Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 39: Bajo su Mirada

Leo y yo regresamos a la residencia a última hora de la tarde, el bullicio del Coliseo aún resonando en mis oídos. El fresco de la noche muerde, pero mi cuerpo parece inmune, una consecuencia quizás de la nueva energía que fluye por mis venas. Una vez en la habitación, Leo se desploma en su cama, rendido. Yo, en cambio, siento una inusual claridad, una corriente subterránea de vitalidad. Recojo las dagas del cajón, las compre hace unos días para practicar, la idea del chico que vi en el dojo la añadiré si o si a mi arsenal algún día. Las hago girar en mi mano, sintiendo su peso familiar, el equilibrio. La noche transcurre en un silencio tenso, sólo roto por la respiración pausada de Leo.

El miércoles amanece con un cielo pálido, la luz se filtra tibia por la ventana de la habitación. No hay clases regulares. Los pasillos de la universidad, que ayer eran un torrente humano, hoy se muestran más esporádicos, estudiantes en grupos pequeños, conversando con una energía diferente. Es el ambiente pre-torneo, una especie de festival universitario donde el estudio cede paso a la exhibición y la camaradería.

El aire vibra con esta energía. La noto en el murmullo de las voces. Antes, Riven y yo hubiéramos estado planeando qué ver. Él, siempre el estratega, yo, el observador silencioso. Ahora, la soledad roe un poco. Mi aura, antes un don esquivo, ahora esta en mi cuerpo, no la siento pero estoy seguro, no he practicado con Camila, quizás si nos enfrentamos en el torneo se lleve una sorpresa.

Mi instinto me urge. El Crisol, por ahora, no. El método de Duncan es eficaz, pero necesito una práctica más fina, más estratégica para el torneo que se avecina. La reconstrucción del Dojo, aunque parcial, significa que hay algún movimiento por allí, alguna zona habilitada, debo confirmarlo. Es mi oportunidad. Mis pasos me llevan automáticamente en esa dirección.

El Dojo de la Senda Única, a pesar de la lona azul que cubre la brecha en su pared, palpita con una actividad particular, debieron habilitarlo por el festival. No es el entrenamiento riguroso de antes, sino una especie de exhibición informal. Aquí y allá, estudiantes de rangos bajos y medios, practican con sus armas, atentos a la mirada de los instructores que pululan. Busco a Dorian. Lo localizo rápido. Se encuentra en una zona de práctica improvisada, a un lado del tatami restaurado. Observa el ir y venir de unos ayudantes, señalando un punto en el suelo donde instalan un nuevo rack para armas de madera. Su brazo izquierdo, vendado y en cabestrillo, es un recordatorio constante de que algo va mal, algo grave si un Rango A como él sigue mermado. A pesar de eso, su postura es firme.

Me acerco, sintiendo el leve cosquilleo en mi cuerpo, ¿será ansiedad?, consciente de la determinación que me empuja.

"Maestro Vane," mi voz, aunque baja, adquiere una resonancia que me sorprende. "Podría por favor ayudarme con mi técnica de lanzamiento de dagas."

Dorian se vuelve. Su único ojo, gris acerado, se clava en el mío. No hay sorpresa en su expresión, solo una evaluación silenciosa. Mi mirada se mantiene firme, no hay vuelta atrás. Saca una daga oscura de mi cinturón, fue rápido casi no lo sentí. La gira con pericia entre mis dedos, dejo que la hoja refleje la luz difusa del dojo. Sus ojos siguen el movimiento.

Dorian asiente, un gesto apenas perceptible. "Mañana por la tarde. Busca la zona de tiro con arco improvisada, cerca de las antiguas viviendas de profesores. Sé puntual." Su voz es ruda, pero el tono no admite réplicas. Se gira, continúa con lo suyo, dejando claro que nuestra conversación ha terminado.

Hoy por la tarde. Las dagas. El lanzamiento. Una sonrisa tensa se asoma en mis labios. Una ventaja. El torneo es de Guerreros y las dagas arrojadizas pueden marcar la diferencia entre la victoria y la derrota. Un arma de distancia para complementar mi espada y mi escudo. La versatilidad. La sorpresa. La oportunidad de equilibrar la balanza. Mi promesa. Esta vez, nadie me cogerá desprevenido. Ni por un segundo.

Siento que el tiempo pasa lento el sol se alza brillante, un bullicio. El campus es un hervidero. No, ‘hervidero’ se queda corto. Es un festival en toda regla. Música festiva, estridente y alegre, retumba desde altavoces ocultos entre los edificios. Olores dulces a churros recién hechos se mezclan con el salado de las palomitas caramelizadas, compitiendo con el aroma metálico del ozono. Stands improvisados se agolpan en las plazas, algunos ofrecen dulces con el logo de la universidad, otros invitan a demostraciones de habilidades menores. Estudiantes con sus uniformes de combate pulcros se cruzan con otros en ropa de calle, o con transeúntes, curiosos que han venido de afuera a fisgonear. Padres orgullosos, niños correteando, es una publicidad andante para los programas de combate de Veyr.

Me abro paso entre la marea humana. La promesa de Dorian me espera solo debo hacer pasar el tiempo. Hoy por la mañana, el foco es el Crisol. Necesito el castigo, la repetición. La claridad en el caos.

El Crisol, antes un mausoleo de silencio y sudor, ahora resuena con una cacofonía de impactos. No es el lúgubre lunes. Aquí, los gritos de esfuerzo y el impacto sordo de los puños contra los pilares son más intensos, más numerosos. Hay más Centinelas, sí, entrenando con una disciplina brutal, pero también una nueva capa de observadores. Algunos son otros estudiantes, algunos son, sin duda, los curiosos del festival, venidos a disfrutar del espectáculo del músculo y la fuerza.

Me acerco a mi pilar. El mismo, marcado por mis golpes anteriores. El ozono pica la nariz. El aire es denso, cálido. Comienzo mi rutina. Golpe tras golpe. Concentración. La energía fluye lo se porque mi nudillo sigue bien, una corriente constante, no explosiva, pero presente. Siento el eco de cada impacto en mis huesos. El cuerpo responde, aguanta.

Pasan los minutos, luego la hora. El sudor empapa mi camiseta, el dolor muscular es un compañero familiar. La visión a me trae imágenes de otros centinelas, agotados, pero con la misma determinación.




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