Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 12: Sombras y Acero

La lluvia no daba tregua, y mi paciencia tampoco.

Había pasado una hora desde que Alia se marchó hacia la oscuridad, dejándome con el eco de su promesa. «Resiste esta noche».

Apreté los dientes, temblando en el rincón de la jaula. Quería confiar en ella. De verdad que sí. Pero cincuenta años de entrenamiento militar gritaban en mi cabeza que la esperanza no es una estrategia. Si a Alia la descubrían, si Sylas decidía "visitarla" a mitad de la noche, mi confianza no le serviría de escudo. Una princesa armada con palabras no podía detener a un monstruo armado con magia.

Necesitaba salir de aquí. Y necesitaba mi espada.

Me puse de pie lentamente, obligando a mis articulaciones congeladas a moverse. Un centinela elfo estaba a unos metros, cubriéndose de la lluvia bajo un toldo improvisado, dándome la espalda.

—Oye —grazné, haciendo que mi voz sonara más débil y patética de lo que ya era—. Oye... agua. Por favor.

El guardia se giró, con una mueca de asco. —Bebe del barro, humano.

—Me estoy muriendo... —Me dejé caer contra los barrotes con un ruido sordo, dejando un brazo colgando inerte hacia afuera.

El elfo bufó, molesto. Se acercó a la jaula con pasos pesados y desenvainó una daga corta, probablemente con la intención de pincharme el brazo para ver si fingía.

Fue su mayor error.

En cuanto estuvo a medio metro, mi debilidad desapareció. Mi mano salió disparada como un resorte, agarrando la pechera de su armadura de cuero. Tiré de él hacia los barrotes con toda la fuerza bruta que me quedaba.

Su frente chocó contra el hierro forjado con un crujido sordo.

El guardia se desplomó como un saco de patatas. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Pasé el brazo por los barrotes, alcancé su cinturón y arranqué el manojo de llaves de hierro.

Miré al elfo inconsciente en el barro. Mi primer instinto fue romperle el cuello. Era rápido, seguro y garantizaba que no daría la alarma. Pero entonces recordé la mirada de Alia. «Son mi gente».

—Tienes suerte de que a ella sea la heredera a tu trono —murmuré.

Probé tres llaves hasta que el pesado candado cedió con un clic. Empujé la puerta oxidada y salí a la noche. La libertad tenía sabor a lluvia tóxica, pero era mejor que la jaula.

Me moví rápido y pegado al suelo, usando las sombras de las tiendas como cobertura. Dejé fuera de combate a dos patrullas más en mi camino hacia el centro del campamento. A uno lo asfixié por la espalda hasta que se desmayó; al otro le di un golpe certero en la base del cráneo con el pomo de mi propia daga (que le había robado al primer guardia).

Cero muertos. Promesa cumplida.

Llegué a la tienda de suministros y armería. Me deslicé dentro. El olor a cuero aceitado y metal afilado me devolvió la vida.

Allí estaba. Mi armadura negra, apilada en una esquina como un trofeo inútil. Y junto a ella, mi espada.

Acaricié la empuñadura de obsidiana. Al sentir su peso familiar en mi mano, supe que las reglas del juego acababan de cambiar. Miré la armadura de placas. Ponérmela me llevaría cinco minutos, y el metal rozando haría un ruido metálico que alertaría a todo el campamento.

La protección es para los que planean ser golpeados, pensé.

Dejé la armadura donde estaba. Vestido solo con mis pantalones, botas y la túnica negra empapada, me até la vaina a la cintura y salí de nuevo a la tormenta. Era un fantasma letal en medio del territorio enemigo.

Mi objetivo era la tienda de Alia. Iba a sacarla de ahí, quisiera o no.

Pero cuando llegué a la periferia de su toldo, me detuve en seco. Los cuatro guardias que la custodiaban estaban en el suelo, roncando plácidamente, víctimas de lo que supuse era magia de sueño.

Y de la tienda, salió una figura envuelta en una capa verde. Era Alia.

Fruncí el ceño. ¿A dónde diablos vas?

La seguí de lejos, manteniendo mis pasos ligeros. Para mi horror, no se dirigía a los establos ni a la salida del campamento. Caminaba directa hacia la estructura más grande e iluminada del lugar: el pabellón de mando de Sylas.

Los centinelas en la entrada se cuadraron al verla, pero la dejaron pasar sin hacer preguntas.

Me pegué a la parte trasera del pabellón, oculto en la oscuridad, presionando mi oído contra la gruesa lona de seda mojada.

—Comandante —escuché la voz de Alia desde el interior, fría, calculada, diplomática—. Lamento la intrusión a estas horas. Pero hay un asunto urgente que debemos negociar antes del amanecer.

—Princesa —la voz de Sylas era un ronroneo peligroso—. Tu presencia nunca es una intrusión. Pero, ¿negociar? Creí que habíamos dejado claras las reglas de este campamento.

Apreté la empuñadura de mi espada bajo la lluvia.

—Las reglas son mi especialidad —respondió Alia—. He venido a reclamar el estatus del prisionero. Gabriel Valerius no es un botín de guerra. Fue atacado por fuerzas no identificadas mientras estaba bajo mi protección diplomática. Exijo que sea tratado como un emisario herido, no como un animal.

Escuché a Sylas soltar una risa baja, arrastrada. El sonido me revolvió el estómago.

—Interesante... —murmuró el Comandante, y el sonido de sus pasos indicó que se estaba acercando a ella—. Muy interesante. Te escabulles en la noche, arriesgando tu reputación, ¿solo para pedir mejores condiciones para un humano apestoso?

—Es política, Sylas. Su muerte en nuestras manos nos costaría el valle entero.

—¿Política? —El tono de Sylas cambió, volviéndose más agudo, más venenoso—. No me mientas, Alia. Puedo oler el miedo en ti. Y no es miedo por tu reino. Es miedo por él.

Me tensé como la cuerda de un arco. Saqué unos milímetros de acero de la vaina, listo para rasgar la lona y entrar masacrando.

La diplomacia había terminado. Y la sangre estaba a punto de derramarse.




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