"Keila", repito, mi voz ya no es un susurro, sino un reconocimiento, una afirmación. Inhalo profundo, el aire se siente denso. La multitud que antes era un mar, ahora se disipa, dejando solo la figura frente a mí, clara, nítida. Su sonrisa se ensancha un poco, revelando un dejo de picardía que nunca había visto en ella. Mis ojos recorren su rostro, su cabello, su figura. No es la niña asustada del tren. Es una mujer ¿Cómo puede alguien cambiar tanto en poco mas de una semana?.
"No te reconocí", confieso, con la voz más áspera de lo que esperaba. La incredulidad se mezcla con un hormigueo, casi miedo. Es como si la conociera por primera vez.
Ella ríe, un sonido bajo, melodioso, hasta su voz a cambiado. "Lo veo." Su mirada ámbar se posa en la mía, una chispa de picardía baila en sus ojos. "Haz cambiado tu también, Brandom. Lo e sentido"
Las palabras me golpean. Siento el rubor subir por mi cuello. "Tú también", replico, estúpidamente obvio. Mi mente lucha por procesar la transformación. ¿Cómo es posible? La última vez que la vi, era una niña. Mucho mas pequeña, sí, pero su porte, su aura... esto es diferente.
Ella ladea la cabeza, su gorro de lana se desliza ligeramente, revelando más de su cabello de fuego. "El despertar", dice, como si leyera mis pensamientos. "Pone las cosas en su sitio."
La cicatriz en mi pecho responde, la "X" palpita con una intensidad inusual, un eco de su propia energía. Su despertar. El mío. Un torbellino me sacude por dentro. Tantas preguntas, tanto tiempo. La siento más fuerte, más vital, una conexión cruda que apenas puedo controlar.
"¿Qué haces aquí?", pregunto, la voz apenas un hilo. El festival a nuestro alrededor, la música, los gritos de los estudiantes, todo se desvanece. Solo somos nosotros dos, en medio de una situación inesperada.
Una sombra cruza su rostro. "Conocer la universidad", responde, su voz ahora con un matiz más serio, más oscuro.
Mi mente intenta encajar las piezas, la fuerza de su presencia, la madurez súbita. El vínculo entre nosotros, una cuerda tensa que nos une. Siento el pavor, pero también una oleada de determinación.
"¿Estás bien?", la pregunta brota antes de que pueda detenerla. Me preocupa su seguridad.
Keila me mira, sus ojos brillan con una intensidad que casi duele. "Tan bien como puedo estarlo", responde, su voz conteniendo una mezcla de desafío y vulnerabilidad. "Tú, en cambio... te ves agotado."
Siente mi cansancio. El vínculo. La punzada de alivio es innegable. La conexión está ahí, viva, activa. No rota, no silente. Solo... cambiada.
"He estado entrenando", digo, la voz un poco ronca. El Crisol. Dorian. Las dagas. El torneo. Todo se arremolina.
Ella asiente. "Lo sé", susurra, y hay algo en sus ojos que me dice que lo sabe de verdad. Que siente cada impacto, cada gota de sudor, cada vez que mi cuerpo ha sido llevado al límite. Y, de alguna manera, eso hace que el agotamiento sea un poco más soportable.
"Tengo que irme", le digo, sintiendo la urgencia. La cita con Dorian para las dagas. La ventaja táctica. "Tengo... tengo una clase." Mentira. Un entrenamiento.
Su sonrisa regresa, pequeña, enigmática. "Ve", me dice, su voz suave como una caricia. "No llegues tarde a tu 'clase'."
Me doy la vuelta, para retirarme. Mi corazón martillea, una sinfonía de ritmos. Mío, suyo, o el eco de ambos. El festival, de nuevo, me envuelve. La promesa de Dorian me espera. Las dagas. El torneo. La determinación es feroz, pero el vínculo... el vínculo es una melodía caótica, una danza frenética entre alivio y confusión. No entiendo el ritmo, ni puedo detenerlo.
El murmullo del festival intenta colarse de nuevo en mi burbuja, pero mi mente aun no acepta el cambio de Keila. Estoy aturdido, la simple lógica humana lucha por procesar su nueva apariencia. El gorro de lana, el cabello, la altura. No entiendo nada.
"Espera", me dice, su voz deteniéndome antes de que pueda dar un paso más. "Después de eso, ¿me puedes mostrar la universidad?"
Me doy la vuelta, la mirada clavada en ella. "Sí, claro", digo, y en mi voz hay una desesperación por encontrar una explicación para todo. "Pero luego me contarás qué te pasó.".
Keila sonríe, claramente divertida por mi confusión. Se encoge de hombros, con una elegancia nueva que roza lo sobrenatural. "Fue idea de mi tía, presentarme ahora que cambie aquí. Quizás sea bueno me dijo aunque no entendí a que se referia". Cambia de tema abruptamente, como si la conversación anterior ya no tuviera importancia. "¿Y tú? ¿Ya conseguiste mago para tu grupo del gremio?".
Niego con la cabeza, aún sintiendo el eco de mi propia pregunta en el aire. "No".
Su sonrisa se amplía. "Qué bueno". La expresión en su rostro es de una extraña satisfacción.
¿Qué tiene de bueno? En mi cabeza, solo resuena la eficiencia. Un mago es indispensable en los grupos. Sin mago, todo es más difícil no hay grupo ni misiones.
"No tiene nada de bueno", respondo, mi frustración se cuela en mis palabras. "Por cierto... tengo tu parte del pago de la última misión del gremio. Dame tu cuenta bancaria y te hago la transferencia".
Lo piensa un segundo, sus ojos ámbar brillan con un toque de picardía que antes no le conocía. "Bueno... me serviría para darme unos lujos sin que mis padres lo sepan".
Mientras hablamos, empiezo a notar que los estudiantes y transeúntes que pasan cerca nos miran. Su nueva presencia atrae demasiada atención, como un imán. La incomodidad sube por mi pecho, una sensación densa que no había sentido en días. Los latidos de ambos se aceleran, siento el nerviosismo golpear en mi pecho. Objetivamente, sé que apenas la conozco, que no siento "amor" romántico, pero la reacción física del vínculo me desborda. No sé si el nerviosismo es mío, de ella, o de ambos por estar así de cerca de nuevo.
"M-me tengo que ir...", balbuceo, sintiéndome asfixiado por las miradas y por mi propio pulso desbocado. Necesito escapar. "Tengo pendiente el Dojo. Literalmente me están esperando para practicar". Que idiota eso ya lo dije antes.