Papá?

Capítulo 2

Valentina

—Ni hablar. Rotundamente no. Cancela cualquier posibilidad de negociación de inmediato.

Las palabras salieron de mi boca como ráfagas automáticas de una metralleta, antes de que mi cerebro tuviera siquiera el tiempo de procesar las consecuencias editoriales. Lía soltó un largo y pesado suspiro, cruzándose de brazos mientras me miraba con una mezcla de resignación y pena.

—Sabía perfectamente que ibas a decir eso, Valentina. De hecho, ensayé mi cara de decepción en el pasillo —admitió con una mueca.

—Porque es una locura, Lía, y tú lo sabes mejor que nadie —sentencié, lanzando la tablet sobre la superficie pulida de mi escritorio de caoba, alejándola de mí como si el dispositivo quemara o tuviera una enfermedad contagiosa.

Apoyé las palmas sobre la mesa, intentando controlar el temblor de mis manos. No podía dar crédito a que siquiera estuviéramos teniendo esta conversación en mi santuario, en mi zona de paz. De todas las bandas emergentes de la industria británica, de todos los artistas pop del momento, de todas las celebridades que mueren por aparecer en nuestras páginas... tienen que ser ellos.

Caminé a paso rápido hacia los enormes ventanales de piso a techo de mi oficina y crucé los brazos con fuerza sobre el pecho, una postura que pretendía ser defensiva contra el mundo exterior. Desde este ático, la panorámica de Los Ángeles se desplegaba inmensa, abrumadora. Millones de personas moviéndose allá abajo, miles de historias entrelazándose en el tráfico de la mañana. Y, sin embargo, a pesar de la inmensidad del mapa, el universo insistía con terquedad maquiavélica en devolverme siempre al mismo hombre.

—Valentina... por favor —llamó Lía con suavidad, dando un paso hacia mí.

—No, Lía. No insistas. Mi respuesta es un 'no' definitivo.

—Escúchame solo un minuto.

—No quiero escucharte. Dile a su mánager que estamos con la agenda llena para los próximos seis meses. Invéntate lo que quieras.

—Entonces no me escuches a mí, Valentina. Escucha a la directora ejecutiva de Montgomery Magazine, la mujer que levantó esta empresa con sudor, y no a la mujer despechada que se esconde detrás del cristal.

Me giré lentamente sobre mis tacones, clavándole una mirada tan gélida que habría congelado el océano en pleno verano.

—¿Perdón? ¿Cómo me acabas de llamar?

Lía levantó ambas manos de inmediato en señal de rendición, dando un paso atrás.

—Lo siento, de verdad. Sonó horrible, fue un golpe bajo y me pasé de la raya —se disculpó genuinamente, reacomodándose las gafas—. Pero sabes perfectamente que, en el fondo, tengo toda la razón del mundo.

La observé en absoluto silencio, respirando de manera pausada para no perder los estribos. Odio con todo mi ser cuando Lía tiene razón, principalmente porque suele tenerla en el noventa por ciento de los asuntos comerciales de esta revista.

—Las ventas de la edición impresa subirían de inmediato a niveles históricos, Valentina —comenzó a enumerar Lía, bajando los brazos, pero manteniendo la firmeza—. Las visitas a nuestro sitio web colapsarían los servidores en las primeras dos horas. Sería, sin lugar a dudas, la portada más vendida e importante de todo el año.

—Lo sé —respondí, mi voz apenas un hilo de frustración.

—Nos pondría en el mapa de las exclusivas internacionales del pop-rock, superando a la competencia directa.

—Lo sé, Lía. Sé perfectamente cómo funciona el mercado.

Lía volvió a suspirar, acercándose un poco más a mí, con una expresión más blanda.

—Entonces, jefa... deja de pensar como la exnovia herida. Piensa como la presidenta de este imperio.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que sentí un dolor sordo en la sien. Exnovia. Qué palabra tan ridículamente simple, tan vacía y superficial para resumir un desastre emocional tan gigantesco, una catástrofe que cambió el rumbo de mi existencia para siempre.

—Él no es mi exnovio, Lía —dije con una calma forzada que daba miedo.

—¿No? Pasaron 6 años juntos, Valentina.

—No. Henry Stone no es un simple exnovio. Es el hombre cobarde que abandonó a su propia hija antes de que naciera —la oficina quedó sumida en un silencio sepulcral, espeso, donde solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado. Porque esa, y no otra, era la insalvable diferencia—. No me importa en lo más mínimo lo que me hizo a mí, Lía. O al menos, eso es lo que intento convencerme cada mañana frente al espejo. El dolor propio se cura, se olvida o se maquilla. Lo que nunca, ni en esta vida ni en la otra, voy a perdonar... es lo que le hizo a Darcy. Mi hija merece más. Muchísimo más que un fantasma con una guitarra.

Lía bajó la mirada hacia la alfombra, perdiendo toda su postura combativa. El peso de la realidad familiar nos golpeó a ambas.

—Lo sé, Valentina. Sé que es un tema sagrado para ti.

—No, Lía. No lo sabes porque no lo vives en carne propia —mi voz salió más dura, más afilada de lo que pretendía, teñida por la culpa y la impotencia—. Cada vez que Darcy se para frente a mí con esos ojos verdes y me pregunta si su papito la quiere, o por qué nunca viene a abrazarla, siento exactamente cómo alguien me mete la mano en el pecho y me arranca un pedazo del alma. Y tengo que tragarme las lágrimas para inventarle una mentira hermosa.



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En el texto hay: abandono, romance, papa ausente

Editado: 06.07.2026

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