Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 43: Más allá de la Vergüenza

Mi corazón late con una fuerza desmedida, un tambor que anuncia una tormenta que se avecina. Las miradas inquisitivas de mis amigos me taladran, pero Keila, a mi lado, emana una calma que me sorprende. Ha recuperado la compostura, pero no, yo lo se lo siento, es una mascara de póker siento rastros de su irritación sigue anclado en mi pecho. Es una sensación extraña, como si su bienestar dependiera del mío, y viceversa. Nuestra conexión se ha vuelto una especie algo difícil de ignorar y esconder todo.

"Tienes razón, Leo", Keila interviene, su voz suave y melódica, un contraste con el silencio expectante del grupo. Sus manos se entrelazan sobre la mesa, sus dedos largos y delicados, las uñas impolutas. "No es algo que se aprenda estudiando." Suspira, y el aire parece volverse más denso, más cargado. "Pero hay muchas formas de aprender, ¿no creen?"

Me mira, y en sus ojos ámbar veo una profundidad que no le había notado antes. Es la mirada de alguien que ha visto más de lo que debería. Mi pecho palpita rápido, un leve cosquilleo que conecta directamente con su emoción. La siento, su deseo de actuar, de moverse, de no quedarse quieta.

"Las misiones son la mejor escuela, ¿verdad?" continúa, su voz ahora un susurro cómplice, dirigido a mí, pero lo suficientemente alto para que el resto la escuche. "Ahí es donde se forja el carácter, donde se entiende el peligro real del mundo."

Asiento, mi garganta seca. Las palabras de Keila resuenan en mi propia experiencia. El tren, Riven, Sara, Javi. La cruda realidad del combate, lo que la teoría de los libros de medicina jamás podría enseñar.

"Y si se trata de peligros", Keila alza la mirada, abarcando a todo el grupo con sus ojos intensos, "hay algo que me impulsa. Algo... que necesito hacer". Su voz es baja, pero firme, con una cadencia que me es extrañamente familiar. La siento, una necesidad de avanzar, de cazar. Es la misma urgencia que me llevó a mí al dojo, a entrenar hasta el agotamiento.

Leo, Camila y Valentina la observan. La seriedad en la voz de Keila ha silenciado sus bromas. Es palpable el ambiente solemne; mi pulso se acelera. Es el calor de una venganza que entiendo, que comparto. Mi pulso se acelera, un recordatorio constante de mi propia promesa a Riven, a Liz.

"Mi hermano", Keila continúa, el dolor se filtra en su voz, apenas una fisura en su armadura, "no murió en la cama. Luchó. Y su asesino... sigue suelto". La última frase es un hilo de veneno, un juramento apenas audible. Los nudillos de sus manos entrelazadas se ponen blancos.

Un escalofrío me recorre. El Lizardman. Su imagen se dibuja en mi mente, vívida, aterradora. Recuerdo la furia de Keila en el tren, el calor abrasador que desprendía, su desesperación por salvarme. Ahora, esa furia es un fuego latente en su interior.

"Necesito encontrarlo", Keila dice, sus ojos fijos en mí. Es una declaración, un compromiso. Y en esa mirada, entiendo que no me está pidiendo permiso, ni siquiera ayuda. Me está informando de su decisión. "Y para eso, necesito ser más fuerte, aprender a controlar mi magia. Necesito un equipo que entienda lo que está en juego."

Mi mente entra en un torbellino. La experiencia, el control. El camino que me ha trazado Dorian. Y ahora, Keila, con su propia e innegable verdad, me arrastra de nuevo al abismo de las misiones. La veo como el polo opuesto, la magia, su poder innato.

"Las misiones...", pienso en voz alta, mi mirada perdida en algún punto del comedor. "Ahí... ahí está la experiencia". El conocimiento forjándose en el combate, en la supervivencia. Es peligroso, sí, pero esencial. Es el camino más rápido para adquirir la fuerza que necesito para protegerla además se ira a misiones con o sin mi.

Mi pecho pulsa con renovada intensidad, una mezcla confusa de determinación y melancolía. La misión es una oportunidad, una forma de canalizar mi propia necesidad de protegerla en una acción concreta. Pero también es un riesgo. Uno que estoy dispuesto a correr.

"...Te irá a misiones con o sin mí, ¿Verdad?", termino, y mi voz se apaga. El aire cargado con su intensidad, con mi asentimiento tácito. Mi pecho por alguna razón duele pero no quema. Siento la determinación de Keila.

Camila, que ha estado observando el intercambio con una atención, ladea la cabeza. Su mirada se detiene en las manos de Keila, que aún permanecen entrelazadas, luego en la mía, que descansa sobre la mesa, cerca de la suya. Sus ojos de avellana, inteligentes, se mueven de Keila a mí y de mi a Keila de nuevo. Una sonrisa suave asoma en sus labios, una mezcla de curiosidad y picardía.

"¿Están saliendo?", su pregunta cae en el silencio como una gota de agua hirviendo.

La reacción es inmediata. Keila se sobresalta, sus ojos ámbar se abren de golpe, fijos en Camila. Un rubor intenso sube por su cuello, tiñéndole las mejillas de un carmesí profundo que compite con el tono de su cabello. Desentrelaza sus manos de repente, como si se hubieran quemado, y las esconde bajo la mesa. Su postura, antes tan segura, se desmorona en un segundo, revelando que aunque diferente aspecto es ella misma en el fondo. La incomodidad la envuelve, siento en mi propio pecho a través del vínculo. Un espejo de su vergüenza.

Me quedo mudo, la pregunta de Camila me golpea como un puñetazo en el estómago. ¿Salir? ¿Nosotros? La idea es tan... irreal. Mi propia cara se calienta. Siento la misma incomodidad que Keila, unida a la mía, magnificada. No sé cómo responder. El vínculo palpita con una confusión turbulenta, una mezcla de sorpresa y algo más que no consigo descifrar. La mirada de Keila, ahora esquiva, evita la mía. Su respiración se acelera, una taquicardia que me retumba en los oídos.

Leo, siempre atento a la dinámica social, rompe el tenso silencio con una risa un poco forzada. "¡Vaya, Cam! ¡Directa al grano, eh!". Se ríe de nuevo, intentando aligerar el ambiente, pero su sonrisa parece un poco más forzada de lo habitual.




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