La bruma de los pantanos parecía haberse detenido, atrapada por el peso asfixiante de la presencia de Abadón. En los bordes superiores de la fosa de Arbeno, el silencio entre los oradores y consejeros era absoluto; nadie se atrevía a respirar demasiado hondo.
En el fondo del cráter, la luz de las antorchas agonizaba contra la negrura que exhalaba el Vórtice de Gehena. El cono de sombra proyectado por la entidad oscura seguía marcando con precisión implacable los pies del joven Harpegius. La elección del dios de las profundidades no dejaba lugar a dudas ni a segundas interpretaciones: el tributo exigido era el sobrino del rey, la sangre más inocente de la estirpe real.
A pocos pasos de allí, el contraste en la familia real era desgarrador. El rey Polorius mantenía el rostro rígido, dividido entre el horror de perder a su familiar y la codicia febril que le prometía el poder absoluto de la posesión. Sin embargo, la ausencia más elocuente pesaba tanto como el abismo mismo: la reina Asteris no estaba allí. Su firme desacuerdo, manifestado en el portazo de la recámara y su intento fallido de frenar la locura de su esposo, la había llevado a apartarse por completo de la masacre, negándose a ser cómplice del precio que su dinastía estaba a punto de pagar. Tampoco figuraban aquellos cortesanos que, presintiendo la ruina, habían decidido esconderse en la penumbra del palacio antes de cruzar los umbrales de la fosa.
El príncipe heredero, padre del muchacho, miraba a su hijo con los ojos anegados en lágrimas contenidas y los puños apretados hasta sangrar, paralizado por la impotencia ante la ley implacable de un monarca ciego de ambición y un dios sin piedad.
Demerius, con la voz seca y el rostro tallado en piedra, dio un paso al frente y levantó la daga ceremonial, cuyo filo reflejaba la negrura del vórtice.
—El abismo ha elegido —pronunció el sumo sacerdote, su voz resonando como una condena inevitable por las paredes del anfiteatro natural—. No hay clemencia, no hay vuelta atrás. Que se cumpla la voluntad de Abadón.
Harpegius miró a su padre, luego al rey, y finalmente el abismo negro que se abría a sus espaldas. Comprendiendo que la resignación era su único refugio ante un destino sellado por la soberbia de otros, cerró los ojos y esperó a que el filo de la hoja cortara el aire.