La lluvia cesó al amanecer, dejando el bosque sumido en un silencio goteante y neblinoso.
Gabriel y yo avanzábamos con dificultad. El barro nos llegaba a los tobillos y el frío de la noche anterior se había asentado en nuestros huesos. Sin embargo, no nos habíamos soltado la mano en las últimas dos horas. Era un contacto práctico —para ayudarnos a subir las pendientes resbaladizas—, pero mi piel hormigueaba donde la suya me tocaba.
—Estamos cerca —susurré, deteniéndome junto a un roble inmenso marcado con runas de advertencia—. Esta es la línea perimetral de la Guardia del Norte.
Gabriel soltó mi mano y llevó la suya al pomo de su espada. Su postura cambió al instante: el hombre cansado desapareció, reemplazado por el soldado alerta.
—¿Esperas una bienvenida con flores o con flechas? —preguntó, escaneando las copas de los árboles con esa paranoia militar que, lamentablemente, le había salvado la vida hasta ahora.
—Espero que me reconozcan antes de disparar —admití, alisándome la túnica sucia y tratando de parecer una princesa y no una fugitiva—. Pero mantén la mano lejos del acero, Gabriel. Si ven un arma desenvainada, la tomarán como una declaración de guerra.
—Si me disparan, Alteza, mi espada será lo último que vean.
Rodé los ojos. Hombres.
Dimos tres pasos más hacia el claro.
El aire siseó.
No fue un sonido fuerte. Fue el susurro mortal de tres plumas cortando el viento al mismo tiempo.
—¡Abajo! —Grité, empujando a Gabriel.
Una flecha de fresno con punta de obsidiana se clavó vibrando en el tronco, justo donde había estado la cabeza del príncipe humano hace un segundo. Las otras dos se hundieron en el barro a sus pies.
Gabriel rodó por el suelo y se puso en pie con la espada ya fuera de la vaina, un gruñido bestial escapando de su garganta.
—¡Alto! —Grité, levantando ambas manos y dejando que mi maná estallara en una onda de luz blanca visible—. ¡Soy la Princesa Alia de la dinastia Bashar! ¡Detengan el fuego!
El bosque contuvo el aliento.
Durante diez segundos eternos, nada se movió. Gabriel estaba espalda contra espalda conmigo, su cuerpo tenso como un arco, girando para cubrir todos los ángulos.
—Seis hostiles —murmuró él, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Dos en las copas, tres en la maleza a las diez, uno detrás de la roca grande.
—No los mates —siseé de vuelta—. Son mi gente.
—Entonces diles que dejen de usarme de diana.
De las sombras verdes, una figura emergió. Era alto, esbelto, vestido con la armadura de cuero verde y plata de los Exploradores Fronterizos. Llevaba un arco largo tensado, apuntando directamente al corazón de Gabriel.
—Alteza —dijo el elfo, bajando el arco solo unos centímetros, pero sin destensar la cuerda. Sus ojos eran fríos, desconfiados—. Nos informaron que el castillo había caído. Que estabas muerta o capturada.
—Los rumores de mi muerte son exagerados, Teniente —dije, usando mi voz de corte, fría y autoritaria—. Bajen las armas. Ahora.
El Teniente hizo una señal con la mano. De los árboles, otros cinco elfos aparecieron, todos con flechas apuntando a Gabriel. Nadie enfundó nada.
—Órdenes del Comandante Sylas, mi señora —dijo el Teniente, su mirada fija en Gabriel con un odio palpable—. Ningún humano armado cruza el perímetro. Especialmente no el "Príncipe de Acero".
Gabriel dio un paso adelante, la punta de su espada negra bajando ligeramente pero lista para atacar.
—Si tanto desean mi espada, vengan a por ella.
La tensión se disparó. Veía los dedos de los arqueros tensarse en las cuerdas. Un movimiento en falso, un estornudo, y Gabriel sería un alfiletero antes de que pudiera parpadear.
Tenía que tomar una decisión. Y tenía que ser rápida. Y cruel.
Si lo presentaba como mi aliado, lo verían como un hechizo de control mental o una traición. Si lo presentaba como mi salvador, se reirían. Solo había una cosa que un soldado elfo respetaba más que a su princesa: la jerarquía de la victoria.
Me giré hacia Gabriel.
—Gabriel —dije, mi voz dura—. Envaina.
Él me miró, traicionado.
—¿Qué?
—Envaina. Es una orden.
—Me matarán, Alia.
—Confía en mí —le supliqué con la mirada, rogando que entendiera el juego—. Por favor.
Gabriel apretó la mandíbula hasta que creí que se le romperían los dientes. Nos sostuvimos la mirada un segundo eterno. Vi la duda, el miedo y, finalmente, una rendición furiosa en sus ojos grises.
Con un movimiento brusco, envainó la espada con un clac sonoro y levantó las manos vacías, mostrando las palmas.
—Tuya es la jugada, Princesa —masculló.
Me giré hacia el Teniente, irguiéndome con toda la arrogancia que mi sangre real me permitía.
—El humano no es una amenaza, Teniente. Es mi prisionero.
Gabriel se tensó a mi espalda. Sentí su indignación como una ola de calor, pero se quedó callado.
El Teniente arqueó una ceja, mirando de mí a Gabriel.
—¿Prisionero? Lleva armadura y espada, mi señora. Y parece bastante... saludable para ser un cautivo.
—Lo capturé en el caos del ataque —mentí con fluidez—. Es valioso. Es el heredero del trono enemigo. Si lo matáis aquí, perdemos nuestra mejor moneda de cambio para la guerra. ¿Queréis explicarle al Consejo por qué desperdiciasteis la oportunidad de poner de rodillas al Rey Humano?
El Teniente dudó. La lógica política era sólida. Matar a Gabriel era satisfactorio; capturarlo era estratégico.
Hizo una señal brusca. Los arqueros bajaron los arcos. Dos soldados avanzaron con cuerdas de vinculación mágica.
—Asegurenlo —ordenó el Teniente—. Si se mueve, cortenle los tendones.
Los soldados se acercaron a Gabriel. Él me miró una última vez, con una mezcla de furia y decepción que me dolió más que cualquier flecha. Dejó que le ataran las manos a la espalda con las cuerdas brillantes que quemaban la piel al contacto con la magia.