Las pesadas puertas del Salón de los Patíbulos crujieron al abrirse, revelando a la figura imponente del sumo sacerdote Demerius. Con su túnica oscura arrastrándose sobre la piedra húmeda y la mirada fija, el líder espiritual avanzó hasta el centro de la sala, donde el rey Polorius lo aguardaba junto a las antorchas perpetuas. Convocado de urgencia, el clero de Abadón aguardaba en silencio, consciente de que los vientos del pantano traían presagios de una ambición sin precedentes.
—Has reunido al clero en plena madrugada, Majestad —murmuró Demerius, su voz rasposa resonando con la solemnidad de un templo subterráneo—. Las sombras murmuran en la fosa de Arbeno. ¿Qué demanda el rey de Palasor a nuestro señor?
Polorius lo miró sin titubear, el brillo de una obsesión irrefrenable reflejándose en sus pupilas.
—Quiero el dominio absoluto, Demerius —declaró el rey con firmeza—. No me basta con gobernar la carne y la tierra; exijo el poder de poseer el cuerpo y la mente de cualquier ser viviente, de doblegar voluntades y hacer que el mundo baile al ritmo de mi voluntad. Invocaré a Abadón para que me conceda ese don.
El clero entero contuvo la respiración. Demerius cerró los ojos por un instante, absorbiendo el peso de semejante transgresión, antes de abrir los párpados con una gravedad glacial.
—Te advierto que las consecuencias pueden ser terribles, Polorius —respondió el líder espiritual, dando un paso al frente—. Abadón no regala el dominio de las almas ajenas. El precio de esa invocación es tan oscuro como insondable, y una vez que pronuncies las palabras ante el Vórtice de Gehena, el pacto quedará sellado para siempre. No habrá vuelta atrás, ni clemencia, ni forma de retractarse.
El rey arqueó una ceja, desafiando la advertencia del sacerdote con la soberbia de quien se cree intocable.
—¿En qué sentido? —inquirió Polorius, exigiendo una respuesta clara—. Habla sin rodeos, Demerius. ¿Qué clase de peaje pretende cobrar el abismo?
El sumo sacerdote lo miró con una piedad fría y distante, consciente de que el destino ya estaba escrito.
—Reclamará un sacrificio supremo —sentenció Demerius—. Abadón no aceptará sangre de plebeyos ni la vida de cualquier desdichado del pantano. Para un poder que desafía las leyes de la existencia, el precio debe equivaler al valor de lo robado. El dios del inframundo exigirá sangre azul... y la víctima elegida provendrá de tu propio círculo, de tu propia sangre.
El silencio sepulcral que siguió a sus palabras se sintió más pesado que la niebla exterior, dejando al rey frente al abismo de su propia decisión.