El bosque no estaba en silencio. Nunca lo estaba.
Para un humano, quizás pareciera que solo había oscuridad y árboles mudos, pero para mí, el aire era un coro de advertencias. Las raíces susurraban nuestro paso, el musgo absorbía el peso de nuestras botas y las lechuzas nos juzgaban desde las copas altas.
Intruso. Acero. Sangre. Peligro.
Caminábamos rápido, pero el ritmo era torpe. Gabriel, a pesar de su fuerza y agilidad, era ruidoso. Su armadura de placas, aunque una obra maestra de la ingeniería humana, no estaba hecha para el sigilo. Cada paso suyo era un crujido metálico, un clanc sordo que resonaba como una campana en una catedral vacía.
Me detuve en seco, levantando una mano. Gabriel se frenó a medio paso, su mano yendo instantáneamente a la empuñadura de su espada.
—¿Qué pasa? —susurró. Su voz era grave, áspera, y rompió la armonía del bosque como una piedra rompe un espejo.
—Haces demasiado ruido —dije, girándome hacia él. En la penumbra azulada de la noche, su silueta era imponente. Un muro de metal negro y hombros anchos—. Mis exploradores te escucharán a una legua de distancia. Y si te escuchan, te atravesarán con una flecha antes de que puedas decir tu nombre.
Gabriel soltó un bufido, pasándose una mano por el cabello sucio y revuelto.
—Lo siento, Alteza. Olvidé traer mis zapatillas de baile a la zona de guerra. Esta armadura me salvó de ser aplastado por el techo hace una hora, por si no lo recuerdas.
Lo recordaba.
Por los dioses, claro que lo recordaba.
La imagen me golpeó de nuevo, vívida y traicionera: Gabriel saltando sobre la mesa. No usó magia, no dudó. Se lanzó sobre mí, cubriendo mi cuerpo con el suyo, ofreciendo su espalda blindada a las rocas y al fuego para que yo no sufriera ni un rasguño.
Sentí un calor incómodo subir por mi cuello.
Durante siglos, me habían enseñado que los humanos eran egoístas. Que su vida corta los hacía codiciosos, desesperados por sobrevivir a costa de los demás. Pero ese bruto, ese enemigo, había puesto mi seguridad por encima de la suya.
Miré la herida en su mejilla. La sangre ya se había secado, una línea oscura sobre su piel bronceada.
—No lo he olvidado —dije, suavizando mi tono, aunque solo un poco—. Pero tu armadura no te salvará de la magia de la frontera. Estamos a punto de cruzar el Velo.
Gabriel miró alrededor, confundido.
—Solo veo árboles.
—Eso es porque tus ojos son ciegos a lo que importa —caminé hacia él, invadiendo su espacio personal. Él se tensó, pero no retrocedió—. El Velo es una barrera mágica. Detecta intenciones... y detecta el acero forjado con sangre. Si intentas cruzarlo así, las propias ramas te estrangularán.
—Suena acogedor. ¿Y cuál es el plan? ¿Dejarme aquí para que los orcos terminen el trabajo?
—Esa sería la opción inteligente —admití, cruzándome de brazos. La lógica política gritaba en mi cabeza: Déjalo. Es el heredero del trono enemigo. Si muere, la Nación de Acero se sumirá en el caos y tu pueblo estará a salvo.
Pero luego recordé el polvo gris en las botas de los orcos.
Si los humanos habían traicionado el pacto, significaba que alguien en la corte de Gabriel quería la guerra tanto o más que los extremistas de mi propio consejo. Si Gabriel moría, esa facción ganaría. No habría nadie para detener la masacre.
Y... maldita sea. Me había salvado.
—Pero no soy una asesina —suspiré, tomando una decisión que podría costarme el título, o la cabeza—. Voy a pasarte. Pero vas a tener que confiar en mí. Y vas a tener que dejar que te toque.
Gabriel arqueó una ceja, una sonrisa ladeada y cínica asomando en sus labios.
—Me han hecho propuestas peores en mejores lugares, princesa.
—No te hagas ilusiones, humano. —Rodé los ojos, ocultando la punzada nerviosa en mi estómago—. Necesito enmascarar tu firma vital. Necesito que el bosque crea que eres... parte de mí.
Me acerqué más. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un horno viviente en la noche fría. Me quité el guante derecho y mordí la yema de mi pulgar hasta que brotó una gota de sangre dorada y brillante.
Gabriel observó mi dedo, fascinado y alerta.
—¿Magia de sangre? —preguntó en voz baja—. Pensé que los elfos consideraban eso... bárbaro.
—Es magia de vínculo. Y es necesaria. —Alcé la mano hacia su rostro—. No te muevas.
Él se quedó quieto, sorprendentemente dócil. Deslicé mi pulgar húmedo sobre su frente, trazando el símbolo antiguo de la Sombra. Su piel era áspera, caliente y estaba sucia de polvo y sudor. El contraste con mi piel fría y lisa fue un choque térmico.
Bajé la mano, trazando una línea por su nariz, sobre sus labios, hasta su barbilla. Mis dedos rozaron la barba incipiente que raspaba mis yemas.
Él dejó de respirar por un segundo. Sus ojos, del color del acero frío, se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo temblar las rodillas. No había burla ahora. Había una pregunta silenciosa, una vulnerabilidad que no esperaba encontrar en un príncipe guerrero.
Mi corazón, traicionero, aceleró su ritmo. Tump-tump. Tump-tump.
Estaba cometiendo traición. Estaba tocando al enemigo con una intimidad que ni siquiera había compartido con mis prometidos anteriores. Y lo peor de todo... no me sentía mal. Me sentía segura.
—Cierra los ojos —susurré, mi voz apenas un hilo.
Él obedeció.
Coloqué mi palma abierta sobre su pecho, justo sobre la placa de metal que cubría su corazón. Cerré mis propios ojos y empujé mi maná hacia él. No para atacar, sino para envolver. Visualicé las raíces, el musgo, la savia. Tejí un manto de naturaleza alrededor de su aura de hierro y violencia.
Sentí su latido a través del metal. Fuerte. Lento. Constante.
Es solo un hombre, pensé, sorprendida. Debajo de todo ese odio y armadura, late igual que yo.
—Listo —dije, retirando mi mano bruscamente, como si el metal quemara.