Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 7: Mapa de Cicatrices

El silencio después de la caída era incómodo, pero el dolor era peor.

Nos habíamos arrastrado fuera del barranco hasta encontrar una pequeña gruta seca bajo un saliente de roca. La adrenalina de la pelea con el oso sagrado se estaba disipando, dejando paso al frío y a los latidos punzantes de los golpes.

Me senté sobre mi capa, revisando mis tobillos. Solo rasguños y moretones. Nada roto. Tuve suerte.

Gabriel, sin embargo, no tenía tan buen aspecto.

El Príncipe de Acero estaba sentado frente a la entrada de la cueva, vigilando la lluvia que había empezado a caer. Se había quitado el yelmo (que ya no tenía desde el inicio) y los guanteletes, pero su respiración era superficial, entrecortada. Cada vez que inhalaba, hacía una mueca casi imperceptible.

—Estás herido —dije. No fue una pregunta.

—Estoy bien —gruñó él, sin mirarme. Su voz sonaba tensa—. Solo es el golpe. Me he caído de caballos más altos.

—Gabriel, estás pálido como la cera y te sujetas el costado izquierdo como si intentaras mantener tus entrañas dentro.

Él se giró para mirarme, con esa arrogancia defensiva que usaba como escudo.

—Es una costilla rota, a lo mucho. Sanará sola. En mi ejército no paramos por...

—En tu ejército tenéis médicos y vendajes —lo interrumpí, poniéndome de pie—. Aquí solo me tienes a mí. Y no voy a cargar con tu cadáver si te perforas un pulmón en medio de la noche. Quítate la armadura.

Gabriel parpadeó, sorprendido por mi tono autoritario.

—¿Perdón?

—La coraza. Quítatela. Necesito ver el daño.

Dudó un segundo, evaluándome. Probablemente calculando si aprovecharía el momento para apuñalarlo. Finalmente, soltó un suspiro resignado y sus dedos torpes fueron a las correas de cuero que unían las placas de metal bajo su brazo.

Hizo una mueca de dolor agudo y se detuvo. No podía levantar el brazo izquierdo.

Rodé los ojos, acercándome a él.

—Déjame hacerlo. Eres un inútil.

Me arrodillé a su lado. El olor a lluvia, pino y sangre humana llenó mis sentidos. Mis manos, mucho más pequeñas y pálidas que las suyas, trabajaron sobre las hebillas de cuero endurecido. Gabriel se quedó quieto, rígido como una estatua, mientras yo desmantelaba su defensa capa por capa.

Primero cayó la placa del pecho, pesada y abollada por la caída. Luego la cota de malla, que se deslizó con un sonido metálico. Y finalmente, la túnica de lino negra, que estaba pegada a su piel por el sudor y la sangre seca.

Cuando aparté la tela, tuve que reprimir un grito ahogado.

El costado izquierdo de Gabriel era un mapa de violencia inmensa. Un moretón negro y púrpura se extendía desde su axila hasta la cadera, feo e inflamado. Definitivamente había costillas rotas.

Pero eso no fue lo que me robó el aliento.

Su torso... su torso era una historia de guerra escrita en piel.

Cicatrices. Dozenas de ellas. Líneas blancas de cortes de espada, marcas circulares de flechas mal curadas, quemaduras que habían dejado la piel brillante y tirante. Una cicatriz particularmente fea le cruzaba el pectoral derecho, pasando peligrosamente cerca del corazón.

Alcé la vista. Gabriel me estaba mirando, observando mi reacción con una mezcla de vergüenza y desafío.

—Te dije que no era bonito, Princesa. —Su voz era baja, carente de burla—. No todos crecemos en palacios de cristal.

—Esto no es de la guerra contra nosotros —murmuré, rozando con la punta de mis dedos una cicatriz antigua en su hombro—. Esta es vieja. Tenías... ¿qué? ¿Diez años?

Gabriel tensó la mandíbula.

—Doce. Entrenamiento con mi hermano Kaelen. Él usaba acero real. Decía que el dolor es el mejor maestro.

Sentí una punzada de algo que no era lástima, sino furia. ¿Qué clase de familia hace eso?

—Bueno, esta noche tu maestro soy yo —dije, sacudiendo la cabeza para concentrarme—. Y mi lección es diferente.

Coloqué ambas manos sobre el hematoma gigante en su costado. Su piel estaba ardiendo por la fiebre del trauma. Al primer contacto, sus músculos abdominales se contrajeron violentamente bajo mis palmas. Era duro como la roca.

—Relájate, o dolerá más —susurré.

—Es difícil relajarse cuando una bruja elfa tiene las manos sobre mis órganos vitales —masculló él, aunque cerró los ojos y soltó el aire lentamente.

Cerré los ojos yo también y llamé a mi maná. Esta vez no busqué las raíces violentas ni el hielo. Busqué el agua. La savia. La regeneración.

Sentí cómo mi energía fluía desde mi núcleo, bajaba por mis brazos y entraba en su cuerpo. Visualicé los huesos rotos bajo su piel uniéndose, tejiéndose de nuevo. Visualicé la sangre estancada dispersándose.

Gabriel soltó un gemido bajo, gutural. No de dolor. De alivio.

Su cabeza cayó hacia atrás, apoyándose contra la roca. Su garganta quedó expuesta, vulnerable.

Continué el hechizo, sintiendo cómo su dolor se convertía en mi cansancio. Curar a un humano era difícil; su fisiología era densa, resistente a la magia. Me costaba el doble de esfuerzo. Empecé a sentirme mareada, pero no paré hasta que el color púrpura del moretón se desvaneció a un amarillo enfermizo pero inofensivo.

Retiré mis manos, respirando agitadamente. Me sentía vacía, como si hubiera corrido diez kilómetros.

Gabriel abrió los ojos. Ya no había dolor en ellos, solo una profunda confusión. Se tocó el costado, presionando donde antes no podía ni rozar.

—Ya no duele —dijo, incrédulo. Me miró, y su expresión se suavizó de una manera que hizo que mi corazón diera un vuelco estúpido—. Gracias, Alia.

—No te acostumbres —dije, intentando ponerme de pie.

Fue un error. El mundo me dio vueltas. Mis rodillas fallaron.

No toqué el suelo. Los brazos de Gabriel me atraparon antes de caer. Fuertes, cálidos y desnudos. Me sostuvo contra su pecho descubierto, su piel quemando contra la mía a través de la fina tela de mi vestido.

—Te tengo —susurró contra mi pelo.




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