Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 5: El peso del amanecer

Despertar fue confuso. Y cálido. Demasiado cálido.

Mi cama en el Palacio de Cristal solía oler a lavanda y sábanas de seda fría. Esto olía a cuero, a humo de leña... y a hombre.

Abrí un ojo, desorientada por la penumbra de la cueva de raíces. Lo primero que vi fue una placa de metal negro a escasos centímetros de mi nariz. Lo segundo que noté fue que mi cabeza no estaba apoyada en una almohada, sino en un hombro duro y ancho. Y lo tercero, y más alarmante, era que tenía una pierna entrelazada con la de Gabriel y mi mano descansaba plana sobre su abdomen.

Me congelé.

El Príncipe de Acero dormía profundamente. Su respiración era lenta y rítmica, haciendo que su pecho subiera y bajara bajo mi palma. En el sueño, su rostro había perdido esa dureza perpetua de general. Parecía más joven. Menos peligroso. La cicatriz de su ceja era solo una línea blanca sobre la piel relajada.

Pero lo más traicionero era la posición de su brazo. Durante la noche, quizás buscando calor o por puro instinto protector, Gabriel me había rodeado con un brazo, manteniéndome pegada a su costado como si fuera un escudo... o un tesoro.

Sentí que la sangre se me subía a las mejillas. Por los Dioses, Alia, eres la Princesa Heredera, no una concubina de campaña.

Intenté retirarme lentamente, deslizando mi pierna hacia atrás milímetro a milímetro para no despertarlo.

—Si te mueves tanto, vas a atraer a los gusanos de tierra —murmuró una voz ronca y cargada de sueño justo encima de mi cabeza.

Di un respingo, apartándome de golpe y rodando hacia el otro lado de la cueva hasta chocar con una raíz. Me senté, alisándome el vestido arrugado con dignidad fingida, el corazón latiéndome a mil por hora.

Gabriel abrió un ojo, mirándome con una mezcla de diversión y cansancio.

—Buenos días a ti también, Alteza.

—Estabas despierto —acusé, recogiendo mi cabello en una trenza rápida para ocupar mis manos nerviosas.

—Hace diez minutos. —Se sentó, estirando los brazos con un gemido de huesos y metal—. Pero estabas babeando sobre mi hombro y me dio pena moverte.

—¡Los elfos no babeamos! —repliqué indignada, aunque discretamente me pasé el dorso de la mano por la comisura de los labios. Seco. Maldito mentiroso.

Gabriel soltó una risa corta y se puso de pie, agachándose para no golpearse la cabeza con el techo bajo. La atmósfera ligera duró poco. En cuanto salió al exterior, su postura cambió. La mano fue a la espada. Los hombros se tensaron. El soldado había vuelto.

Salí tras él. El bosque amanecía envuelto en una niebla espesa y lechosa.

—¿Cuál es el plan? —preguntó él, mirando la bruma con desconfianza.

—Ridalia, la Capital Esmeralda —dije, señalando hacia el noreste, donde los árboles eran más viejos y retorcidos—. Allí mi padre tiene la guardia real completa. Estaremos seguros.

—¿A qué distancia?

—A paso de marcha forzada... una semana.

Gabriel me miró, incrédulo.

—¿Una semana? Sin caballos, con provisiones para dos días y con una horda de orcos y traidores detrás. Suena a un plan suicida.

—Es la única opción. —Caminé hacia un arbusto cercano y arranqué unas bayas rojas, comprobando primero que no tuvieran espinas negras—. Además, no solo tenemos que preocuparnos por los que nos persiguen. Tenemos que preocuparnos por lo que hay delante.

—¿Más orcos?

—Peor. —Le lancé una baya, que él atrapó en el aire—. El Bosque Profundo no es como tus bosques domesticados del oeste, Gabriel. Aquí, la cadena alimenticia es... agresiva.

—Tengo una espada y sé usarla. Puedo manejar un par de lobos.

—No son lobos lo que me preocupa.

Señalé hacia un árbol a unos cinco metros de distancia. Parecía un sauce llorón, con lianas largas y hermosas que caían hasta el suelo, cubiertas de flores pálidas y dulces.

—Bonito árbol —dijo él, sin entender.

—Mira el suelo.

Gabriel entornó los ojos. Debajo del árbol, semienterrados entre las raíces y las flores caídas, blanqueaban unos huesos. Un cráneo de ciervo. Y al lado, lo que parecía un yelmo oxidado de algún soldado de hace décadas.

—Sauce Viuda —expliqué suavemente—. Sus lianas segregan una neurotoxina paralizante al contacto. Si te rozan, te quedas dormido plácidamente mientras las raíces suben y te digieren lentamente durante semanas.

Gabriel dio un paso atrás, mirando el bosque con renovado respeto... y horror.

—¿Todo aquí intenta comernos?

—Solo si eres descuidado. —Me ajusté el cinturón y le dediqué una media sonrisa desafiante—. Bienvenido a mi reino, Príncipe. Mantente cerca, no toques nada bonito y quizás vivas para ver Ridalia.

Él me devolvió la mirada, esa chispa de desafío encendiéndose en sus ojos grises.

—Después de ti, Princesa.




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