigo, Keila?", resuena en mi cabeza, forzándome a arrastrarme fuera del Crisol. Cada músculo me grita al subir las escaleras y al cruzar el campus. El cansancio no es muscular, es un agotamiento que llega hasta mis huesos, una fatiga que va más allá de cualquier entrenamiento habitual. Llego a mi habitación, los brazos me pesan al intentar quitarme la camiseta manchada de sudor y polvo de cemento. La piel se me estira, dolorida, adherida a la tela.

Finalmente, la ropa cede. Entro en la ducha. El chorro de agua caliente, resbala por mi cuerpo magullado. Levanto la vista y mi mirada cae en la "X" de mi pecho, un dibujo nítido, casi quirúrgico, ahora. No hay chispeos, ni calor, ni el pulso intermitente que sentí antes. Solo la marca en mi piel, quieta, fría. Una cicatriz que antes era una promesa de conexión y ahora, una simple línea en un mapa vacío. La curación de mi cuerpo es asombrosa, pienso, casi ajena a mí. La sensación de Keila, de su angustia, de su parpadeo, ha desaparecido por completo. El silencio del vínculo es definitivo, absoluto, una losa. Una punzada de soledad me atraviesa, más profunda que cualquier otra. Pero, extrañamente, también siento una leve liberación. La ausencia de su dolor me permite centrarme en el mío propio, en mi camino. Por fin momento de descansar.

La luz tenue del amanecer del martes se filtra por la ventana. Me visto. Pongo una camisa limpia, unos pantalones. Mis libros de texto, abiertos sobre el escritorio, esperan mi atención. Laboratorios de Ciencias Biomédicas. Mi mente enfoca allí, en los intrincados diagramas de moléculas, en la lógica del cuerpo humano. Me siento preparado.

En el Gran Comedor, el bullicio me recibe. Cientos de voces, el rastro de la cafetería, el choque de platos. Me uno a la fila, la mente ya en mis clases, revisando mentalmente las ecuaciones de la glucólisis. Adelante, veo a Leo y Camila. Él mueve las manos con energía, riendo. Ella asiente, su coleta alta se balancea. Camila me ve, sonríe y me saluda. Estoy absorto en su conversación cuando, de repente, un impacto en mi espalda.

"¡Oh, por los cielos! ¡Lo siento tanto! ¿Estás bien?.

La voz, aguda, es de un chico de primer año. Pálido, sus ojos abiertos como platos. Mi bandeja, ahora inclinada, devuelve un chorro marrón de café humeante directamente sobre mi pecho. La ola de calor me golpea. Pero no hay quemadura. Mi Aura reacciona quizás. No lo pienso, no lo controlo. Simplemente ocurre. Una capa invisible, un escudo instantáneo que absorbe el impacto térmico. Siento la presión del líquido, pero el calor se disipa antes de alcanzar mi piel.

"No te preocupes", sonrío, intentando tranquilizarlo. Me sacudo un poco la ropa, que ahora gotea, ya tibia, por mi ropa. "Estoy bien. Solo necesito un cambio de ropa."

La sorpresa del chico es palpable. Mi propia sorpresa es aún mayor. El café estaba hirviendo supongo. Debería haberme arrancado la piel. Mi cuerpo, mi aura quizás me protegió, actúan por sí solos, sin mi comando consciente. Es una protección que no pedí, una habilidad que se manifiesta por inercia.

Me disculpo con Leo y Camila por interrumpir su almuerzo, negando con la cabeza sus propuestas de ayuda. Un rápido viaje a mi habitación. La ducha, un segundo enjuague. La sopa naranja se va por el desagüe. Mi ropa limpia. Regreso al campus. Mis pasos, ligeros, me llevan al Laboratorio de Ciencias, mi refugio. Aunque tranquilo, me siento completamente solo. El silencio del vínculo, ahora sí, es la única constante.

Son las cuatro de la tarde. Termino la última gráfica de estructuras proteicas en el laboratorio y la guardo con un clic metálico en mi tableta. La tarde se estira, invitando a un segundo asalto en el Crisol. Necesito más de eso. Más del desgaste que me obliga a sentirme fuerte. Dejo los libros, tomo mi bolsa de entrenamiento.

Salgo del edificio de Biociencias, la brisa de la tarde me golpea la cara. Noto el inusual trajín. Manadas de estudiantes, algunos con el uniforme de la Universidad de Veyr, otros con ropa casual, pululan entre los edificios principales y una zona más apartada. El flujo es constante, un río humano que se encamina hacia un punto ciego del campus. Rostros animados, risas. Algo diferente, algo expectante, palpita en el aire.

"¡Bran! ¡A tiempo para ver el espectáculo!", una voz familiar retumba a mi lado. Leo. Cansado, sí, los hombros un poco caídos, la camiseta del Crisol adherida a su sudor. Pero sus ojos brillan, una excitación contagiosa baila en ellos. "Siempre es igual antes del torneo."

"¿Espectáculo? ¿Y todo este movimiento?" Señalo el río de gente con la cabeza. Mi propia cicatriz, la "X" en mi pecho, permanece inerte, silenciosa. El recuerdo del café hirviendo, la no-quemadura, me punza la memoria.

"Sí, los de último año siempre ayudan a los profesores a preparar el lugar", Leo me da una palmada en el hombro. "¡Es el Coliseo, amigo! Nuestra arena de verdad. Reforzado para aguantar a la gente, invitados... ¡y los golpes!" Me arrastra hacia la corriente de estudiantes. “Por cierto, estás bien? Vi como te arrojaron café, ¿seguro no te dejó marca?”

"No, de alguna forma estoy bien. Ni me quemé". Mi respuesta sale concisa.

"Qué raro". Leo ladea la cabeza, pensativo. "Yo estoy seguro de que me haría gritar como a una niña a mí."

¿A qué se refiere? Leo, un Centinela en entrenamiento, debería tener el aura en su cuerpo, en constante uso. Si yo pude repeler el calor, ¿por qué él no podría? ¿Podría mi despertar ser diferente? ¿Acaso lo que me protegió de quemarme no fue el aura?

"Es ancho como un anfiteatro, pero la tecnología...", la voz de Leo me saca de mis pensamientos, sus ojos brillando con cada palabra. "¡Tiene pantallas gigantes, cámaras por todos lados, y hasta esos campos de fuerza para que nadie salga volando a las gradas!" Gesticula con las manos, dibujando imágenes en el aire. "Tanto los del Crisol como los del Dojo participan. Pero, como te decía, es un torneo de Guerreros. Se usan armas. Los de primer y segundo año... como nosotros, usamos armas de práctica, sin filo. Los maestros pueden detener cualquier cosa que se salga de control." Hay un destello de excitación en los ojos de Leo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.