Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 6: La furia blanca

Odiaba este bosque. Lo odiaba con cada fibra de mi ser disciplinado.

En mi tierra, si algo tiene cuatro patas, colmillos y te gruñe, es un enemigo. Lo matas, lo despellejas y te haces un abrigo para el invierno. Simple. Lógico.

Aquí, aparentemente, todo tenía un estatus diplomático.

—No pises ese musgo, es sagrado para los escarabajos lunares —me había advertido Alia hacía una hora. —No cortes esa rama, es el hogar de las hadas de polvo —me regañó media hora después.

Caminábamos en un silencio tenso. Mi mano no se alejaba de la empuñadura de mi espada. Me sentía menos como un escolta y más como un elefante en una cristalería, esperando romper algo valioso por el simple hecho de respirar.

El terreno comenzó a elevarse. Los árboles se volvieron más blancos, sus cortezas pálidas como huesos, y el aire se enfrió drásticamente. Mi aliento empezó a formar nubes de vapor.

—Estamos entrando en el Territorio Alto —susurró Alia, deteniéndose y oteando entre la bruma—. Mantente cerca y, por lo que más quieras, no hagas movimientos bruscos.

—¿Qué vive aquí? ¿Conejos sagrados que escupen fuego? —pregunté con sarcasmo, aunque mis músculos se tensaron. El silencio aquí era diferente. No era la ausencia de ruido; era la presencia de algo grande.

Un crujido. Como el tronco de un árbol partiéndose en dos.

Delante de nosotros, la niebla se abrió.

Lo primero que vi fueron los cuernos. Eran inmensos, astas de alce tan anchas como un carruaje, pero hechas de un material que parecía hielo sucio. Luego vi el cuerpo. Un oso. Pero no un oso normal. Era una montaña de pelaje blanco y tupido, de al menos tres metros de altura en cuatro patas, con ojos azules que brillaban con una inteligencia antigua y maliciosa.

La bestia soltó un resoplido que levantó la nieve del suelo. Nos había visto.

Ursus Albus —susurró Alia, y por primera vez en el día, escuché miedo real en su voz—. Un Guardián.

El oso rugió, un sonido que vibró en mis muelas, y cargó.

Fue rápido para ser tan grande. Una avalancha de músculo y furia blanca que venía directa a aplastarnos.

El instinto tomó el control.

—¡Muévete! —grité, empujando a Alia hacia un lado mientras desenvainaba mi espada. El acero negro cantó en el aire frío.

Me planté firme, buscando el hueco entre el cuello y el hombro. Si lograba clavar la punta ahí y dejaba que su propio peso hiciera el trabajo...

—¡NO! —El grito de Alia fue más fuerte que el rugido de la bestia—. ¡Gabriel, no lo mates!

Dudé. Una fracción de segundo estúpida y letal.

Esa duda casi me cuesta la vida. La garra del oso pasó silbando frente a mi cara, tan cerca que sentí el viento del golpe. Me agaché, rodando por el suelo helado para esquivar el segundo zarpazo que reventó un árbol joven como si fuera un palillo.

—¡Me está intentando comer, maldita sea! —rugí, poniéndome de pie y levantando la guardia de nuevo. Tenía el flanco expuesto. Podía destriparlo ahora mismo.

—¡Es un animal sagrado! —Alia se interpuso entre nosotros, levantando ambas manos. ¿Estaba loca? El oso ni siquiera frenó—. ¡Si derramas su sangre, el bosque entero se volverá contra nosotros! ¡Nunca llegaremos a la capital!

El oso se alzó sobre sus patas traseras, proyectando una sombra gigantesca sobre la princesa. Iba a aplastarla. Iba a convertirla en una mancha roja en la nieve.

Maldije a todos los dioses élficos y envainé la espada de golpe.

—¡Entonces haz algo! —le grité.

Alia juntó las manos y las separó violentamente, como si estuviera rasgando una tela invisible.

¡Vincule Glaciem!

El suelo bajo el oso estalló. Pero no fueron raíces esta vez. Fueron zarzas cubiertas de escarcha, lianas gruesas y espinosas de color azul pálido que salieron disparadas como serpientes. Se enroscaron alrededor de las patas traseras de la bestia, subiendo por su torso, atrapando sus garras.

El oso rugió de frustración, luchando contra las ataduras mágicas. El hielo crujía, rompiéndose poco a poco bajo su fuerza descomunal.

—¡No aguantará mucho! —gritó Alia, su rostro pálido por el esfuerzo—. ¡Corre!

No tuvo que decírmelo dos veces.

La agarré del brazo y echamos a correr ladera abajo, resbalando en las agujas de pino congeladas. Detrás de nosotros, escuchamos el crack definitivo de las lianas rompiéndose y el trueno de las patas del oso retomando la persecución.

—¡Por allí! —señalé un sendero estrecho que bordeaba un precipicio. Era peligroso, pero la bestia era demasiado ancha para seguirnos por ahí sin caerse.

Fue un buen plan. Duró tres segundos.

El suelo bajo mis botas, socavado por la erosión y el hielo, cedió.

No hubo tiempo de gritar. Sentí cómo la tierra desaparecía bajo mis pies. Intenté agarrarme a algo, pero solo conseguí agarrar la capa de Alia.

Caímos.

El mundo se convirtió en un borrón de cielo gris, ramas que nos golpeaban y rocas afiladas. Rodamos por la pendiente empinada, una maraña de extremidades, tela y armadura. Me golpeé el hombro, la cadera, la cabeza.

Por instinto, o quizás por estupidez, tiré de Alia hacia mí, envolviéndola con mis brazos y girando en el aire para que mi armadura absorbiera los impactos más duros.

Crack. Pum. Golpe.

Aterrizamos al final del barranco sobre un montón de nieve acumulada y hojas muertas, deteniéndonos con un golpe seco que me sacó el aire de los pulmones.

Todo se detuvo.

El rugido del oso sonaba lejano ahora, allá arriba en la cima. No podía bajar. Estábamos a salvo. O al menos, no estábamos masticados.

Gemí, abriendo los ojos. El cielo daba vueltas.

—¿Estás... viva? —carraspeé, sin soltar mi agarre.

—Creo... creo que sí —la voz de Alia venía de muy cerca. Demasiado cerca.

Bajé la vista.

Estábamos en una posición comprometedora, por decir lo menos. Yo estaba de espaldas contra la nieve, y Alia estaba tendida encima de mí, con sus piernas enredadas con las mías. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío, tan cerca que podía contar las pestañas de sus ojos grises. Su cabello se había soltado de la trenza, creando una cortina oscura que nos aislaba del resto del mundo.




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