Valentina
A veces me pregunto si los corazones rotos también envejecen. Si con el paso de los años las fibras del alma se vuelven más gruesas, más resistentes, o si simplemente aprenden a convivir con las grietas como si fueran parte del diseño original. Me pregunto si algún día dejan de doler por completo o si el dolor solo se transforma en un ruido de fondo, una constante con la que te acostumbras a caminar.
Han pasado cuatro años desde la noche en que mi mundo se redujo a cenizas, y todavía no tengo la respuesta.
La luz tenue y azulada del amanecer comienza a colarse tímidamente por las rendijas de las cortinas, pintando líneas de oro sobre el suelo de la habitación. Permanezco sentada al borde de una pequeña cama blanca, un refugio de inocencia en medio de mi caótica vida. Frente a mí, mi hija duerme plácidamente, ajena a los fantasmas que me acechan. Está completamente acurrucada, abrazando con fuerza a un conejo de peluche grisáceo y gastado que ya debería haber reemplazado hace meses; tiene las orejas deshilachadas y le falta un ojo de botón.
Pero no puedo tirarlo. No tengo el corazón para hacerlo.
Porque es su favorito. Y he aprendido que cuando Darcy ama algo, lo ama para siempre, con una lealtad ciega y absoluta.
Una sonrisa triste, apenas un esbozo de melancolía, se instala en mis labios. Me inclino un poco para apartar con extrema delicadeza un mechón de cabello rubio que le cae sobre la frente, y en el instante en que mis dedos rozan su piel cálida, siento cómo mi pecho se llena de ese amor inmenso, asfixiante y maravilloso que solo ella es capaz de provocar.
Mi hija. Mi pequeña. Mi mundo entero y la única razón por la que sigo en pie.
Hay días en los que, a pesar del tiempo, todavía me sorprende pensar que alguien tan infinitamente perfecta salió de mí, de un cuerpo y un alma que se sentían tan destruidos. Su respiración es un ritmo tranquilo y regular que musicaliza el silencio del cuarto. Sus largas pestañas descansan como sombras delicadas sobre sus mejillas rosadas, y sus pequeños dedos sujetan el peluche contra su pecho con una fuerza sorprendente, como si temiera de manera inconsciente que alguien pudiera venir en mitad de la noche y arrebatárselo.
Ojalá pudiera protegerla de todo lo malo que hay allá afuera. De las decepciones del mundo, del dolor de los desengaños, de la crueldad de las ausencias. Sobre todo, de las ausencias.
Mis ojos continúan recorriendo las facciones de su rostro en la penumbra. Y entonces, inevitablemente, sucede lo de siempre. El recordatorio silencioso de mi pasado se materializa en sus rasgos. Veo la forma de su mandíbula, los hoyuelos que se forman en sus mejillas incluso cuando duerme, la curva exacta de su boca. Y él aparece en mis pensamientos como un intruso descarado.
Henry. Siempre Henry.
Maldigo en silencio, sintiendo una punzada de rabia y frustración en el estómago. Porque después de cuatro años enteros de construir una nueva vida, de levantar un imperio de la moda y de ser una mujer poderosa a los ojos del mundo, debería ser más fácil. Después de cuatro años de silencio y abandono, debería haber aprendido a odiarlo con cada fibra de mi ser. El odio es limpio, el odio ayuda a cerrar etapas. Pero algunas heridas son demasiado profundas, demasiado vivas para convertirse en un rencor saludable. Algunas simplemente permanecen abiertas, sangrando de vez en cuando en el momento en que menos te lo esperas.
—Mamita... —La voz adormilada y pastosa de Darcy interrumpe el torbellino de mis pensamientos.
Abre los ojos lentamente, parpadeando un par de veces para acostumbrarse a la claridad del día, y sonríe de inmediato al fijar su vista en mí. Y en ese microsegundo, juro que el sol podría desaparecer del universo entero y no importaría; esa sonrisa infantil e incondicional iluminaría todo por sí sola.
—Buenos días, mi princesa —le digo, suavizando la voz y tragándome la melancolía.
—¿Hace mucho que estás aquí sentada? —pregunta, refregándose un ojo con el puño cerrado mientras suelta al conejo.
—Un poquito. Solo quería verte.
—¿Mirándome dormir otra vez? —inquiere, entornando los ojos con una madurez sospechosa para su edad.
Suelto una pequeña carcajada, contagiada por su picardía.
—Bueno... tal vez un poquito. Es mi pasatiempo favorito.
—Eres muy rara, mamita —sentencia, soltando una risita.
—Y tú eres una insolente que debería respetar a su madre —le respondo, haciéndole un amago de cosquillas en la panza.
Darcy se ríe a carcajadas. Es una risa infantil, cristalina, un sonido sagrado que siempre, consigue reparar cualquier rincón roto de mis peores días. Se incorpora lentamente sobre la cama, estirando sus pequeños brazos hacia mí en una invitación silenciosa. La abrazo inmediatamente, atrayéndola hacia mi pecho como si mi propio cuerpo hubiera sido programado desde el inicio de los tiempos para responder a cualquier gesto suyo. Oler su cabello a champú de manzana es mi cable a tierra.
—Te amo mucho, mamita —susurra contra mi cuello, escondiendo su carita ahí.
Cierro los ojos con fuerza, sintiendo un nudo de emoción. Porque esas palabras, viniendo de ella, siempre consiguen desarmar cualquier armadura que me ponga para enfrentar al mundo exterior.