Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 8: El Peso de la Corona

El cielo se rompió dos horas después del amanecer.

No fue una lluvia normal. Fue un diluvio violento y gris que convirtió el suelo del bosque en un pantano helado en cuestión de minutos. Alia lo llamó "Lluvia de los Lamentos", una tormenta mágica que podía durar días y que calaba hasta los huesos, drenando el calor y la voluntad.

Tuvimos que buscar refugio a la fuerza. Encontramos una oquedad en la base de una montaña de granito, un espacio apenas lo suficientemente grande para los dos, protegido por un saliente de roca que formaba una cortina de agua frente a nosotros.

Llevábamos horas ahí sentados, hombro con hombro, mirando la lluvia caer.

El frío era mordiente. Habíamos hecho un pequeño fuego con madera seca que Alia había protegido mágicamente de la humedad, pero las llamas eran débiles.

Miré a la princesa. Estaba abrazando sus rodillas, temblando ligeramente a pesar de estar envuelta en su capa y en la mía (que le había cedido a regañadientes). Sus orejas puntiagudas estaban bajas, y su mirada estaba perdida en el fuego.

—Deja de temblar —gruñí, atizando el fuego—. Me pones nervioso.

—No lo hago por gusto —replicó ella, castañeteando los dientes—. Mi magia está ligada a la vida. Este frío... se siente como muerte.

Suspiré, resignado, y me moví para sentarme más cerca de ella, hasta que nuestros costados se tocaron. Pasé un brazo por encima de sus hombros y la atraje hacia mí. Ella se puso rígida un segundo, pero luego se relajó, derritiéndose contra mi calor corporal como un gato buscando una estufa.

—Ustedes son hornos con patas —murmuró ella contra mi pecho—. Es la única cualidad redentora de tu especie.

—Y ustedes témpanos de hielo con aires de grandeza. —Apoyé la barbilla sobre su cabeza, inhalando el olor a lluvia en su cabello—. Estamos a mano.

Nos quedamos en silencio un rato más. El sonido de la lluvia era hipnótico, aislándonos del resto del mundo. En este agujero de roca, no había reinos, ni guerras, ni orcos. Solo un hombre y una mujer tratando de no congelarse.

—Esa cicatriz... —dijo Alia de repente, su voz suave—. La de tu pecho. Dijiste que fue tu hermano.

Me tensé. No me gustaba hablar de eso. Era una debilidad. Pero Alia ya había visto mi piel rota; ocultar la historia parecía inútil ahora.

—Kaelen —dije, mirando las llamas—. Era mi cumpleaños número doce. Mi padre me regaló mi primera espada de acero real. Kaelen me retó a un duelo de "primera sangre" para probar si era digno de portarla.

—¿Y te cortó?

—Me destrozó. —Solté una risa amarga—. Yo era rápido, pero él era brutal. Me desarmó en dos movimientos y luego me rajó el pecho mientras estaba en el suelo. Dijo que era para que nunca olvidara que la piedad es la muerte.

Sentí la mano de Alia moverse bajo la capa, buscando mi mano. Sus dedos fríos se entrelazaron con los míos, ásperos y calientes.

—Tu padre... ¿no hizo nada?

—Mi padre observaba desde el balcón —cerré los ojos, recordando la mirada fría del Rey—. Cuando Kaelen terminó, mi padre solo dijo: "Bien. Ahora el chico sabe lo que cuesta el hierro".

Alia apretó mi mano. Un gesto pequeño, pero que se sintió más curativo que cualquier magia.

—En mi corte no usamos acero —dijo ella en voz baja—. Usamos palabras. Y expectativas.

La miré. Su perfil era perfecto a la luz del fuego, pero había una tristeza profunda en la curva de su boca.

—¿La Princesa Perfecta tiene cicatrices?

—No en la piel. —Se llevó la mano libre al pecho, sobre su corazón—. Desde que nací, mi vida ha sido un guion escrito por el Consejo. "Alia, no corras, es indigno. Alia, no llores, es debilidad. Alia, cásate con este elfo de alta cuna que te dobla la edad porque ya esta decidido"...

Me giré un poco para mirarla mejor.

—¿Te han obligado a casarte?

—Tres veces. —Hizo una mueca de asco—. Tres compromisos políticos. Los tres murieron en la guerra o por enfermedad antes de la boda. Me llaman la "Princesa Viuda" a mis espaldas. Dicen que estoy maldita.

—No estás maldita —dije con firmeza, sorprendiéndome a mí mismo—. Solo tienes mala suerte con los hombres aburridos.

Alia soltó una risita, un sonido claro y genuino que iluminó la cueva lúgubre. Alzó la vista y nuestros ojos se encontraron. Estábamos tan cerca que podía ver el dorado alrededor de sus pupilas grises.

—Tú no eres aburrido, Gabriel. —Su voz bajó a un susurro—. Eres bruto, ruidoso y hueles a perro mojado... pero no eres aburrido.

—Lo tomare como un cumplido... creo.

La tensión cambió. El aire se volvió espeso, cargado. Mi mirada bajó instintivamente a sus labios. Estaban pálidos por el frío, ligeramente entreabiertos. Una invitación peligrosa.

Mi pulgar acarició el dorso de su mano sin que yo le diera la orden. Alia dejó de respirar. Se inclinó imperceptiblemente hacia mí.

Podía besarla. Justo ahora. Podía inclinarme esos cinco centímetros que faltaban y probar si la princesa elfa sabía tan fría como parecía. Y por la forma en que me miraba, con esa mezcla de miedo y anhelo, sospechaba que no me rechazaría.

Pero entonces, un trueno hizo temblar la montaña.

Alia dio un respingo, rompiendo el hechizo. Se apartó ligeramente, aunque no soltó mi mano.

—Deberíamos... deberíamos intentar dormir —tartamudeó, desviando la mirada hacia el fuego—. La lluvia parará al amanecer.

Me aclaré la garganta, sintiendo la pérdida del momento como un golpe físico.

—Sí. Dormir.

Nos acomodamos de nuevo, ella recostada contra mi pecho, yo con la espalda contra la roca fría. Cerré los ojos, pero el sueño tardó en llegar.

Mi mano seguía entrelazada con la suya bajo la capa. Y mientras escuchaba la tormenta rugir fuera, me di cuenta de algo aterrador: ya no me importaba solo llevarla a salvo a la capital por el tratado.

Quería llevarla a salvo porque la idea de que algo apagara esa risa suya me daba más miedo que la espada de mi hermano.




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