Para quienes todavía escuchan el canto del agua
y saben que no están solos.
"El agua no olvida nada. Cada gota guarda la memoria del primer río."
— Antiguo proverbio de Latria
"No hay magia más poderosa que saber escuchar lo que el mundo vivo intenta decirte."
— Elaia, Guardiana Mayor de las Meloponchas
ANTES DE COMENZAR
En el pueblo de Latria hay un lago que recuerda todo lo que ha ocurrido en sus orillas. Hay criaturas en el bosque que nadie ha visto en años. Hay mujeres que cantan a las raíces y hombres que les tienen miedo. Y hay una niña de doce años que camina descalza por la orilla cada mañana porque las flores más raras crecen donde la tierra está mojada.
Esta es su historia. Si necesitás saber quién es quién o qué es qué, el apéndice del final te espera. Pero no es necesario. El lago te lo va a ir explicando.
ÍNDICE
Parte I: El Trino
Capítulo 1: La Recolectora de Flores — El despertar del lago
Capítulo 2: El Peso del Silencio — Lo que Kael no dice
Capítulo 3: La Novicia — Selia y el primer don
Capítulo 4: Raíces y Herrería — Dos mundos que no se tocan
Capítulo 5: El Vespertino de Cuatro Colas — Una criatura del bosque
Parte II: Las Sombras Crecen
Capítulo 6: El Consejo de los Hombres — La decisión de Jarik
Capítulo 7: Mapa de las Piedras Parlantes — Secretos bajo el musgo
Capítulo 8: Troca la Luna — La advertencia de Isandra
Capítulo 9: La Alianza Imposible — Kael y Selia
Capítulo 10: El Bosque Responde — Los Sombra-Ciervos
Parte III: La Guerra del Equilibrio
Capítulo 11: Espejismos y Fuego — La noche del enfrentamiento
Capítulo 12: El Don del Trino — Lo que despierta en Mira
Capítulo 13: El Guardián Sin Nombre — Lo que duerme bajo el lago
Capítulo 14: El Portal de Flores — El último umbral
Capítulo 15: El Canto Eterno — Latria renace
Epílogo: Semillas en el Viento
PARTE I
El Trino
"Antes de que haya palabras, hay sonido. Antes de que haya sonido, hay agua."
— Canto de apertura de las Meloponchas
— Capítulo Uno —
LA RECOLECTORA DE FLORES
En que el lago despierta y Mira pierde su canasta
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El amanecer llegó a Latria envuelto en un silencio raro, el tipo de silencio que se siente antes de que algo rompa el mundo en dos.
Mira Valsen lo notó primero en sus pies. Caminaba descalza por la orilla del lago —como hacía cada mañana desde que tenía cinco años, cuando su madre le enseñó que las flores más raras crecen donde la tierra está mojada— y el suelo bajo sus plantas no tenía la temperatura habitual. Estaba más caliente. Como si algo latiera debajo.
La bruma sobre el lago era más densa que de costumbre. El reflejo de Mira en la superficie no estaba quieto. El agua se movía en pequeños círculos concéntricos que venían de ninguna parte en particular, como si el lago respirara.
Se detuvo. Entornó los ojos.
Bajo la superficie, muy adentro donde la luz no llegaba bien, había algo que brillaba.
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Tenía doce años y tres cuartos, lo cual era importante, porque en Latria se decía que los trece eran el año en que una persona comenzaba a convertirse en lo que siempre había sido. Mira no sabía muy bien qué significaba eso, pero su abuela Nan lo repetia cada vez que la veía hacer algo que no debía saber hacer: encontrar agua subterránea pisando el suelo, predecir la lluvia mirando el vuelo de los pájaros, o sentir cuando alguien estaba triste desde el otro lado del pueblo.
“Todavía no son tus trece”, decía Nan con su sonrisa torcida. “Imáginate cuando lleguen.”
La canasta de mimbre colgaba del brazo de Mira, a medio llenar de flores de verbena azul y helechos que crecían en la orilla norte. Las flores de verbena servían para los tés que la herborista Duna vendía en el mercado. Los helechos, Mira los guardaba para sí misma. Le gustaba cómo se enroscaban antes de abrirse, como si cada uno guardara un secreto en su centro.
El sonido llegó antes de que pudiera decidir si acercarse o alejarse.
No era un trino exactamente, aunque eso fue lo que los mayores dijeran después cuando trataron de describirlo. Era más como si alguien hubiera tomado el sonido del agua al caer sobre piedras planas, lo hubiera mezclado con el primer rayo de sol de la mañana y le hubiera dado la forma de una nota musical. Resonó en el pecho de Mira como si hubiera vivido allí siempre, esperando que algo lo despertara.
La canasta cayó al suelo.
Las flores de verbena se esparcieron sobre la tierra mojada y Mira no las recogió. No podía moverse. El sonido —el trino, el canto, lo que fuera— llenaba el espacio entre sus costillas de una manera que no era exactamente dolor pero tampoco era comodidad. Era reconocimiento. Como cuando ves a alguien por primera vez y sabes, sin que te lo expliquen, que los conocías antes de conocerlos.