El vino en mi copa sabía a ceniza.
Estaba sentada en la mesa del pabellón de Sylas, rodeada de sus oficiales. Brindaban, reían y celebraban la inminente caída de la Nación de Acero. Sylas estaba a mi derecha, radiante, jugando con el borde de mi capa como si fuera un adorno que le pertenecía.
Mantuve mi rostro inexpresivo. Una perfecta Princesa de Hielo.
—Mañana despacharemos a un mensajero a la capital —dijo Sylas, levantando su copa—. Tu estará complacido. Tenemos a su heredera a salvo y al perro humano en una jaula. El Consejo no tendrá más remedio que nombrarme General Supremo.
Asentí suavemente, obligándome a no apartarme cuando su mano rozó mi hombro. Mi estómago se revolvió, pero mi mente estaba trabajando a mil por hora.
—Es un plan brillante, Comandante —mentí con voz sedosa—. Si me disculpan, el viaje ha sido agotador. Me retiro a descansar.
Sylas sonrió, triunfante. —Por supuesto, Alteza. Que la luna guarde sus sueños. Cuatro guardias vigilarán tu tienda para asegurar que nada te perturbe.
Salí del pabellón. El aire helado de la noche fue un alivio contra mi piel ardiente de rabia.
Entré en mi tienda y esperé. Escuché las rondas de los cuatro guardias afuera. Eran ruidosos, confiados. No esperaban que una princesa cruzara el lodo a medianoche.
Fui hacia la parte trasera de la lona, usé mi daga para cortar limpiamente los hilos de la costura inferior y me deslicé por el hueco, fundiéndome con las sombras del campamento.
Evadir las patrullas fue fácil. La lluvia ahogaba el sonido de mis pasos. Me dirigí directamente hacia la zona de contención, guiándome por el olor a hierro mojado y tierra húmeda.
Allí estaba. Una jaula cuadrada, expuesta a los elementos.
Gabriel estaba sentado en el fondo, con las rodillas encogidas contra el pecho. No llevaba su armadura. Su túnica negra estaba empapada, pegada a su cuerpo, y temblaba de forma casi imperceptible. Cuando escuchó mis pasos en el barro, levantó la cabeza de golpe.
Sus ojos grises se abrieron con sorpresa y luego se endurecieron. Se arrastró hasta los barrotes.
—Alia —susurró, su voz ronca por el frío—. ¿Qué haces aquí? Si te ve...
—Baja la voz —le interrumpí, arrodillándome frente a la jaula para quedar a su altura.
El instinto me gritaba que rompiera el candado. Verlo ahí, encogido, a un hombre que había usado su propio cuerpo para protegerme de las rocas, me partía el alma. Pero la mente de estratega tenía que dominar.
Él se agarró a los barrotes, apretando el hierro helado hasta que sus nudillos palidecieron.
—Alia, juro por los dioses que voy a matarlo. —Su voz no era un grito, era una promesa oscura y gutural—. La forma en que te miró en la tienda. La forma en que te tocó... Mañana, cuando me saquen de aquí, le voy a arrancar la garganta con los dientes si es necesario.
—No. No harás eso —dije, tajante.
Gabriel parpadeó, frustrado. —Te tiene aterrorizada. Lo vi en tus ojos. No voy a dejar que ese bastardo...
—Gabriel, escúchame. —Pasé mis manos por entre los barrotes y agarré las suyas. Estaban congeladas. Dejé que un pequeño flujo de maná cálido pasara de mi piel a la suya, solo lo suficiente para detener sus temblores—. Escúchame bien. Si lo atacas mañana, sus arqueros te convertirán en un erizo antes de que des tres pasos. Y luego, yo me quedaré sola con él.
Esa última frase lo detuvo en seco. La ira asesina en sus ojos dejó paso a la comprensión del peligro real.
—Estamos rodeados por medio batallón de sus leales —continué, bajando la voz hasta que solo era un susurro entre nosotros—. No podemos pelear a lo bruto. Necesito que confíes en mí.
—Confío en ti con mi vida, Alia. Ya lo sabes.
—Entonces confía en mi mente. —Apreté sus manos—. Tengo un plan. Pero para que funcione, necesito que mañana seas exactamente lo que Sylas cree que eres: un humano derrotado. Necesito que agaches la cabeza. Que no respondas a sus provocaciones. Necesito que seas dócil.
Gabriel tensó la mandíbula. El orgullo militar luchaba contra su sentido común. Pedirle a un príncipe guerrero que se rindiera ante su abusador era pedirle que se arrancara la piel.
—¿Y tu plan incluye dejarme aquí esta noche? —preguntó, mirando el candado intacto.
—Sí —admití, sintiendo un nudo en la garganta—. Si huyes ahora, harán sonar los cuernos. Nos cazarán con huargos y nos matarán por la espalda. Para escapar, necesitamos crear el caos perfecto, y necesitamos tu espada. Lo haré mañana durante la marcha hacia la capital.
Me miró fijamente. Estaba empapado, humillado y encerrado. Pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, no vi a un prisionero. Vi a un general evaluando la estrategia de su reina.
Poco a poco, sus manos se relajaron bajo las mías.
—Un humano derrotado —repitió, asimilando sus órdenes—. No le gustará lo que pase cuando decidas que ya no tengo que fingir.
—Esa es la idea —esbocé una pequeña sonrisa triste, acariciando con mi pulgar una de las cicatrices antiguas de su mano—. Sylas tiene cuentas pendientes conmigo, Gabriel. Cuentas muy antiguas. Seré yo quien dicte cuándo y cómo muere. Solo... resiste esta noche. Por mí.
Gabriel cerró los ojos un segundo, asintiendo lentamente. Cuando los volvió a abrir, la furia salvaje había sido domesticada por una lealtad férrea.
—Esta bien, princesa, aguantaré este infierno. Pero más te vale que ese plan tuyo sea bueno.
—Lo es.
Solté sus manos con renuencia, sintiendo de inmediato la pérdida de su calor. Me puse de pie y me cubrí la cabeza con la capucha de la capa.
—Duerme si puedes, Príncipe de Acero. Mañana será un día largo.
Me di la vuelta y caminé de regreso a las sombras. No miré atrás, porque sabía que si veía su rostro tras las rejas una vez más, rompería el candado y mandaría mi propia estrategia al diablo.