Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 10: La Jaula de Plata

Me habían quitado la espada. Me habían quitado la armadura. Me habían atado las manos a la espalda con una cuerda mágica que quemaba como ortigas cada vez que tensaba los músculos.

Pero no pudieron quitarme la dignidad.

Caminaba con la cabeza alta, ignorando los escupitajos y las piedras que la multitud de soldados elfos me lanzaba al pasar. El Campamento Base de la Frontera no era una colección de tiendas de campaña sucias como los nuestros. Era una ciudad móvil de tela de seda, pabellones plateados y estandartes verdes que ondeaban con una elegancia irritante.

—¡Asesino de árboles! —gritó alguien, y una piedra me golpeó en el hombro.

No me inmuté. Mis ojos estaban fijos en la espalda de Alia, que caminaba diez pasos por delante de mí, escoltada por la guardia de élite.

Ella no se giró. Ni una sola vez. Caminaba con esa frialdad real, esa máscara de porcelana que había usado en el castillo antes de que la explosión nos uniera. La Princesa de Hielo ha vuelto, pensé con amargura. Y el Príncipe de Acero es ahora su mascota.

Llegamos al centro del campamento. Una tienda inmensa, más grande que mi salón del trono, se alzaba como un palacio de tela blanca y verde.

Los guardias me empujaron hacia adentro, obligándome a caer de rodillas sobre las alfombras tejidas.

—Quedate ahí, escoria —siseó el Teniente.

Alcé la vista.

El interior olía a incienso y a vino especiado. Y en el fondo, sentado en un trono de madera tallada como si fuera un rey y no un general, estaba él.

Sylas.

No necesitaba que nadie me dijera su nombre. Lo supe por la forma en que el aire pareció volverse más frío cuando él se puso de pie.

Era alto, incluso para un elfo. Su cabello era largo, de un plata líquido que caía sobre una armadura ceremonial de mitril pulido. Su rostro era de una belleza dolorosa, angular y perfecto, pero sus ojos... sus ojos eran dos pozos de ámbar antiguo que miraban el mundo con un aburrimiento cruel.

—Alia... —Su voz fue suave, melódica, como un instrumento de cuerda bien afinado.

Sylas bajó los escalones del estrado, ignorándome por completo como si fuera un mueble, y fue directo hacia ella.

—Creímos que habías muerto en la explosión. —Se detuvo frente a ella, invadiendo su espacio personal con una familiaridad que me hizo hervir la sangre—. Mis exploradores dijeron que no había sobrevivientes. Estaba a punto de marchar hacia el sur para quemar cada aldea humana en tu nombre.

—Estoy viva, Sylas —dijo Alia. Su voz era firme, pero noté algo. Un temblor imperceptible en sus manos, que mantenía rígidamente pegadas a los costados—. Y he traído un regalo.

Sylas sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un lobo que ve a un conejo acorralado.

Levantó una mano y, con una lentitud deliberada, acarició la mejilla de Alia.

Vi cómo ella dejaba de respirar. Sus ojos se fijaron en un punto lejano, desconectándose. No se apartó, pero cada fibra de su cuerpo gritaba rechazo.

—Siempre tan eficiente, mi princesa —murmuró él, deslizando su dedo pulgar sobre el labio inferior de ella.

El sonido de mis ataduras crujiendo rompió el momento. Había apretado los puños con tanta fuerza que la magia de las cuerdas estaba empezando a quemarme la piel hasta el hueso.

Sylas detuvo su caricia y, por fin, giró sus ojos de ámbar hacia mí.

—¿Y qué tenemos aquí? —preguntó, como si acabara de notar que había un perro callejero en su alfombra.

—Gabriel Valerius —dije, sosteniendo su mirada con todo el odio que había acumulado en las últimas horas—. Príncipe Heredero de la Nación de Acero. Y si vuelves a tocarla, te arrancaré esa mano y te golpearé con ella hasta que dejes de ser tan bonito.

El silencio en la tienda fue absoluto. Los guardias desenvainaron a medias. Alia cerró los ojos, pálida.

Sylas, sin embargo, solo soltó una risa suave.

Caminó hacia mí con una elegancia depredadora. Se detuvo a un paso, mirándome desde arriba.

—Valiente —dijo, ladeando la cabeza—. Estúpido, pero valiente. Típico de tu raza de vida corta.

De repente, su bota blindada se estrelló contra mi pecho, justo sobre mis costillas rotas.

El aire salió de mis pulmones en un grito ahogado. Caí de costado, tosiendo, el dolor explotando en mi flanco como una nova.

—¡Sylas, basta! —gritó Alia, dando un paso adelante.

El elfo levantó una mano sin mirarla, deteniéndola.

—Es un prisionero de guerra, querida. Y un invitado grosero. Necesita aprender modales. —Se agachó junto a mi cara, agarrándome del pelo y obligándome a mirarlo—. Escúchame bien, humano. Aquí no eres un príncipe. Aquí eres carne. Eres un saco de sangre y huesos que vive porque yo lo permito. Y si vuelves a hablarle a tu superior en ese tono, te cortaré la lengua y se la daré a mis perros.

Me soltó la cabeza con un empujón, limpiándose la mano en su capa inmaculada como si me hubiera tocado la peste.

—Llevenlo a las jaulas —ordenó a los guardias, dándome la espalda—. No a la celda de honor. A las jaulas de las bestias. Es a donde pertenece.

Dos guardias me levantaron a la fuerza, arrastrándome hacia la salida.

Luché por girar la cabeza una última vez.

Alia estaba parada allí, inmóvil. Sylas había vuelto a su lado y le había puesto una mano en la cintura, posesivo, marcando territorio. Ella no me miró. Tenía la vista clavada en el suelo, derrotada.

—¡Esto no ha terminado, Sylas! —grité mientras me sacaban a rastras, escupiendo sangre en la alfombra—. ¡No ha terminado!

El último vistazo que tuve antes de que la solapa de la tienda se cerrara fue la sonrisa de triunfo del Comandante.

Me arrojaron a una jaula de hierro en el exterior, bajo la lluvia que empezaba a caer de nuevo. El suelo era barro y excremento. Al lado, en otra jaula, un huargo encadenado me gruñó.

Me apoyé contra los barrotes fríos, ignorando el dolor de mis costillas.




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