El silencio de este maldito bosque era más ruidoso que una forja.
Llevábamos horas caminando. Mis botas se hundían en un musgo que parecía tragar el sonido, y a mi alrededor, las sombras de los árboles se retorcían como dedos largos intentando tocar mi armadura. No me gustaba. Prefería la solidez de la piedra y el olor honesto del carbón. Aquí, todo parecía estar vivo, observándome, juzgando al intruso de hierro.
Pero mi mente no estaba en los árboles. Estaba en el mapa de mi reino, trazando líneas rojas de traición.
¿Cómo pasaron?
La pregunta martilleaba en mi cabeza al ritmo de mis pasos. Los orcos no son sutiles. Una partida de guerra de ese tamaño, montada en huargos, hace ruido, deja huellas y apesta a muerte. Para llegar al Castillo del Pacto sin ser detectados, tuvieron que cruzar el Paso de los Lamentos.
Ese paso estaba vigilado por la Tercera Legión. Mi Legión.
Mi padre, el Rey Valerius, me había enviado a esta misión diplomática con una orden clara: "Vuelve con un tratado o no vuelvas". El viejo era duro como el granito, pero no era estúpido. Sabía que una guerra ahora nos arruinaría. No tenía sentido que él saboteara su propia jugada.
Eso dejaba a mis hermanos.
Apreté los dientes, sintiendo el sabor amargo de la bilis.
Kaelen, el mayor. Un bruto con más músculos que cerebro, que siempre había creído que la diplomacia era para los cobardes. Él quería la guerra por la gloria, por la sangre. ¿Sería capaz de dejar pasar a los orcos solo para reventar la paz? Posiblemente.
Pero luego estaba Darian. El menor. El que sonreía demasiado y siempre tenía las manos limpias de grasa y sangre. Darian, que había estado curiosamente insistente en reorganizar las patrullas fronterizas la semana pasada...
—Aquí —la voz de Alia cortó mis pensamientos oscuros.
Se había detenido junto a las raíces gigantescas de un árbol que parecía más antiguo que mi propio linaje. Las raíces formaban una especie de cueva natural, protegida del viento y oculta de la vista.
—Es lo mejor que encontraremos —dijo ella, soltando su mochila con un suspiro de cansancio. Por primera vez, noté que sus hombros estaban caídos. La postura perfecta de la realeza se había desmoronado bajo el peso de la supervivencia—. Necesitamos descansar, o cometeremos errores.
Asentí, escaneando el perímetro por costumbre.
—Yo haré la primera guardia. Tú duerme.
Alia me miró, arqueando una ceja mientras se sentaba sobre una raíz cubierta de liquen.
—No seas mártir, Gabriel. Ambos estamos agotados. Además, no puedes hacer guardia en la oscuridad total; tus ojos humanos no ven nada aquí.
—Veo lo suficiente —mentí. No veía un carajo más allá de tres metros.
Ella negó con la cabeza, una pequeña sonrisa cansada curvando sus labios. Juntó las manos y sopló suavemente entre ellas. Una esfera de luz ámbar, cálida y tenue, cobró vida en sus palmas. No era fuego, no había humo ni crepitar. Era luz pura, contenida.
—Siéntate —ordenó suavemente, colocando la esfera en el suelo entre nosotros. La luz proyectó sombras suaves en su rostro, suavizando los ángulos de su expresión—. Vamos a comer algo.
Me senté frente a ella, con la espada desenvainada a mi lado. El calor que emanaba de esa pequeña bola de luz era sorprendente. Me quité los guanteletes, sintiendo el alivio en mis dedos entumecidos.
Saqué mis provisiones: carne seca dura como suela de zapato y un trozo de pan negro que probablemente podría usarse como arma contundente. Comida de soldado. Eficiente, horrible.
Alia sacó de su morral unas frutas extrañas, parecidas a manzanas pero de un azul profundo, y unas galletas finas envueltas en hojas.
Me quedé mirando su comida, y luego la mía.
Sin decir una palabra, Alia partió una de sus galletas a la mitad y me tendió un trozo, junto con una de las frutas azules.
—Intercambio cultural —dijo.
La miré a los ojos. En la corte, aceptar comida de un elfo sería considerado traición... o suicidio por envenenamiento. Pero aquí, bajo las raíces, el gesto se sentía diferente.
Tomé la comida y le ofrecí un trozo de mi carne seca.
—Te advierto que sabe a desesperación y sal —le dije.
Ella lo tomó con dedos delicados y le dio un mordisco pequeño. Arrugó la nariz de inmediato, pero masticó y tragó con dignidad.
—Sabe a guerra —dijo ella, bebiendo un sorbo de agua de su cantimplora—. Sabe a lo que mi pueblo teme que nos traigáis.
Mordí la fruta azul. Explotó en mi boca con una dulzura fresca y ácida que casi me hizo gemir. Era deliciosa.
—No todos queremos la guerra, Alia —dije, bajando la voz. La intimidad del pequeño refugio invitaba a las confesiones—. Mi padre quería este tratado.
—¿Entonces quién? —preguntó ella. No había acusación en su tono, solo curiosidad analítica.
Miré la esfera de luz.
—Tengo dos hermanos —confesé. Era peligroso darle esta información al enemigo, pero después de lo de hoy, las viejas reglas parecían borrosas—. Kaelen cree que la paz nos hace débiles. Darian cree que el caos es una escalera para subir al trono.
—Hermanos... —Alia suspiró, abrazándose las rodillas—. Yo tengo un Consejo de Ancianos que cree que los humanos sois una plaga que hay que exterminar antes de que se extienda. Si supieran que estoy compartiendo mi cena contigo, me desterrarían antes de que pudiera explicarme.
La miré. Realmente la miré.
Sin la pompa del protocolo, con el vestido sucio de barro, el cabello revuelto y comiendo carne seca humana, no parecía la bruja fría que me habían descrito. Parecía... sola. Tan sola como yo me sentía en mi propia corte rodeado de víboras.
—Tu magia —dije, cambiando de tema para alejar la melancolía—. En el castillo, cuando la mesa se rompió... no estabas recitando hechizos. Fue una reacción.
—El maná responde a las emociones —explicó ella, mirando la luz—. Es difícil de controlar cuando estás furiosa... o asustada. Por eso nos enseñan a ser fríos. A no sentir. Porque si sentimos demasiado, el mundo a nuestro alrededor tiembla.