El silencio en la mesa es tan espeso que casi puedo cortarlo. La risa forzada de Leonardo. La pregunta de Camila. Su mirada inquisitiva clavada en mí, buscando una verdad. Pero mi mente ya ha elegido la historia. La X en mi pecho late erráticamente, un reflejo del nerviosismo de Keila. Ella, a mi lado, intenta pasar desapercibida, pero su pulso acelerado me delata. Sin embargo, el comedor se vacía. El ruido se ha atenuado, las últimas mesas han sido abandonadas. La hora tarda nos da un respiro.
"Lo que Camila se pregunta es por qué miento", digo, mi voz suena tensa. Recuerdo las palabras de Dorian: "Concéntrate en lo que puedes controlar." Y ahora, controlo la narrativa. "La verdad es que… una de las parientes de Keila fue al funeral de Riven. Elara, la hermana de el padre de Riven. Ella fue quien me llevó. Allí estuve con la familia de Keila. Y por eso hable con su abuela."
La mención de Elara parece descolocar a Camila. Sus ojos se abren, buscando una conexión, un hilo que la ayude a entender mi universo.
Bajo mis ojos, y busco la palma de mi mano. La siento rugosa. "En el funeral...", mi voz se quiebra ligeramente, "me sentí más responsable de lo que debía. Yo estaba allí. Y me juré a mí mismo que no volvería a ser el tipo que mira sin hacer nada. No quiero volver a sentirme impotente y no poder proteger a un amigo"
La mano de Keila, bajo la mesa, se contrae. Mi pecho siente la punzada, el eco de su dolor amplificado por el mío. Siento el peso de esa noche, el frío del cementerio, el rostro sin vida de Riven. Elara, con su brazo vendado, su explicación sobre la manipulación de la abuela. Todas las piezas encajan.
"Tú fuiste quien avisó", Leo interviene, su voz suave, grave, "avisaste que Riven estaba en peligro, ¿no es así?"
Asiento, la boca seca. "Sí. Pero no fue suficiente. Nada fue suficiente. Todos los presentes fuimos impotentes salvados solo por la suerte" Mis ojos se encuentran con los de Keila. "La gente te pide que los protejas", susurro, pensando en Riven, en su último aliento. "Y tú quieres hacerlo. Pero no tienes la fuerza. No tienes el poder."
Keila, a mi lado, respira hondo. Su hombro se roza con el mío, un toque imperceptible para los demás, pero una descarga para mí. Mi pecho siento que el corazón se me saldrá en cualquier momento. Ella entiende. No necesito explicarle la impotencia, la culpa, el peso de una promesa incumplida. No necesito explicarle lo que es ver a alguien que te importa desvanecerse y no poder hacer nada.
"Elara me pidió que la cuidara", continúo, mi voz más firme ahora, aferrándome a la única verdad que me sostiene. "Me dijo que Keila la necesitaba, que confiaba en mí, por Riven. Me dio una piedra. Me dijo que esperaba que me hiciera mas fuerte". Mis palabras salen como un torrente, un alivio. La verdad. Una verdad a medias.
El rubor en las mejillas de Keila vuelve a ser intenso. Su respiración se agita, la siento. Es su vergüenza, su incomodidad, y la mía fusionadas. No había compartido esto con nadie. Ni siquiera conmigo mismo, con tanta claridad. Sacar esto a la luz me pesa, me deja vulnerable.
Keila se aclara la garganta, su mirada esquiva. "La cosa es que... que sí. Hay una conexión. Una que Riven... nos dejó." Sus palabras son entrecortadas, difíciles de pronunciar. "Pero no es... no es lo que ustedes creen." Se levanta, la silla raspa el suelo con un sonido estridente. Su mano roza la mía al impulsarse. Una descarga eléctrica. La X en mi pecho duele pero no quema, un recordatorio vívido de lo que somos, de lo que ahora casi no hay privacidad en lo que sentimos.
Camina hacia la salida, sin mirar atrás. Su figura se mezcla con los últimos estudiantes rezagados, un mechón de fuego danzando entre la multitud. Me levanto también, "Discúlpenme, la acompañare afuera". Leo, Camila, Valentina, todos me miran, con la boca abierta, las preguntas bailando en sus ojos. Pero no hay tiempo para explicaciones.
Al cruzar el umbral del Gran Comedor, el aire fresco me golpea. La noche se cierne, el festival ha terminado. Los últimos rezagos de juerga se disipan, dejando la universidad sumida en una calma incómoda. Busco a Keila con la mirada. La diviso junto a la entrada principal, su figura de espaldas, tensa. Pero allí no está sola.
Elara está a su lado. Mi mirada se detiene en su brazo. El yeso ha desaparecido. Ahora lleva un cabestrillo improvisado, un pañuelo de seda oscura envolviendo su brazo izquierdo, la tela tirante sobre el bulto grueso que esconde la herida. Pero no es eso lo que me sorprende. De su espalda cuelgan dos bastones. Uno, el que ya le conocía, de un ébano pulido, con el orbe de cristal que reluce incluso en la penumbra. El otro, adosado con correas, es más pequeño, de madera clara, con nudos toscos por tallar. Demasiado simple para ella. Demasiado… familiar.
Elara se gira, su sonrisa es suave, pero sus ojos ámbar brillan con una picardía que me recuerda a la de Keila.
"Así que aquí están los dos problemáticos", su voz me envuelve. Sus ojos se clavan en los míos, una evaluación rápida. Ignora mi mirada hacia los bastones. "Tu amiguita ya ha terminado de confesar sus secretos, Brandom."
Keila se revuelve, el rubor vuelve a sus mejillas con fuerza. Es la vergüenza, es raro recordaba a Keila mas fría, la noto mas expresiva.
"Tía Elara", Keila murmura, sus párpados caídos, un rastro de vergüenza en su voz.
"No es mi culpa que no sepas qué historias contar", Elara la interrumpe, su tono dulce, pero con un filo de acero. Luego se vuelve hacia mí, la sonrisa pícara se ensancha. "Así que, ¿qué excusas tienes ahora, Brandom?".
Mi mente, de repente, se siente más ligera. Un chispazo. Elara, Keila, el aura que me protege del frío y la tensión de las últimas semanas. La X en mi pecho, vibrando con su presencia. El nerviosismo de Keila, el ojo astuto de su tía. Dos bastones. Una absurdidad que me arranca una sonrisa.
"Elara", digo, el humor aliviana mi voz, "Discúlpame, pero... ¿por qué llevas dos bastones? Uno ya tiene su historia." Mi mirada se detiene en el bastón más pequeño, el que no encaja con la elegancia de Elara.