Palabras Dichas al Pasar

Episodio 3: El primer nombre en el libro de las culpas

Laureano Valerga mando cerrar los portones antes del mediodia.

Fue inutil. Una casa en ruinas nunca se cierra del todo. El miedo encuentra rendijas; el chisme, en cambio, ni siquiera necesita buscarlas. Al caer la tarde, la ciudad entera ya sabia que una cinta azul habia caido de la caja de la difunta senora Valerga, y que el heredero, delante de todos, habia perdido el color del rostro.

En la casa de te, Casimiro Castañeda contaba la historia con la falsa sobriedad de quien agranda cada detalle mientras finge reducirlo.

"No digo que haya sido una senal", decia. "No soy hombre de supersticiones."

Nadie creyo esa parte.

Anselmo permanecia al fondo, escribiendo. No estaba seguro de registrar hechos o apenas la sombra que los hechos dejaban. Aun asi, la mano se movia. Habia historias que pedian tinta como las heridas piden tela.

Cerca de la noche, el viejo administrador de los Valerga entro en la casa de te.

Se llamaba Nicanor. Tenia la espalda encorvada, pero los ojos firmes. Se acerco a Anselmo sin pedir permiso y dejo una moneda sobre la mesa.

"Usted escribe?"

"A veces."

"Entonces escriba bien."

"Sobre que?"

Nicanor miro a Casimiro, que de pronto encontro enorme interes en limpiar tazas.

"Sobre dona Zulema Saavedra."

Anselmo conocia el nombre. Era la madre de Laureano, recordada en la ciudad como una mujer discreta y respetada. Decian que habia muerto de fiebre. Tambien decian que la fiebre habia sido apenas el ultimo nombre de una tristeza larga.

"Que tiene que ver ella con la cinta?"

Nicanor se sento. La madera de la silla crujio como si protestara.

"Todo."

Conto que Zulema guardaba aquella cinta desde su juventud. No era una joya, ni un regalo caro, ni recuerdo de un amante. Era simple. Azul. Habia pertenecido a Leonor Barrenechea, una joven criada de la casa a quien Zulema habia protegido durante anos. Leonor sabia leer un poco, bordaba mejor que cualquier mujer del barrio y tenia el defecto imperdonable de ser notada por hombres que debian mirar hacia otro lado.

Anselmo levanto la vista.

"Y Laureano?"

Nicanor no respondio enseguida.

"Laureano era joven. Los jovenes ricos suelen recibir ese perdon antes incluso de pecar. Cuando le hizo dano a Leonor, dijeron que era una broma. Cuando ella lloro, dijeron que era ambicion. Cuando Zulema intento defenderla, dijeron que una senora distinguida no debia ocuparse de asuntos de criadas."

La casa de te quedo en silencio.

Nicanor continuo:

"Leonor fue expulsada. Zulema nunca perdono a su hijo. Guardo la cinta como quien guarda una acusacion. Despues enfermo."

Anselmo dejo el pincel.

Alli estaba el tipo de historia que un libro podia cargar, pero no reparar.

"Leonor murio?"

"No lo se." Nicanor apreto los dedos. "Unos dicen que si. Otros dicen que entro en una casa religiosa. Otros dicen que volvio sin ser vista."

En ese momento, una rafaga apago dos lamparas.

Casimiro murmuro una plegaria.

En el rincon oscuro de la sala, una mujer con velo estaba sentada.

Anselmo no la habia visto entrar.

Nicanor se puso de pie lentamente, como si los huesos la hubieran reconocido antes que el.

"Senora?"

La mujer no respondio. Solo dejo sobre la mesa una segunda tira de papel.

Anselmo la abrio.

`Cuando la palabra de los vivos falla, los muertos aprenden a escribir.`

Casimiro dejo caer una taza.

En ese mismo instante, sonaron campanillas a lo lejos. No eran campanas de templo. Eran las pequenas campanillas sujetas al porton de la casa Valerga, que sonaban cuando alguien llegaba.

Pero el porton estaba cerrado.

Nicanor corrio a la calle, y Anselmo lo siguio. La ciudad parecia contener la respiracion. Cuando llegaron al muro norte, vieron criados agrupados en el patio, acreedores retrocediendo hacia la calle y a Laureano Valerga quieto ante la puerta principal.

En la madera oscura de la puerta, alguien habia escrito un nombre con ceniza fina:

`Leonor.`

Laureano intento reir.

Fue un sonido corto, quebrado.

"Quien hizo esto?"

Nadie respondio.

Entonces, desde el interior de la casa, llego el ruido de paginas que se pasaban.

Una por una.

Lento.

Paciente.

Anselmo sintio subir por los brazos el mismo frio del templo. No necesitaba ver los libros para saber que eran grandes. Tampoco necesitaba oir la voz del Dios de la Ciudad para comprender la pregunta.

El primer nombre habia sido llamado.

Esa noche, antes de dormir, escribio:

`La culpa es una visita educada. Al principio golpea bajo. Despues aprende a derribar puertas.`




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