Palabras Dichas al Pasar

Episodio 2: La ciudad que no dormia

Anselmo dejo el templo cuando la niebla todavia se aferraba a los aleros.

En la calle, la ciudad fingia que nada habia ocurrido. Los vendedores armaban sus puestos, los chicos corrian detras de panes calientes, los cargadores discutian el precio de un cruce y las primeras carretas rechinaban sobre las piedras humedas. De dia, todo parecia tener peso y nombre. Nadie habria dicho que, pocas horas antes, unas sombras habian sido llamadas a responder por vidas enteras ante libros invisibles.

Eso era lo que mas le inquietaba.

No el sueno, si aquello habia sido un sueno. No la luz azul, ni los escribas, ni la voz serena del Dios de la Ciudad. Lo que lo inquietaba era la facilidad con que el mundo volvia a parecer comun.

Entro en una casa de te cerca del mercado y pidio la bebida mas barata. El dueno, Casimiro Castañeda, era un hombre de bigote fino y sonrisa calculada, de esos que parecen saludar con una mano mientras pesan con la otra cuanto vale la persona que tienen delante.

"Viajero?", pregunto.

"De paso."

"Todos dicen eso. Algunos se quedan anos."

Anselmo miro alrededor. Habia funcionarios menores, comerciantes, dos estudiantes somnolientos y una mujer con velo oscuro sentada sola junto a la ventana. Nadie hablaba alto. Aun asi, el lugar entero parecia hecho de secretos.

Casimiro trajo el te y se inclino.

"Usted durmio en el templo?"

Anselmo sostuvo la taza antes de responder.

"Por que lo pregunta?"

"Porque quienes duermen alli salen distintos." El comerciante sonrio, pero sus ojos no siguieron el gesto. "Algunos salen devotos. Algunos salen enfermos. Algunos empiezan a escribir."

Anselmo toco el rollo de papel dentro de su manga. Seguía alli, con la primera frase escrita con tinta apurada.

"Y usted acostumbra observar a todos los que entran en la ciudad?"

"Observar es el oficio de quien sirve te. La gente bebe para olvidar que esta siendo vista."

La mujer del velo oscuro giro el rostro por un instante. Anselmo comprendio que escuchaba.

Casimiro bajo la voz.

"Si esta juntando historias, llego en buen momento. La familia Valerga va a abrir hoy las puertas de la casa vieja. Dicen que Laureano Valerga volvio."

Uno de los estudiantes solto una risa.

"Volvio porque se quedo sin dinero."

"O porque los muertos lo llamaron", dijo el otro.

Casimiro golpeo suavemente la mesa, fingiendo censura.

"Cuidado con esas frases. Hay paredes mas chismosas que los criados."

Anselmo pregunto quien era Laureano.

El comerciante alzo las cejas, como si la pregunta probara que el otro era forastero.

"Heredero de una casa antigua. Un muchacho atractivo, educado, generoso cuando habia publico. El padre murio temprano, la madre murio triste, y la fortuna quedo en sus manos como vino en manos de un sediento. Primero vinieron los amigos. Despues el juego. Despues las promesas. Despues vino la gente a cobrar las promesas."

"Y ahora?"

"Ahora vuelve para vender lo que queda."

La mujer del velo se puso de pie.

Fue un movimiento pequeno, pero toda la casa de te parecio notarlo. Casimiro callo. Los estudiantes miraron sus tazas. Cuando ella paso junto a Anselmo, dejo sobre la mesa una tira angosta de papel doblado.

Anselmo espero hasta que saliera. Entonces abrio el mensaje.

Habia una sola linea:

`No todos los que vuelven a casa estan vivos.`

Casimiro fingio no ver, que era otra manera de ver demasiado.

Anselmo pago el te y salio.

La casa de los Valerga quedaba al norte de la ciudad, detras de un muro alto tomado por musgo. El porton principal estaba abierto, pero no habia alegria alli. Los criados cargaban cajas, los acreedores murmuraban cerca de la entrada y un viejo administrador discutia con un hombre vestido de seda oscura. En el centro del patio, Laureano Valerga sonreia como alguien que habia olvidado su propia ruina o aprendido a usarla como adorno.

Todavia era joven. Tenia ojos claros, piel cuidada y la postura de quien fue ensenado a recibir respeto antes de merecer algo. Cuando reia, todos alrededor reian un poco tambien, por costumbre o por miedo.

Anselmo se quedo junto al muro, observando.

Laureano tomo una pequena caja de madera de manos del administrador.

"Esto tambien se vende?"

"Era de su madre", respondio el viejo.

"Entonces ya no le sirve a nadie."

La frase cayo en el patio con una ligereza cruel.

Una criada dejo escapar un sonido bajo. Laureano la miro, y la sonrisa desaparecio por un segundo. No fue rabia. Fue algo peor: la incomodidad de quien se siente interrumpido por una persona que no considera entera.

Anselmo guardo aquel detalle en la memoria.

Antes de que se llevaran la caja, una rafaga cruzo el patio. Las hojas secas giraron sobre el suelo. El porton golpeo una vez, sin cerrarse. La tapa de la caja se abrio sola.

De adentro cayo una cinta de cabello, vieja, azulada por el tiempo.

Laureano palidecio.

Por primera vez, su sonrisa no encontro el camino de regreso.

En ese mismo instante, Anselmo oyo detras de el la voz de la mujer del velo:

"Ahora va a recordar."

Cuando se volvio, ella ya no estaba.

Esa noche, Anselmo escribio la segunda linea de su libro:

`Hay casas que guardan mejor a los muertos que los vivos su propia verguenza.`




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