Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 1: El Umbral de Ceniza

El aire cambió. Dejó de oler a la resina dulce de los Pinos Ancestrales y al rocío limpio del bosque para oler a... hierro. A carbón quemado. A sudor rancio.

A humanos.

Apreté los puños sobre mi regazo, arrugando la tela de mi vestido ceremonial. Sentí cómo mi maná reaccionaba a mi disgusto, una vibración eléctrica que recorría mis venas y buscaba una salida. Las gemas incrustadas en mis brazaletes destellaron con una luz tenue y peligrosa. Control, me recordé. Si dejas que tu magia fluctúe ahora, harás estallar las ruedas del carruaje antes de llegar.

—Alteza, estamos cruzando el puente —anunció mi guardia personal desde el exterior, con voz tensa.

Miré por la ventanilla. El paisaje verde y vibrante de mi hogar había dado paso a la tierra muerta y gris de la Frontera Neutral. Allí, alzándose como una cicatriz de piedra sobre el valle, estaba el Castillo del Pacto. Un lugar miserable donde mi abuelo, el Gran Rey, jamás pondría un pie.

"Prefiero ver el bosque arder antes que sentarme a la mesa con los asesinos de esposas", había rugido él cuando llegó la invitación.

Pero el bosque ya estaba ardiendo. O lo haría pronto. Las escaramuzas en la frontera se habían vuelto insostenibles. Los humanos y sus máquinas de guerra avanzaban, y aunque nuestra magia podía destrozar sus huesos y manipular el tiempo, ellos se multiplicaban como ratas. Si no firmábamos esta tregua hoy, la guerra total nos consumiría a ambos antes del próximo invierno.

Yo no venía a pedir clemencia. Venía a exigir respeto.

El carruaje se detuvo con una sacudida brusca. Respiré hondo, forzando a mi maná a replegarse hacia mi núcleo, calmando la tormenta interior. Me alisé la capa, ocultando deliberadamente la daga que llevaba atada al muslo, y esperé.

La puerta se abrió. La luz grisácea del día entró de golpe.

Bajé los escalones con la barbilla en alto, ignorando las miradas de los soldados humanos que flanqueaban la entrada. Sus armaduras eran toscas, puro metal sin arte, y sus ojos me recorrían con una mezcla de miedo y lujuria contenida. Patéticos.

Pero entonces, al final del patio de armas, lo vi a él.

Y el aire se me escapó de los pulmones por un segundo.

Gabriel, el Príncipe de Acero, no era como los retratos exagerados que pintaban nuestros espías. Era peor. Era... real.

Estaba de pie frente a las puertas del castillo, sin escolta cercana, como si no temiera en absoluto a una delegación de elfos armados con magia. Era alto, mucho más alto que cualquier elfo que hubiera conocido, con esa anchura de hombros que solo se consigue blandiendo espadas pesadas desde la infancia. Llevaba una armadura negra, bruñida y funcional, que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, marcando la fuerza bruta que contenía.

No llevaba yelmo. Su cabello era oscuro, cortado de forma irregular, como si se lo hubiera cortado él mismo con un cuchillo. Tenía una mandíbula fuerte, cubierta por una barba de tres días que le daba un aire salvaje, y una cicatriz fina y blanca que le cruzaba la ceja izquierda, rompiendo la perfección de un rostro que, en otras circunstancias, habría sido devastadoramente hermoso.

Sus ojos se encontraron con los míos. Eran del color del acero frío. No había lujuria en ellos, ni miedo. Había cálculo. Me estaba evaluando no como a una mujer, sino como a una amenaza que debía neutralizar.

Mi magia, traicionera, dio un vuelco en mi pecho. No de odio. De anticipación.

Gabriel avanzó un paso, y el sonido de sus botas pesadas resonó en el silencio del patio.

—Princesa Alia —su voz era grave, rasposa, como piedras chocando en el fondo de un río—. Bienvenidos al infierno diplomático. Espero que su magia sea más útil que sus modales; llegan tarde.

Apreté los dientes, sintiendo el calor subir por mi cuello. Arrogante.

—Y yo espero que tu intelecto sea más afilado que tu lengua, Príncipe Gabriel —repliqué, sosteniendo su mirada sin parpadear—. O esta será una reunión muy corta.

Él esbozó una media sonrisa, una mueca carente de alegría que hizo que mi corazón latiera con una fuerza estúpida e irracional.

—Pasemos entonces —dijo, haciéndose a un lado y señalando la entrada oscura del castillo—. Antes de que nos matemos aquí fuera.

El interior del Castillo del Pacto era tan frío como la mirada del príncipe.

Caminamos por un pasillo de piedra desnuda, flanqueados por mis guardias de élite y sus soldados de hierro. El silencio era pesado, solo roto por el tintineo de las armaduras y el eco de nuestros pasos. Gabriel caminaba medio paso por delante de mí. No por protocolo, sino por desconfianza; quería asegurarse de que no le clavara mi daga en la espalda. Tentador, pero inútil.

Llegamos al Gran Salón. Una mesa larga de roble ocupaba el centro, dividiendo la estancia como una frontera física. En un lado, los estandartes verdes y plateados de mi reino. En el otro, el negro y rojo de la Nación de Acero.

Gabriel se detuvo al cabecera de la mesa y, con una parsimonia irritante, arrastró una silla pesada de madera. Me miró, esperando.

—¿Las damas primero? —preguntó, con ese tono de falsa cortesía que me crispaba los nervios.

—Los diplomáticos primero —corregí secamente, ignorando la silla que él ofrecía y tomando la del lado opuesto. Me senté con la espalda recta, dejando que mi capa cayera con elegancia sobre los reposabrazos.

Él soltó una risa corta, grave, y se dejó caer en su propio asiento con la gracia de un depredador cansado. Se quitó los guanteletes de metal y los dejó caer sobre la madera con un golpe sordo que hizo saltar a mi consejero.

Sus manos eran grandes, callosas, manchadas de grasa y pólvora. Manos que construían máquinas de muerte. Manos que podían romper un cuello con facilidad.

—Vamos al grano, Princesa —dijo, apoyando los codos en la mesa e inclinándose hacia mí. Su olor a acero y jabón barato me golpeó de nuevo—. Mi padre quiere acceso libre a las rutas comerciales del Valle del Río. A cambio, dejaremos de quemar sus bosques sagrados del sur.




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