Nunca había tocado a un elfo. Mucho menos a una de la realeza.
Las historias de la guarnición decían que su piel era fría como el mármol y que se rompían si los apretabas demasiado. Mentiras. Todo mentiras.
La mano de Alia en la mía ardía.
Corríamos a través de la espesura, tropezando con raíces y apartando ramas que nos azotaban la cara como látigos. Yo marcaba el ritmo, un paso brutal y militar diseñado para cubrir terreno, pero ella no se quedaba atrás. A pesar de ese ridículo vestido ceremonial y de su complexión delgada, la princesa corría con una furia silenciosa, ignorando los cortes en sus brazos y el barro que manchaba su seda blanca.
—¡Más rápido! —gruñí, tirando de ella cuando sus pies resbalaron en el musgo—. Si perdemos el ritmo, nos alcanzan.
—¡Suéltame, bruto! Sé correr —siseó ella, liberando su mano de mi agarre con un tirón seco. Pero no se detuvo. Se mantuvo a mi lado, respirando con dificultad, sus ojos brillando en la penumbra del bosque.
El estruendo del castillo derrumbándose había quedado atrás, sustituido por algo peor: el sonido de la cacería.
No eran pasos desordenados de orcos a pie. Era el galope rítmico, pesado y húmedo de bestias de cuatro patas.
—Huargos —dije, y la palabra tuvo sabor a ceniza en mi boca—. Tienen rastreadores.
Alia se detuvo en seco, girándose hacia mí. Su pecho subía y bajaba violentamente, y un mechón de cabello oscuro se le había pegado al labio inferior por el sudor. Por un segundo, olvidé que era mi enemiga. Parecía... salvaje.
—¿Cuántos? —preguntó, sin rastro de pánico en la voz.
—Uno en vanguardia. El resto vendrá detrás. —Desenvainé mi espada, el acero negro cantando al salir de la vaina—. Sigue corriendo hacia el este. Yo lo detendré.
—¿Estás loco? —Me miró como si fuera idiota—. Un huargo de guerra despedaza armaduras como si fueran papel. Te matará antes de que levantes esa espada.
—Es mi deber, princesa —repliqué, dando un paso hacia ella hasta invadir su espacio personal. Quería asustarla, quería que obedeciera. Podía oler su perfume floral, ahora mezclado con el olor metálico de la sangre de mi propia mejilla—. Vete. Ahora.
Antes de que pudiera responderme, la maleza frente a nosotros estalló.
La bestia era enorme, una masa de músculo gris y cicatrices, montada por un orco que aullaba triunfo. El olor a perro mojado y podredumbre nos golpeó como una ola. El huargo no se detuvo; cargó directamente hacia nosotros, abriendo unas fauces capaces de arrancarme la cabeza de un bocado.
Mi cuerpo reaccionó por instinto. Me planté firme, bajando mi centro de gravedad, listo para recibir el impacto y morir matando.
—¡Al suelo, Gabriel! —gritó Alia.
No fue una petición. Fue una orden real. Y por alguna maldita razón, mi cuerpo obedeció antes que mi cerebro.
Me tiré al barro.
Sentí una oleada de calor pasar sobre mi cabeza, pero no fue fuego. Fue... vida. Una vida violenta y antigua.
Alia extendió ambas manos hacia la bestia que cargaba. Sus ojos, antes grises, se encendieron en un violeta incandescente. No recitó poemas ni cánticos suaves. Soltó un grito gutural, un sonido de esfuerzo puro.
El suelo bajo el huargo tembló.
—¡Crce! —ordenó ella.
La tierra se abrió. Dos raíces, gruesas como troncos de roble y afiladas como lanzas, salieron disparadas hacia arriba con una velocidad obscena.
El sonido fue húmedo y definitivo. Shhhluck.
El aullido del orco se cortó en seco.
Me quedé helado, mirando la escena desde el suelo. Las raíces habían atravesado al huargo por el pecho y al jinete por la ingle, empalándolos a ambos en una macabra escultura de madera y sangre. La bestia quedó suspendida en el aire, pataleando inútilmente mientras la vida se le escapaba.
Silencio.
Me puse de pie lentamente, limpiándome el barro de la armadura, sin dejar de mirar la carnicería. Luego, miré a Alia.
Ella estaba pálida, temblando ligeramente, con las manos aún extendidas. Bajó los brazos y se apoyó contra un árbol cercano, como si el hechizo hubiera consumido su propia fuerza vital.
Me acerqué a ella. La precaución me decía que mantuviera la distancia: esa mujer acababa de convertir a un monstruo de trescientos kilos en un adorno de jardín. Pero el instinto... el instinto me empujaba hacia ella.
—Pensé que tu magia era solo para hacer crecer cosechas —dije, mi voz sonando más ronca de lo habitual.
Alia alzó la vista. Sus ojos volvían a ser grises, pero seguían desafiantes.
—Las raíces se alimentan de lo que encuentran en la tierra, Gabriel. A veces es agua... a veces es sangre.
Se le doblaron las rodillas. Me moví rápido, atrapándola por la cintura antes de que cayera.
El contacto fue eléctrico. Su cuerpo era ligero, pero firme contra mi pecho acorazado. Podía sentir su corazón latiendo desbocado contra mis costillas. Ella se agarró a mis antebrazos para estabilizarse, y sus dedos se clavaron en las correas de cuero.
Estábamos demasiado cerca.
Podía ver las motas doradas en sus iris. Podía ver el pulso acelerado en su cuello blanco y expuesto. La adrenalina de la muerte cercana seguía corriendo por mis venas, y mi cerebro, en su confusión primitiva, transformó el miedo en deseo. Quería alejarme, pero también quería saber si su piel sabía tan dulce como olía.
Alia no se apartó. Me miró, y por primera vez, vi curiosidad en lugar de desprecio. Su mirada bajó a mis labios y luego subió de nuevo, rápido, como si se hubiera quemado.
—Tenemos que movernos —susurró, aunque no hizo ningún intento de soltarse.
Me obligué a soltarla, dando un paso atrás. El aire frío se sintió como una pérdida.
—Sí —carraspeé, recuperando mi fachada de general—. Hacia el este. Al Bosque Ancestral.
Alia parpadeó, confundida, recuperando el equilibrio.
—¿Al bosque? Eso es territorio elfo. Si pones un pie allí, mis guardias fronterizos te dispararán antes de preguntar. Deberíamos ir al Fuerte de Acero, está a medio día de camino.