Palabras Dichas al Pasar

Episodio 23 — Rechazar el nombre, recobrar a un sobrino

En el otoño de 1642, Mei Sheng obtuvo el grado de la provincia. Zhong Sheng, Huan E, Jia Wenwu y Tong Zida acudieron a felicitarlo. Cuando quedaron solos, Zhong confesó que su alegría llevaba una sombra: temía que el éxito separase otra vez a dos amigos unidos desde la infancia como hermanos de distinta sangre.

Mei Sheng se echó a reír. Había rendido el examen para saldar su deuda con los libros, no para buscar cargo ni riqueza. El imperio parecía un huevo puesto al borde de una torre; entrar en la administración obligaba a callar entre los indignos o a denunciar males que ya no podía sostener un solo hombre. No iría a Beijing. Zhong, aliviado, brindó por aquella resolución.

Desde entonces se reunieron a beber, componer versos y hablar de historia. Una lluvia que parecía retener al huésped dio pie a juegos de palabras; luego cantaron a la espada, al vino, a la ropa, a la comida, a la piedad filial y al retiro. No eran ocios vacíos: en cada poema medían cuánto necesita el hombre y cuánto lo esclaviza el deseo.

Viajaron después a Hongji Si para contemplar sus antiguos ciruelos. Los árboles, algunos tan anchos que varios hombres no podían abrazarlos, cubrían la ladera como jade florecido. Entre la multitud, Zhong distinguió a un mendigo medio muerto de frío y hambre. Lo llevó a su alojamiento, lo alimentó y mandó cuidarlo.

Cuando el hombre recobró fuerzas, dijo llamarse también Zhong. Había nacido en una familia instruida, pero el juego y la gula lo habían reducido a la miseria y habían contribuido a la muerte de su padre y al nuevo matrimonio de su madre. Zhong Sheng descubrió que era el hijo perdido de un pariente. Lo recibió como sobrino, le dio el nombre Zixin, «renovarse», y el nombre de cortesía Youxin, «renovado otra vez».

Zixin, consumido por el remordimiento, no quería casarse. Su tío le explicó que expiar no era destruirse, sino cambiar de conducta, cuidar a los vivos y devolver honor a los muertos. Por mediación de Wu He se concertó su boda con una joven de la familia Bao, educada por Zhengu. Resultó instruida, respetuosa y filial. Así, un encuentro que parecía casual restauró una rama entera de la familia.

Entretanto, Xi You regresaba al sur. En la esclusa de Linqing vio las naves de un alto funcionario que volvía con honores: era Rong Gong, esposo de su hermana. El reconocimiento reunió a los hermanos tras largos años. Rong Gong supo además que Hao Gu, antiguo malhechor, había huido, se había arrepentido y vivía ahora sin causar daño. Preparó para Xi You una casa y tierras en Tushan, para que la familia pudiera permanecer cerca.

Zhong visitó allí a Rong Gong. Hablaron noches enteras de clásicos, historia, poesía y del ascenso y caída de los estados. Invitaron a Yi Yuren a una comida. El rico vecino, antes altivo, llegó ansioso por sentarse junto a hombres de prestigio; pero aquel banquete fue su último.

En la casa de Yi, el deseo sin freno había borrado toda jerarquía y toda lealtad. Yuan Shi, Jiao Shi, Mazaor y Shuiliang conspiraban con Miao Xiu y Gu Shi. Zou Shi, única en conservar prudencia, advirtió al dueño. Yi, ebrio y furioso, humilló a las culpables y amenazó con venderlas. Esa noche ellas lo mataron y fingieron una muerte repentina.

El censor itinerante Zhi Gong, discípulo de Rong Gong y magistrado de integridad inflexible, llegó a la aldea. Un remolino persistente lo condujo hasta la tumba. Ordenó detener a Miao Xiu y Gu Shi; interrogó por separado a la casa y detectó las contradicciones. Zou Shi declaró lo que había visto. Bajo investigación, los culpables confesaron el adulterio, la conspiración y el asesinato.

Ni el dinero de Niu Zhi ni sus vínculos con un ministro pudieron torcer el proceso. Quienes intentaron comprar a los alguaciles fueron castigados; Miao Xiu, Gu Shi, Yuan Shi, Jiao Shi, Mazaor y Shuiliang recibieron sentencia conforme a su participación. Zou Shi quedó libre y protegida. El narrador no presenta la ruina como accidente, sino como término de una casa edificada sobre abuso, codicia e impunidad.

Niu Zhi celebró poco después sus cincuenta años con lujo desmedido. Parientes y aduladores llenaron su puerta mientras la fortuna parecía intacta. Entonces un incendio consumió su residencia y mató a gran parte de la familia. Entre cenizas no pudieron distinguir unos huesos de otros. Niu, que había confiado en riqueza y parentesco oficial, quedó contando restos de plata sobre tierra quemada.

La historia volvió luego a Guan Jue. Vivía con economía, libros y unas pocas parcelas. Para el cumpleaños de Yan Liang envió un presente sencillo. Su hijo Guan Bixian y su esposa fueron tratados con frialdad, mientras Fu Jin y su mujer recibían honores por su dinero. Guan Jue aceptó la afrenta como espectáculo de la mudanza humana: quien sólo mira el favor presente no comprende el mundo.

Fu Jin agravó después una disputa por deudas y mató a Wu Lai en un arrebato. Su padre Fu Hou gastó casi toda la fortuna intentando comprar una salida. Funcionarios codiciosos estiraron el caso para extraer más. Zhi Gong intervino, obligó a concluirlo según la ley y dejó al descubierto tanto la violencia del rico como la venalidad de quienes administraban justicia.

Cuando Fu Hou y Fu Jin quedaron empobrecidos, Yan Liang, que antes los adulaba, los trató como extraños. En cambio Guan Jue los recibió sin jactancia. Zhi Gong visitó públicamente a Guan y ofreció ayudarlo; éste no pidió negocio ni favor, y sólo presentó a su hijo, estudiante de la escuela local. La aldea entendió tarde que la dignidad no era la mesa más abundante.

Llegó el año 1644. Al saber que los rebeldes cercaban Beijing, Zhong Sheng dejó de comer y lloró por el soberano. Qian Gui le recordó que ya no ocupaba cargo. Él respondió que quien había comido el grano del Estado debía compartir su angustia aun desde el retiro.

Más tarde Huan E llevó la noticia de la muerte de Li Zicheng. Tras ser derrotado cerca de Shanhaiguan, Li había abandonado Beijing, marchado por Hubei y pretendido tomar Nanjing. En Tongcheng saqueó el camino y envió delante sus divisiones. Los aldeanos, conducidos por Cheng Jiubo, resistieron; en la confusión Li murió. El relato celebra el fin del rebelde, aunque reconoce que una sola muerte no podía reparar las innumerables vidas destruidas.




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