Henry
No todos los aplausos del mundo, por ensordecedores que sean, consiguen silenciar el grito sordo de la culpa. Esa es una lección que aprendí demasiado tarde, cuando el eco de los estadios ya no bastaba para llenar el vacío de las noches.
El avión de la banda desciende con una suavidad casi insultante sobre la pista del aeropuerto de Los Ángeles. A través de las ventanillas de la cabina, las luces de la ciudad comienzan a centellear en la penumbra, extendiéndose como un océano de neón. Hace cuatro años, este exacto paisaje urbano significaba el cielo absoluto: el éxito, la conquista, la cima del mundo. Hoy, en cambio, mirar esa postal solo me provoca una opresión fría en el pecho. Significa miedo. Un pánico visceral que me cuesta disimular.
Apoyo la frente contra el cristal templado de la ventanilla, buscando el frío de la superficie. Allá abajo, junto al hangar privado, ya puedo distinguir el comité de bienvenida habitual: decenas de camionetas negras con los motores en marcha, el destello caótico de los flashes de los fotógrafos de prensa, los equipos de seguridad privada armando cordones humanos y, por supuesto, un grupo de fanáticas que ha logrado burlar el acceso.
Todo en el exterior sigue luciendo exactamente igual que la última vez que estuve aquí. El mismo circo. La misma locura. Excepto yo.
—¿Estás listo, Henry? Es hora de dar la cara al monstruo.
La voz de Ethan, nuestro guitarrista principal, me devuelve de golpe a la áspera realidad del interior del avión. Me giro lentamente y le dedico una sonrisa cansada, carente de cualquier ráfaga de entusiasmo real.
—No, Ethan. Para serte completamente honesto, no lo estoy en absoluto.
Ethan se detiene a mitad del pasillo, observándome con el ceño fruncido mientras acomoda su chaqueta.
—Vaya... creo que es la primera vez en toda la historia de esta banda que te veo genuinamente nervioso antes de bajar de un avión. Y mira que hemos tocado ante ochenta mil personas en Wembley.
—Porque en Wembley solo tenía que cantar, hermano. Nunca antes había tenido una razón real para temerle a una ciudad entera.
Ethan guarda silencio de inmediato, asimilando mis palabras. Sus ojos reflejan una mezcla de lástima y respeto. No necesita preguntar más; todos en la banda —Louis, Noah, Zackary, los músicos— conocen a la perfección la historia de mi pasado. Todos. También saben de sobra que, después de aquel fatídico día de la huida, nunca más volví a pronunciar su nombre en voz alta. No porque la hubiera olvidado o porque me importara un demonio, sino por todo lo contrario: jamás encontré las palabras adecuadas en ningún idioma para explicar la estupidez y la cobardía más grande de toda mi vida.
El letrero luminoso de los cinturones de seguridad se apaga con un tintineo. Varias personas de nuestro equipo de producción comienzan a ponerse de pie, parloteando y recogiendo el equipaje de mano. Yo, en cambio, permanezco sentado en mi asiento de primera clase. Inmóvil. Mirando mis propias manos entrelazadas.
—Vamos, hermano, arriba —Louis, pasa por mi lado y me da una palmada firme y afectuosa en el hombro—. Nos están esperando abajo los de la discográfica. Hay que poner la mejor sonrisa de rockstar.
Asiento con la cabeza de forma automática.
—Sí, ya voy. Adelántense.
Mis piernas tardan unos segundos agónicos en obedecer la orden de ponerme de pie. Mientras camino a paso lento por el pasillo hacia la compuerta de salida, siento un peso extraño y asfixiante aplastándome el pecho. Es una presión que no tiene absolutamente nada que ver con el pánico escénico de los conciertos que se avecinan, ni con el rigor de las entrevistas pactadas, ni con los millones de personas que esperan que componga otro jodido éxito número uno. Este peso tiene un nombre propio. Un nombre que me quema el paladar cada vez que intento formularlo: Valentina.
No tengo la menor idea de cómo va a reaccionar cuando sepa que estoy aquí. No sé si me odia con la misma intensidad con la que un día me amó. Ni siquiera sé si aceptará recibirme en su oficina o escuchar una sola de mis explicaciones. Y, siendo dolorosamente sincero conmigo mismo... no la culparía en lo más mínimo si me escupiera en la cara. Porque yo tampoco he sido capaz de perdonarme a mí mismo en todo este tiempo.
Apenas pongo un pie fuera de la escalerilla del avión y desciendo hacia la pista, una ola ensordecedora de gritos rompe el aire de la noche. Miles de gargantas corean nuestro nombre con un fanatismo religioso. Los flashes de los paparazzis comienzan a dispararse sin descanso, encandilándome la vista, convirtiendo la pista en una tormenta estroboscópica.
Es el mismo escenario de hace cuatro años. Las mismas cámaras hambrientas de una declaración, las mismas preguntas superficiales gritadas al aire, la misma locura de la fama. Pero mis sentidos están completamente anulados; soy incapaz de procesar el ruido porque mi mente está atrapada en un único pensamiento obsesivo: Ella vive aquí. En esta misma extensión de tierra. Camina por estas calles. Respira este mismo aire contaminado de Los Ángeles.
Por primera vez en cuatro interminables años, la distancia física que nos separa ya no se mide en mapas, husos horarios ni océanos atlánticos. Ahora se mide únicamente en decisiones. En el valor que tenga para cruzar una puerta.
—¡Henry! ¡Henry, por aquí, por favor! —Uno de los periodistas locales de espectáculos logra burlar el primer anillo de seguridad, estirando un micrófono hacia mí mientras los guardaespaldas lo empujan hacia atrás—. ¿Es cierto el rumor de que Montgomery Magazine será la primera y única revista que tendrá la exclusiva de ustedes durante esta gira por los Estados Unidos?
Me detengo en seco por un microsegundo, levantando la cabeza con sorpresa. ¿Montgomery Magazine? ¿Cómo demonios se ha filtrado ya esa información a los medios de comunicación si apenas estamos aterrizando?