Los débiles rayos del sol que la bruma permitía filtrar anunciaban el inicio del día, marcando el momento menos esperado por la monarquía y el más aguardado por el implacable rey Polorius.
El sumo sacerdote Demerius se acercó a paso firme y le informó:
—Su Majestad, los preparativos para la ceremonia de invocación han finalizado. Todo está a disposición para cuando usted lo requiera.
—Comencemos de inmediato —respondió Polorius con una sonrisa fría—. Es una gran noticia y una manera airosa de empezar el día.
De inmediato, el rey convocó al gran maestre y le dio una orden estricta:
—Comunícale a todos los miembros allegados a la corona que deben concurrir a la fosa de Arbeno. Allí rendiremos culto a Abadón.
—De inmediato, como usted ordene, Su Majestad.
—Tienes hasta el mediodía para que todos estén presentes. Sin excepción.
Minutos más tarde, llegaron el príncipe heredero y su hijo, el joven Harpegius. El rey los recibió con falsas muestras de afecto y les soltó el decreto:
—Al mediodía comienza el culto en la fosa. Deben asistir sin falta.
—Ahí estaremos presenciando la ceremonia en reverencia a nuestro dios Abadón —contestó el muchacho con inocencia.
Al mediodía, la fosa se había transformado en un tétrico anfiteatro. Todos los cortesanos y oradores ocupaban sus respectivos lugares en los bordes elevados del cráter. En el fondo, junto al altar y con las fauces abiertas del Vórtice de Gehena a sus espaldas, se ubicó el círculo íntimo: el rey Polorius, la reina Asteris, el príncipe heredero, la princesa Beleris, el hermano de la reina, el joven Harpegius y el sumo sacerdote Demerius, quien dio inicio a los cánticos.
La tierra tembló. El aire se volvió irrespirable y el fuego de las antorchas se tornó de un azul enfermizo. Abadón manifestó su presencia, dejando en evidencia el furor y el desprecio que le provocaba aquella osada convocatoria.
Un eco atronador, hecho de lamentos y rocas crujiendo, retumbó en la mente de todos los presentes como respuesta al petitorio del rey:
—¿Os atrevéis a reclamar el poder de los dioses? —bramó la entidad desde las profundidades del abismo—. Estoy sediento. Quiero beber sangre; pero no aceptaré ofrendas viles... Exijo sangre real.