Salimos de la tienda de mando antes de que la sangre de Sylas terminara de manchar las alfombras.
El campamento seguía sumido en la ignorancia, ahogado por el ruido de la tormenta, pero eso no duraría. En el momento en que la patrulla de cambio entrara al pabellón, los cuernos de guerra sonarían y tendríamos a medio batallón de elfos sedientos de venganza pisándonos los talones.
Corrimos por el lodo hacia las caballerizas. Mi mano envolvía la de Alia. Ya no tiraba de ella; corríamos a la par.
—¡Allí! —señaló Alia hacia un semental negro, enorme y ya ensillado, probablemente la montura personal del bastardo de Sylas—. Solo necesitamos uno. Iremos más rápido.
No discutí. Corté las amarras con mi espada, salté a la silla de montar con la agilidad que me daba no llevar mi armadura pesada, y le tendí la mano. Alia subió de un salto, acomodándose frente a mí, de lado.
Pateé los flancos del caballo. La bestia relinchó y salió disparada hacia la noche.
Cabalgamos a un ritmo suicida. Las ramas nos azotaban, la lluvia nos cegaba, pero no bajé la velocidad hasta que el resplandor de las antorchas del campamento desapareció por completo detrás de nosotros, devorado por el Bosque Profundo.
Solo cuando el caballo empezó a echar espuma por la boca, casi una hora después, tiré de las riendas y nos refugiamos bajo las inmensas ramas de un cedro milenario que bloqueaba la lluvia como un paraguas de madera.
El silencio del bosque nos golpeó. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el resoplido del semental.
Bajé del caballo y ayudé a Alia a descender. Sus piernas temblaron al tocar el suelo, y la sostuve por la cintura antes de que cayera. Estaba empapada, temblando por el uso extremo de maná y cubierta con la sangre de su abusador.
Nunca en mi vida había visto a una mujer tan aterradora. Ni tan hermosa.
—Déjame ver tu brazo —gruñí, recordando el corte que Sylas le había hecho.
—No es profundo —murmuró ella, apoyándose contra el tronco del cedro y cerrando los ojos—. Solo arde.
Ignoré su protesta. Rasgué la manga de su vestido de seda, ahora arruinado, y examiné la herida en la penumbra. Era un corte limpio. Me quité el cinturón, arranqué un pedazo de mi propia túnica seca (la parte que había estado protegida bajo el cuero de la silla) y le vendé el brazo con movimientos rápidos y precisos de soldado.
Mientras lo hacía, mis nudillos rozaron su piel fría.
Alia abrió los ojos. Me estaba mirando fijamente. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras, y la barrera de hielo que siempre llevaba puesta se había derretido por completo.
—Lo maté, Gabriel —susurró. Su voz no tenía remordimiento, solo una incredulidad asombrada—. Cincuenta años esperando que alguien me hiciera justicia, y tuve que ser yo misma.
—Eres la mujer más letal que he conocido, Princesa —dije, mi voz bajando a un tono ronco, casi un gruñido—. Y si tu Consejo no te corona reina después de esto, marcharé con mi propio ejército para quemarles el palacio.
Alia soltó una risa ahogada, un sonido roto que se convirtió en un suspiro. Levantó su mano sana y acarició mi mandíbula, trazando la línea de mi barba empapada por la lluvia.
El toque fue como una chispa en un polvorín.
Toda la adrenalina, el miedo de haberla perdido en esa tienda, la furia homicida y la admiración absoluta que sentía por ella colisionaron en mi pecho.
No pensé. No pedí permiso.
La agarré por la nuca, entrelazando mis dedos en su cabello mojado, y estrellé mis labios contra los suyos.
Alia soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero duró una fracción de segundo. Sus manos volaron a mis hombros, agarrándose a mi túnica con desesperación, y me devolvió el beso con la misma ferocidad hambrienta.
Sabía a lluvia, a vino especiado y a magia. Fue un choque brutal de dientes y aliento. La pegué contra el tronco del árbol, aprisionándola con mi cuerpo, buscando aplacar el frío de sus huesos con el fuego de mi sangre. Ella enredó una pierna alrededor de mi cadera, tirando de mí hacia ella, eliminando cualquier espacio entre nosotros.
Mi mano bajó por su espalda, trazando la curva de su columna. Sentí el relieve irregular de la cicatriz en su espalda baja a través de la seda fina. Gruñí contra su boca, no con asco, sino con una posesividad protectora que me quemó las entrañas. Esa marca ya no era de Sylas. Esa marca era la prueba de que ella había sobrevivido para estar aquí, en mis brazos.
El beso se volvió más profundo, más oscuro. Quería devorarla. Quería despojarla de ese vestido arruinado y hacerla olvidar cada trauma sobre el musgo húmedo de este maldito bosque.
Pero Alia rompió el beso.
Se apartó jadeando, apoyando ambas manos contra mi pecho desnudo para crear unos centímetros de distancia. Su pecho subía y bajaba violentamente, y sus labios estaban hinchados y enrojecidos.
—Gabriel... —susurró, cerrando los ojos con fuerza—. Si sigues tocándome así, te juro por los dioses que no te voy a detener.
Tragué saliva, mi cuerpo entero tensándose como si me hubieran golpeado. Apoyé mi frente contra la suya, intentando calmar mi propia respiración errática.
—Dime que me detenga, entonces —mascullé, la voz rasposa—. Porque si no lo haces, Princesa, vamos a escandalizar a los pájaros.
Alia soltó una risa temblorosa, pero cuando abrió los ojos, la realidad política había regresado a ellos. La líder había vuelto a tomar el control sobre la mujer.
—Tenemos que detenernos —dijo ella, y cada palabra sonó como si le costara un mundo pronunciarla—. Acabo de asesinar al Lord Comandante del Clan Hoja de Plata. Un clan que controla un cuarto de la armada de mi padre.
Asentí lentamente, obligando a mi cerebro de soldado a reemplazar a mis instintos básicos. La gravedad de la situación me golpeó como un balde de agua helada.
—Es un acto de guerra civil —confirmé, alejándome medio paso, aunque no solté su cintura.