Papá?

Prólogo

—Estoy embarazada.

Las palabras abandonaron mis labios en un susurro tembloroso, casi temiendo el peso de su propio significado. Durante semanas, largas y ansiosas semanas, había imaginado este momento exacto. En mi mente, la escena se reproducía con calidez: visualicé su sonrisa abriéndose paso, un abrazo desesperado que me levantara del suelo, un beso impregnado de promesas. Incluso me había preparado para lágrimas de felicidad, para ese miedo compartido que se transforma en ilusión.

Pero jamás, ni en mis peores temores, imaginé el silencio.

Un silencio denso, gélido, que cayó entre nosotros como una guillotina. Henry permaneció completamente inmóvil frente a mí. Su rostro, usualmente lleno de vida y carisma, perdió todo color en un segundo, tornándose de una palidez espectral. Sus ojos verdes me observaban fijos, dilatados, como si acabara de pronunciar una maldición, algo imposible. Algo terrible que amenazaba con destruir el mundo que él estaba construyendo.

Algo que cambiaba su vida para siempre, y no de la forma en que yo esperaba.

Mi corazón comenzó a latir con una fuerza violenta, golpeando contra mis costillas. El pánico empezó a sustituir la emoción.

—¿Henry? —pregunté, mi voz quebrándose en un intento fallido de mantener la calma. Forcé una sonrisa nerviosa, rogando internamente por una reacción humana—. Por favor, di algo. Lo que sea. No te quedes así.

Él no respondió con palabras. En su lugar, apartó la mirada hacia la ventana, evitando el contacto visual como si mis ojos sostuvieran un espejo que no quería ver.

Y entonces lo comprendí todo.

El miedo. No era el temor tierno de un futuro padre; era un pánico egoísta. Lo vi en la rigidez de su mandíbula, en la forma salvaje en que apretó los puños a los costados, conteniendo una rabia o una frustración que no sabía cómo procesar. Lo vi en la distancia invisible, pero kilométrica, que empezó a crear entre nosotros, aun cuando físicamente seguía de pie a menos de un metro de mí.

—No puedo... —murmuró al fin. Su voz sonó ronca, ajena, desprovista de cualquier rastro del chico que me había jurado amor eterno la noche anterior.

Sentí un nudo asfixiante formarse en mi garganta, impidiéndome tragar saliva.

—¿Qué significa eso, Henry? —inquirí, dando un paso hacia él, buscando su mano—. ¿Qué quieres decir con que no puedes? Estamos juntos en esto.

—No puedo hacer esto, Valentina —dijo, esta vez más firme, dando un paso hacia atrás para esquivar mi toque. El rechazo físico dolió más que un golpe—. No ahora. Mi carrera acaba de despegar, el contrato con la discográfica, la gira... Esto lo cambia todo. No puedo permitirme un freno así. No puedo ser lo que esperas que sea.

Mi respiración se detuvo por completo. El aire se volvió de plomo y el mundo entero pareció congelarse a mi alrededor, desmoronándose en pedazos invisibles.

—Henry... por Dios, es nuestro hijo —supliqué, con la voz ahogada por las primeras lágrimas—. Es una vida. Nuestra vida.

—Lo siento —dijo, cortando mis palabras con una frialdad que me congeló la sangre.

Lo siento. Dos palabras. Solo dos palabras vulgares y vacías. Y, sin embargo, fueron lo suficientemente afiladas para romperme el alma en mil pedazos. Porque en ese preciso instante entendí la cruel realidad: Henry no estaba asustado por la abrumadora responsabilidad de convertirse en padre. No estaba procesando la noticia. Estaba calculando. Estaba buscando activamente una salida de emergencia. Una forma de escapar de los compromisos, de las responsabilidades... una forma de escapar de mí.

Y de nuestro bebé.

—No me hagas esto —susurré, mientras las primeras lágrimas gruesas y calientes comenzaban a resbalar por mis mejillas, empañando mi vista—. Te lo ruego, Henry. No me dejes sola en esto. Dijiste que me amabas, dijiste que enfrentaríamos lo que fuera. Por favor...

Pero él ya no me estaba mirando. Su decisión estaba tomada, sellada bajo el peso de su ambición. Y yo podía verlo con una claridad desgarradora. Podía verlo en la forma cobarde en que seguía retrocediendo hacia la salida, en la manera obstinada en que evitaba mis ojos para no ablandarse, en la forma definitiva en que se alejaba de nuestro futuro compartido.

—De verdad lo siento, Valentina. No estoy listo para renunciar a mis sueños por esto. Buena suerte —lo repitió una vez más, despojando la frase de cualquier rastro de humanidad.

Luego, con una determinación que me pareció monstruosa, se dio la vuelta. Camina hacia la puerta con pasos rápidos, decididos.

Y se fue.

Así de simple. Así de limpio. Sin darme una explicación real, sin promesas de apoyo, sin una despedida digna. Sin cometer el "error" de volver a mirar atrás, temiendo que mi dolor lo detuviera.

La puerta se cerró detrás de él con un chasquido seco que resonó como un disparo en la habitación. Y de inmediato, un silencio sepulcral, pesado y opresivo, llenó cada rincón del espacio que alguna vez llamamos hogar.

Lentamente, con el cuerpo temblando como una hoja, llevé una mano temblorosa hacia mi vientre todavía plano. Todavía era demasiado pronto para sentir físicamente a mi bebé, demasiado pronto para notar sus latidos o sus movimientos. Pero allí estaba. Existía. Era real, una chispa de vida creciendo en mi interior. Y ahora, de la forma más abrupta posible, solo me tenía a mí. Su padre había decidido que el aplauso de miles de extraños valía más que su existencia.



#341 en Fanfic
#336 en Joven Adulto

En el texto hay: abandono, romance, papa ausente

Editado: 17.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.