Palabras Dichas al Pasar

Episodio 1: El sueno en el templo

Habia, en la antigua China, una clase de historia que nadie admitia haber inventado.

Cuando alguien la contaba, siempre decia que se la habia escuchado a otro. Ese otro, a su vez, juraba que la habia recibido de un pariente viejo, de un funcionario retirado, de un monje sin nombre o de un viajero que desaparecio antes del amanecer. Asi las historias cruzaban mercados, casas de te, posadas y salas de estudio: mitad verdad, mitad advertencia, siempre incomodas.

El narrador de este libro tampoco pide que le crean.

Llamenlo, simplemente, alguien que escucho demasiado.

Aquella primavera, despues de muchos examenes fallidos y muchas esperanzas gastadas, llego a una ciudad amurallada cuando caia la tarde. El polvo del camino todavia se le pegaba a las mangas, y las campanillas de los vendedores se mezclaban con olor a aceite caliente, papel quemado e incienso barato. De lejos, la ciudad parecia prospera. De cerca, tenia el mismo cansancio de todas las ciudades donde los hombres fingen virtud durante el dia y negocian sus secretos cuando se encienden las lamparas.

Sin dinero para una posada decente, acepto dormir en un anexo del templo del Dios de la Ciudad. El cuidador, un hombre flaco de ojos pequenos, miro el atado del viajero, midio su pobreza y decidio que no habia peligro.

"No toque los objetos del altar", dijo. "Y si escucha algo durante la noche, haga de cuenta que duerme."

El viajero pregunto si habia ladrones.

El cuidador solto una risa breve.

"A los ladrones sabria echarlos."

Despues de eso, se fue.

El templo envejecia con una dignidad dudosa. Las vigas tenian manchas de lluvias antiguas, las estatuas perdian pintura en la cara y las ofrendas parecian hechas mas por miedo que por fe. En la sala principal, el Dios de la Ciudad lo observaba todo con ojos pintados de rojo. La expresion de la estatua no era bondadosa ni cruel. Era la expresion de alguien que ya habia visto demasiados hombres intentando explicar lo inexplicable.

El viajero comio un pan frio, bebio agua de una jarra rajada y se acosto sobre una esterilla. Queria dormir sin suenos. Pero los templos, como ciertas conciencias, rara vez obedecen.

Cerca de la tercera vigilia, desperto con el crujido de unas tablas.

Al principio penso que era el viento. Despues oyo pasos. No pasos apurados, como los de un ladron, sino lentos y solemnes, como los de funcionarios entrando en audiencia. Una luz azulada aparecio por debajo de la puerta. El viajero contuvo la respiracion y recordo el consejo del cuidador: si escucha algo, haga de cuenta que duerme.

Hizo exactamente eso.

Por la rendija de la puerta, vio cambiar la sala principal.

Las paredes manchadas parecian nuevas. Las lamparas se encendieron solas. Sobre el altar, la estatua del Dios de la Ciudad ya no era una estatua. Vestia una tunica oscura bordada con nubes, y frente a el dos escribas abrian libros tan grandes que un nino podria esconderse detras de ellos.

Entonces llegaron los nombres.

Uno por uno, los escribas llamaban a personas que el viajero nunca habia visto: comerciantes, viudos, estudiantes, esposas, criados, magistrados, herederos. Algunos aparecian como sombras temblorosas; otros llegaban tan nitidos que parecia posible contar los hilos sueltos de sus ropas. Ninguno venia por voluntad propia.

El Dios de la Ciudad no gritaba. Eso lo hacia peor.

"Que hiciste con la fortuna que heredaste?"

"A quien le vendiste tu palabra?"

"Por que llamaste destino a lo que era simple cobardia?"

"Cuantas veces usaste la debilidad ajena como escalera?"

Las respuestas variaban poco. Algunos lloraban. Algunos mentian. Algunos citaban clasicos, como si una frase elegante pudiera cubrir una vida torcida. Tambien estaban los que se ofendian por ser juzgados, porque en la tierra habian sido lo bastante respetados como para olvidar que el respeto no es inocencia.

El viajero, escondido detras de la puerta, sintio frio.

No porque temiera a los fantasmas. Los fantasmas, en aquella hora, parecian casi honestos. Lo que lo asustaba era comprender que cada pregunta tambien podia hacerse a un vivo. Tal vez a el mismo.

Cuando canto el primer gallo, la luz azulada se apago. Los libros desaparecieron. Los escribas se esfumaron. El Dios de la Ciudad volvio a ser madera pintada, inmovil sobre el altar, con sus ojos rojos mirando el vacio.

El viajero permanecio acostado hasta que el cuidador abrio la puerta.

"Durmio bien?", pregunto el hombre, como quien pone a prueba una mentira.

"Sone", respondio el viajero.

"Entonces tuvo suerte", dijo el cuidador. "Algunos ven despiertos."

Aquella manana, al dejar el templo, el viajero compro papel, tinta barata y un pincel usado. Se sento en una casa de te y escribio la primera linea:

`Hay cosas que se dicen al pasar porque decirlas en serio seria demasiado peligroso.`

Desde ese dia empezo a registrar historias. No prometia que fueran verdaderas. Prometia solamente que, si alguien se reconocia en ellas, tal vez todavia hubiera tiempo de cambiar.

Y si no lo habia, el Dios de la Ciudad sabria esperar.




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