Pacto de Sangre y Amor

Capítulo 13: Cenizas del Pasado

El interior de la tienda de Sylas estaba asfixiantemente caliente, impregnado del olor dulzón del vino y la ambición.

Me mantuve firme en el centro de la alfombra, manteniendo la máscara de diplomacia que me había puesto antes de entrar. Pero Sylas no estaba jugando a la política esta noche.

—No me mientas, Alia —repitió, su voz bajando una octava, perdiendo el tono burlón—. Puedo oler el miedo en ti. Y no es miedo por tu reino. Es miedo por él.

Dio un paso hacia mí. Su altura era intimidante, pero me obligué a no retroceder.

—Mi única preocupación es el tratado —respondí fríamente—. Tu sed de sangre nos va a costar la guerra.

Sylas soltó una carcajada amarga y acortó la distancia entre nosotros. Antes de que pudiera reaccionar, su mano se disparó y me agarró por la cintura, tirando de mí hacia su pecho blindado. Su agarre fue brutal, sus dedos clavándose exactamente en el lugar de mi espalda baja donde descansaba la vieja cicatriz.

Un latigazo de dolor fantasma y terror me recorrió la espina dorsal.

—¿El tratado? —siseó, su rostro a centímetros del mío, sus ojos ámbar brillando con una posesividad enfermiza—. He visto cómo lo miras. He visto cómo ese perro humano te mira a ti. ¿Crees que soy ciego? ¿Sientes apego por una bestia de vida corta, Alia?

Intenté empujarlo, pero su agarre se endureció. Su magia, ácida y caliente, empezó a filtrarse a través de mi ropa, amenazando con quemarme de nuevo.

—Suéltame, Sylas —ordené. Mi voz tembló, traicionándome por un segundo.

Él sonrió, un gesto cruel que le deformó la belleza del rostro.

—No. Tu padre me nombró tu pretendiente real hace medio siglo. Eres mi prometida ante el Consejo. Eres mía, Alia. Te pertenezco por derecho. Por algo te marqué como mi propiedad en los Jardines de Invierno. Para que cada vez que te miraras al espejo, recordaras a quién le debes sumisión.

Las palabras flotaron en el aire, pesadas y venenosas.

Hace cincuenta años, esas palabras me habrían hecho llorar y correr hacia mi padre buscando una protección que nunca llegó. Hace tres días, me habrían paralizado de terror.

Pero hoy no.

Hoy había dormido bajo la lluvia. Había matado a un huargo. Había curado a un enemigo que me ofreció su vida a cambio de nada. La niña asustada de los Jardines de Invierno había muerto en el barranco.

Dejé de forcejear. Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos. Todo el miedo que había sentido se condensó en un núcleo de furia pura y gélida.

—Si no entiendes por las buenas, Sylas... —susurré, mi voz resonando con un eco mágico que hizo vibrar las copas de cristal en la mesa—. Entonces lo harás por las malas.

El fuego de las antorchas se apagó de golpe.

La temperatura en la tienda cayó en picada. La humedad del aire se cristalizó al instante. Sylas abrió los ojos, sorprendido, e intentó invocar su magia corrosiva para quemarme, pero fui más rápida.

Canalicé todo mi maná hacia mis manos. No creé escarcha; creé estalactitas de hielo sólido. Agarré sus muñecas con una fuerza que no sabía que tenía, y el hielo se extendió por sus brazos, congelando su magia ácida antes de que pudiera tocarme, aprisionando sus manos en bloques bajo cero.

—¡Perra traidora! —rugió, retrocediendo a trompicones, intentando romper el hielo golpeándolo contra la mesa.

Desenvainé la daga de cristal que llevaba oculta en la manga.

Sylas levantó una silla pesada de roble con sus manos congeladas y me la arrojó. La esquivé rodando por el suelo, levantándome justo cuando él desenvainaba su propia espada con un chasquido del hielo rompiéndose.

Cargó contra mí. Era rápido, letal. Su espada cortó el aire, buscando mi cuello.

Me deslicé por debajo del corte, sintiendo el filo rozar mi cabello. Me giré sobre mi eje y clavé mi daga profundamente en la parte posterior de su rodilla. Sylas gritó de dolor y cayó sobre una pierna, pero lanzó un revés desesperado que me rasgó el brazo izquierdo.

Ignoré el ardor de mi propia sangre.

Me paré frente a él. Sylas alzó la vista, su rostro distorsionado por la agonía y la incredulidad. Por primera vez en su larga y arrogante vida, el Lord Comandante tenía miedo.

—Ya no podras lastimarme —dije, mi voz vacía de cualquier piedad.

Con un movimiento fluido y brutal, hundí la daga de cristal directamente en su pecho, atravesando la placa de su armadura ceremonial hasta perforar su corazón.

Sylas soltó un estertor húmedo. Sus ojos ámbar se abrieron de par en par, perdiendo el brillo, hasta que su cuerpo se desplomó pesadamente sobre la alfombra.

Estaba muerto. Mi respiración era agitada, el vapor saliendo de mis labios en la habitación helada. Lo había hecho. Era libre.

¡CRASH!

La puerta de la tienda fue abierta de una patada. Cuatro guardias de élite de la Frontera irrumpieron con las espadas desenvainadas, alertados por los ruidos del combate.

Se detuvieron en seco, mirando el cadáver de su líder y luego mi daga ensangrentada.

—¡El Comandante! —gritó uno de ellos, con el rostro pálido por el shock—. ¡Ha asesinado al Comandante!

Me erguí, adoptando toda la majestuosidad de mi linaje. —Soy la Princesa Heredera del Reino de los Bosques —declaré con voz de mando—. Este hombre cometió alta traición y ha sido ejecutado por la corona. Bajen las armas, o compartirán su destino.

Los guardias intercambiaron una mirada. No había respeto en sus ojos. Había sed de venganza.

—Nosotros no servimos a la corona, niña —escupió el sargento, levantando su espada—. Servimos al Clan Hoja de Plata. ¡Mátenla!

Cargaron hacia mí al unísono. Estaba agotada por el hechizo de hielo; no me quedaba maná para detener a cuatro soldados veteranos. Levanté mi daga, dispuesta a llevarme a uno o dos conmigo antes de caer.

Pero no fue necesario.

La pared trasera de la tienda de lona se rasgó de arriba a abajo con un sonido ensordecedor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.