En el extremo noroeste del continente se extiende el territorio más sombrío, un dominio perpetuamente cubierto por brumas densas y cielos plomizos. El clima es opresivo, con lluvias constantes que transforman la tierra en un mosaico de ciénagas y manglares. El aire húmedo arrastra el olor penetrante del barro y la vegetación en descomposición, mientras insectos zumban en enjambres interminables sobre las aguas estancadas.
En este escenario inhóspito se levantó el reino de los pantanos, cargado de misticismo y habitado por seres extraños: desde tribus salvajes que conocen cada sendero oculto, hasta criaturas de índole demoníaca que emergen de las profundidades.
A pesar de ello, una civilización entera se ha adaptado y convive con naturalidad en este ecosistema hostil, como si la penumbra fuese parte inseparable de su identidad.El rey Polorius y la reina Asteris portan la corona de Palasor.
Sus hijos, el príncipe heredero Adinius y la princesa Beleris, representan el futuro de una dinastía marcada por la oscuridad y el ocultismo.
En el Palacio Real, donde se reúnen consejeros y asesores, se erige el imponente Salón de los Patíbulos, un recinto de piedra húmeda y antorchas perpetuas, donde se dicta la doctrina que rige el reino.Polorius gobierna con mano férrea, imponiendo su autoridad sin contemplaciones.
Sin embargo, no todo es sombra en Palasor: entre los pantanos se alzan viñedos insólitos, cultivados gracias a un visionario que logró convencer al rey de su utilidad.
El vino que allí se produce se ha convertido en símbolo de prosperidad y resistencia, un contraste inesperado frente a la decadencia del entorno.
Mitos vivientes y leyendas circulan entre los habitantes: relatos de espectros que vagan por los manglares, de criaturas que acechan en la bruma, y de pactos antiguos que sellaron la unión entre la dinastía y la oscuridad.
En Palasor, el gris domina sobre todo, y cada rincón del reino parece recordar que la penumbra es su verdadera esencia.