Me abro paso entre bambalinas del festival, la música se apaga a medida que me acerco. La zona de tiro con arco improvisada yace oculta tras unos setos altos, al lado de los antiguos barracones de profesores, ahora vacíos y silenciosos. Allí, bajo la sombra de un roble centenario, Dorian Vane está de pie.
Observa un blanco de madera rudimentario, agrietado por innumerables impactos. Su figura es una silueta estoica contra la luz que se filtra entre las hojas. El brazo izquierdo sigue en cabestrillo, un vendaje grueso asomando por completo. Es un recordatorio mudo de una batalla que me intriga, de un dolor que lo acompaña. Me acerco, el crujido de las hojas secas bajo mis pies es el único sonido que rompe el silencio.
"Maestro Vane," el respeto en mi voz es genuino. "Gracias por esto. Y... que paso en el Dojo? ¿Sobre lo que pasó?".
Dorian no se gira. Su ojo, gris acerado, permanece fijo en el blanco. Un suspiro apenas audible escapa de sus labios, una exhalación pesada que se pierde en el aire. "Eres bastante directo. Es complicado, Holt. Te lo puedo explicar... en otra ocasión." Por fin se vuelve, y percibo un matiz de cansancio en su mirada que no le había visto nunca. "Ahora hay muchos ojos." Gesticula vagamente con el mentón hacia el bullicio lejano del festival, o quizás a algo mas oculto, quedare con la duda al parecer. "Concéntrate en lo que puedes controlar."
La respuesta de Dorian me frustra, pero la mención de "muchos ojos" despierta mi curiosidad. ¿Quién más está vigilando? ¿A quién le concierne lo del Dojo? ¿Es una cuestión de protocolo o de peligro? La tensión del momento me obliga a centrarme. Las dagas. El entrenamiento. Es lo único que puedo controlar ahora.
Dorian, sin preámbulos, saca una caja pequeña que tenia en el lugar, llena de dagas de entrenamiento. Las toma con su mano derecha y me extiende una. "Agarra. Como si la fueras a estrechar."
Sostengo la daga. El agarre me parece natural.
"No es solo fuerza, es una extensión," su voz es áspera, pero clara. "El arma es una prolongación de tu voluntad. El cuerpo, el brazo, la mano que lanza… todo debe ser uno." Me enseña la postura, el pie adelantado, el torso ligeramente rotado. "El giro de la muñeca. Ese es el alma del lanzamiento. Una espiral de energía controlada."
Lanzo la primera. La daga vuela torpemente, y se clava de lado en la madera, sin profundidad, sin fuerza. La mayoría de los lanzamientos se pierden o, si impactan, lo hacen de lado. Frustrante. El eco de Keila y su "qué bueno" resuena en mi mente. Necesito esto.
Dorian no me regaña. Solo asiente con su cabeza. "Otra vez. Más suave. Siente el arma, no la fuerza. Respira."
Respiro. Con cada intento, mi concentración se intensifica. La daga empieza a volar con más consistencia. El siseo al cortar el aire se vuelve más nítido, los golpes contra el blanco más secos, más contundentes. Un golpe perfecto, la daga se entierra profunda, la empuñadura tiembla.
"Bien," la voz de Dorian es un murmullo de aprobación. "Ahora, el objetivo no es solo clavar. Es controlar. ¿Ves el centro? Eso es obvio. Pero, ¿qué pasa si el enemigo se mueve? ¿Y si bloquea? A veces, la pierna. No para matar, sino para detener. Para hacer que retroceda mientras avanzas, o para forzar una apertura."
Apuntar a la pierna. El concepto cambia mi enfoque. Ya no es solo un lanzamiento, es una táctica. La mente se ilumina con posibilidades. El ritmo de los lanzamientos se convierte en una meditación, el siseo de las dagas al cortar el aire, el golpe seco contra la madera, un mantra. Cada daga es una promesa. Un paso más. Para proteger a mis seres queridos y cumplir mis promesas.
El sol comienza su descenso, tiñendo el cielo de naranjas y morados. La luz del atardecer se proyecta en el blanco de madera, el que ahora muestro agujeros profundos, marcados con la precisión que Dorian me ha enseñado. Agarro la última daga. La lanzo. Se clava en el centro con un golpe seco, por fin la primera. Siento el agotamiento en mis músculos, el sudor frío que me recorre la espalda, pero no me importa. La satisfacción lo cubre todo. Las dagas mas cómodas, mas naturales.
«Suficiente por hoy, Holt», la voz de Dorian me saca de mi trance. No se gira, solo lo dice mientras guarda el resto de las dagas en la caja de madera. «Recoge tus cosas. Ve a descansar».
Asiento, mi respiración aún agitada. La promesa. La promesa a Keila. Mostrarle la universidad. Y no tengo su teléfono, como no lo pensé antes. ¿Cómo la encontraré en este festival? Es una aguja en un pajar. El calor del vínculo se agita en mi pecho, una mezcla de exasperación y una leve picazón.
Me lanzo a la multitud del festival, la energía de la gente me empuja en todas direcciones. Los ojos se me mueven, escanean, intentan encontrar un mechón rojo anaranjado que sea más brillante, más vívido que el resto. Recorro los puestos que visité antes, las plazas, incluso me asomo al Coliseo, donde ya están desmantelando algunos de los preparativos. Nada. Es como si Keila hubiera desaparecido, engullida por el caos. Los latidos en mi pecho, que antes eran una guía, ahora son un tamborileo confuso, amplificando mi frustración.
«¡Brandom!».
El grito me saca de mis pensamientos. Me giro y veo a Leonardo, Camila y Valentina. Vienen del crisol, supongo. Leo lleva su camiseta de entrenamiento empapada, Camila parecen igual de agotada, el pelo pegado a la frente, Valentina tiene los ojos cansados seguro aprovecho de estudiar. Por sus caras, se nota que ha sido un día duro.
"Chicos, ¿han visto a Keila? Necesito encontrarla", las palabras se me escapan con una urgencia que no puedo esconder.
Camila me mira, pensativa, antes de responder. "No, Brandom. de echo ni la conozco, ¿como es ella? para buscarla." Un rubor suave aparece en sus mejillas, una señal de su propio cansancio.
"Yo tampoco", añade Valentina, encogiéndose de hombros. "Debe de haber encontrado algo interesante".