El aire en el fondo de la fosa de Arbeno se volvió irrespirable. La orden de Abadón era inapelable y el tiempo de los titubeos había terminado.
Siguiendo el riguroso protocolo del culto, el rey Polorius y el sumo sacerdote Demerius avanzaron juntos. Con pasos firmes y solemnes, ambos tomaron de las manos al joven Harpegius, flanqueándolo con una frialdad mecánica. El muchacho, con el rostro bañado en lágrimas y el cuerpo temblando por el terror de lo inevitable, apenas pudo oponer resistencia mientras lo conducían paso a paso hacia el borde mismo del Vórtice de Gehena.
Las fauces del abismo exhalaban un viento helado que mecía las túnicas de la comitiva. Al llegar a la orilla del pozo sin fondo, donde la negrura absoluta tragaba la escasa luz de las antorchas, el rey y el sacerdote soltaron sus manos. En medio de un silencio sepulcral que envolvía a todo el anfiteatro natural, el joven Harpegius, vencido por el vértigo y la resignación, se dejó caer hacia las profundidades de la oscuridad.
Horas más tarde, lejos del bullicio de la corte y de la tensión del cráter, el ritual exigía una última y enigmática preparación en los recovecos del templo.
El clero condujo al joven —o lo que quedaba de su espíritu en ese tránsito liminal— hacia una fría recámara de piedra iluminada por tenues braceros. Allí fue despojado de sus ropas mundanas y vestido con un atuendo simbólico, una túnica tejida con hilos oscuros y símbolos arcanos que marcaban su destino.
Demerius, con una expresión insondable en el rostro, se acercó al muchacho y posó una mano sobre su hombro, dirigiéndole unas palabras solemnes que buscaban mitigar el terror de su partida:
—Hijo mío, tu acto es de una valentía incalculable —susurró el sumo sacerdote con voz pausada y solemne—. A partir de hoy, no serás recordado como una víctima de la ambición, sino como el mártir supremo que partió para sentarse a la diestra del gran dios Abadón, quien te otorgará la inmortalidad eterna en su reino de sombras.