Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 45: Camino a la Victoria

Keila se sube al coche, cierra la puerta del copiloto. Elara está ya en el asiento del conductor, el motor ronronea suave. Antes de que el coche se mueva, Keila levanta una mano, se lleva el dedo índice a los labios en un gesto que me hiela la sangre. Luego, una sonrisa. Pequeña, sutil, enigmática. No es la sonrisa de una adolescente avergonzada. Es la de quien ha ejecutado un plan a la perfección. Sus ojos ámbar brillan con una mezcla de picardía y satisfacción, fijos en la escena. Una victoria silenciosa.

Elara arranca. La comisura de sus labios se curva también, una sonrisa de complicidad entre tía y sobrina. Entendido. Aprobado. Las luces traseras del coche brillan en la oscuridad, se alejan por el camino, dejándome solo con el zumbido de la notificación en mi mano.

Aturdido, sigo en pie. La notificación es clara: "Tu primer combate será...". Mi mente lucha por procesar la información. En la Mañana. ¿Tan pronto?

El gesto de Keila. Esa sonrisa. No había nerviosismo. Estrategia. Ella lo sabe. Sabe lo del torneo. Sabe que el combate es mañana. Sabe el efecto que causará. La X en mi pecho palpita, un ritmo irregular que no entiendo.

El festival ha terminado. Las últimas luces se apagan. El silencio de la noche me envuelve. La universidad duerme, pero mi mente está despierta.

Me dirijo a la residencia, mis pasos resuenan en la piedra. La oscuridad del campus se traga mi figura. Mañana. La sonrisa de Keila. La notificación. Nervios. Emoción. Todo se mezcla en un torbellino. No hay tiempo para pensar. Solo para actuar.

Entro en mi habitación. Leo está allí, tumbado en su cama, con varios libros abiertos a su alrededor y envoltorios de barras energéticas. Se ha esparcido. Sus posesiones se han expandido, invadiendo el espacio que una vez fue de Riven. El aroma a pizza de esa noche aún flota en el aire. La vista es un recordatorio de cómo la vida sigue. Leo me mira.

“¿Qué tal, Bran? ¿Todo bien?”, bosteza, estirándose.

“Mañana tengo un combate”, digo, mi voz más plana de lo que esperaba. La notificación en mi móvil, un cuadrado de luz fría en la penumbra de la habitación, lo confirma.

Leo se incorpora de golpe, sus ojos se abren. El cansancio desaparece. “¡¿Combate?! ¿Mañana? ¿Con quién? ¿A qué hora?”.

“A las diez de la mañana. Mi primer combate del torneo”, respondo. “No sé contra quién, solo recibí la hora”.

“¡A las diez de la mañana! ¡Brandom, tienes que calentar antes! Yo digo que lleguemos al menos a las ocho, ¿quieres que vaya contigo?”, su entusiasmo es contagioso. Se levanta de la cama, un huracán de energía.

Niego con la cabeza. Mi mente procesa cada detalle del día que se avecina. Keila, con su sonrisa enigmática. Dorian, con sus dagas. La X en mi pecho palpita, un latido ajeno, un ancla a una realidad que Leo ni imagina. “Gracias, Leo, pero no. Prefiero ir solo, y a las ocho… estarás durmiendo”. La certeza en mi voz no es un reproche, es un hecho. “Necesito concentrarme”.

Leonardo se encoje de hombros, acepta.

“Ahora no voy a dormir. Voy a ir al campo de tiro con arco una última vez. Con mi brazo izquierdo”, digo. Mis ojos ya visualizan el lanzamiento, el arco tenso, la daga volando.

Me muevo hacia mi armario, sacando mi vestimenta: la ropa de cuero verde oscuro, algo ajustada y diseñada para el movimiento. Luego, las protecciones de hierro pulido: las muñequeras, las hombreras ligeras, el peto flexible. No es una armadura pesada de combate, sino un equipo táctico.

Con una meticulosidad casi ritual, comienzo a pasar un paño sobre el metal. Cada cicatriz, cada roce superficial, cuenta una historia. La ropa de cuero la deslizo por mis piernas. La X en mi pecho, bajo la tela, late con un ritmo constante, un segundo corazón.

Salgo de la habitación, el corredor está oscuro y silencioso. El campus, envuelto en la noche, es un laberinto de sombras. Busco la tienda de suministros de aventureros. Está abierta. Un viejo de dientes amarillos me atiende, sus ojos brillantes escrutan mi figura.

"¿Dagas de lanzamiento?", pregunta, su voz ronca.

Elijo un juego de cinco, de acero oscuro. Filosas, equilibradas. Siento su peso en mi mano. Luego, busco los soportes. Dos discretos, uno para la muñeca del brazo derecho, uno para el pecho, para guardar dos dagas más, casi ocultas, y otro para el muslo derecho. La sensación de tenerlas, de poseer mis propias armas, me da una extraña confianza.

El aire de la noche es frío, pero el sudor ya empieza a perlar mi frente. Las farolas del campo de tiro apenas iluminan el blanco. Saco una daga de mi muñeca izquierda. No es tan hábil como la derecha, los movimientos son un poco más toscos, menos fluidos. Dorian, sus consejos, se hacen presentes. El giro de la muñeca. La extensión de la voluntad. La daga zumba, se clava. Una y otra vez. Busco la perfección, la última sesión antes del amanecer.

La mañana del combate es fría y silenciosa. Me visto con una precisión casi mecánica apenas dormí unas cuantas horas por la practica nocturna pero obtuve resultados, cada pieza de mi equipo se siente como una extensión de mi propia piel. El cuero se ajusta a mi cuerpo, tenso y familiar. Las protecciones de metal pulido, frías al tacto, reflejan mi rostro con una distorsión pálida. Coloco las dagas en sus soportes —en el pecho, el muslo, la muñeca—, su peso es una ayuda ya que posiblemente no use mis cosas personales. No existe el estudiante de medicina. Solo el combatiente hoy.

Llego a las puertas del Coliseo. El murmullo de miles de conversaciones se me mete por los oídos, un oleaje sordo que amenaza con ahogar mis pensamientos. La energía de la multitud es una bestia palpable que respira y se agita. Busco el nerviosismo que sentí vibrar en Keila anoche. Lo encuentro, un temblor compartido que no es pánico, sino expectación. El eco de su ansiedad por el torneo se mezcla con la mía, una corriente subterránea que nos conecta a través de la distancia.




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