Palasor "Reino De Los Pantanos"

La Fosa De Arbeno

El rey Polorius era dueño de un perfil oculto y siniestro, un gobernante cuya voluntad se alimentaba del poder oscuro que le otorgaba Abadón, el temible ente que domina el inframundo y le concede su favor inquebrantable en cada invocación. Sin embargo, ni el poder absoluto sobre el trono de Palasor ni el temor que imponía su mano férrea eran suficientes para saciar su ambición: Polorius ansiaba el don supremo de la posesión, la capacidad absoluta de doblegar en cuerpo y mente a cualquier ser viviente.

Para alcanzar semejante transgresión, la monarquía y su corte acudían a la fosa de Arbeno, una inmensa depresión de la tierra abierta en medio del reino de los pantanos. En el centro, el sitio más profundo de aquel cráter, se destaca el altar llamado Vórtice de Gehena, el cual funciona como la antesala del portal que conduce directamente a las profundidades del inframundo.

Allí se llevan a cabo las ceremonias donde los miembros del reino —integrados por consejeros, asesores y la misma monarquía— se reúnen para rendirle honor y tributo a Abadón. En ocasiones, durante aquellos rituales, el líder espiritual del reino, conocido como Demerius, la voz de Abadón, exige la entrega de ofrendas supremas para satisfacer el hambre del dios, exigiendo vidas sin importar la alcurnia, preparando el terreno para el juicio más cruel que la dinastía jamás haya enfrentado.

Las antorchas del Palacio Real crepitaban, arrojando destellos naranjas contra los muros de piedra húmeda. Fuera, la lluvia y el fuerte viento golpeaba los vitrales como un recordatorio constante de la sombría realidad que los rodeaba. En la penumbra de la recámara real, el rey Polorius contemplaba el fuego, con la mente fija en una ambición que amenazaba con devorarlo todo.

—La corona y la espada ya no bastan, Asteris —rompió el silencio Polorius, sin apartar la vista de las llamas—.

La reina Asteris, que se hallaba de pie junto a la mesa de piedra donde reposaban los viejos grimorios de la realeza, giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos brillaban con la fría sensatez de quien conoce el precio de la magia oscura.

—Has doblegado a este reino con mano férrea, Polorius. Los pantanos se inclinan ante ti y la corte obedece cada uno de tus decretos —respondió ella, con voz pausada pero firme—. Lo que el inframundo te concede tiene su precio. ¿Qué clase de poder buscas ahora que te hace mirar al abismo con esa obsesión?

Polorius se volvíó hacia su esposa, y en sus ojos oscuros parpadeó una voracidad insaciable.

—El poder de la posesión, Asteris. Anhelo la capacidad de infiltrarme en la mente y el cuerpo de cualquier ser viviente, de doblegar voluntades ajenas y hacer que reyes y traidores bailen al ritmo de mi capricho. Ni los ejércitos ni el miedo podrán detenernos si Abadón me concede ese dominio absoluto sobre la carne.

Un escalofrío pareció recorrer la estancia. Asteris dio un paso al frente, la incredulidad y el rechazo pintados en sus facciones.

—¿Te has vuelto loco? —exclamó la reina, con un tono cortante que apenas logró contener—. ¿Dominar mentes? ¿Someter a otros y ponerlos bajo tu yugo? Abadón puede reclamar sangre y quizás de la propia realeza a cambio. Te exigirá algo que no podrás soportar, algo que destruirá los cimientos mismos de nuestra sangre. ¡No estoy de acuerdo con esto, Polorius! Detén esta locura antes de que sea demasiado tarde.

El rey endureció el gesto, su autoridad rozando la amenaza. Su mandíbula se tensó mientras acortaba la distancia entre ambos.

—Mi voluntad es la ley en Palasor, Asteris. El favor de Abadón se gana con osadía, no con temores de alcoba. Si el abismo exige un tributo, lo pagaremos, porque el trono que dejamos a nuestros hijos será eterno o no será nada.

La reina lo miró en silencio durante unos segundos largos, sintiendo el peso de un abismo que amenazaba con tragarse no solo el reino, sino a su propia familia. Comprendiendo la ceguera de su esposo y la inutilidad de sus palabras, Asteris dio media vuelta con frialdad y le clavó una última mirada cargada de amargura.

—Tú eres el rey —sentenció la reina, con un desprecio sutil latiendo en cada sílaba—. Tú mandas, tú ordenas, tú haces y deshaces a tu antojo. Ya has tomado tu decisión… Que Abadón te escuche, Polorius. Luego no lamentes las consecuencias ya que será tarde para arrepentirte.




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