Valentina
La casa estaba sumida en un silencio absoluto, denso y reconfortante. Era una de esas escasas y efímeras horas del día en las que el ritmo vertiginoso del mundo exterior parecía congelarse por completo, dándome un respiro.
Después de jugar en la alfombra durante casi una hora para disipar las angustias de la mañana, leerle dos cuentos sobre castillos flotantes y arrastrarme por el suelo para convencerla de que los monstruos no vivían debajo de la cama ni detrás de las cortinas, Darcy finalmente se había quedado profundamente dormida. Estaba acurrucada de lado, abrazando con fuerza a su inseparable conejo de peluche con una oreja rota. Me incliné sobre el borde de la pequeña cama con infinita ternura y le deposité un beso suave en la frente, apartándole un mechón de cabello.
—Buenas noches, mi princesa hermosa. Que tengas los sueños más dulces del mundo —susurré en la penumbra.
Ella murmuró algo completamente ininteligible entre sueños, soltando un leve suspiro antes de acomodarse mejor sobre la almohada.
Sonreí de lado. No existía en todo el universo una sensación más pura, reconfortante y bonita que verla dormir con esa paz absoluta. Durante unos segundos prolongados me quedé inmóvil, simplemente observando el sube y baja de su pecho al respirar. Se había convertido en una costumbre diaria, casi en una necesidad biológica. Como si al mirarla pudiera autoengañarme y asegurarme de que, a pesar del caos que amenazaba con desatarse mañana, mi mundo seguía en perfecto orden y bajo control.
Apagué la lámpara de noche con cuidado y cerré la puerta de la habitación sin hacer el menor ruido. Apenas salí al pasillo alfombrado, Rosa apareció desde la cocina sosteniendo una taza de café humeante entre las manos, mirándome con complicidad.
—Ya se durmió por completo, ¿verdad? —preguntó Rosa en voz baja, entregándome la taza.
—Sí, pero le costó un poquito más de lo normal conciliar el sueño. Estaba muy inquieta.
Rosa asintió con un gesto comprensivo, acomodándose el delantal.
—Es normal, hija. Lo que pasó esta mañana en el preescolar todavía le estaba dando vueltas en esa cabecita. Los niños absorben las tensiones muy rápido.
Bajé la mirada hacia el líquido oscuro, sintiendo una punzada de culpa.
—Lo sé, Rosa. Me duele pensar que mis miedos terminen afectándola a ella.
—No te castigues tanto, Valentina. Haces un trabajo excepcional —Rosa apoyó una mano cálida y firme sobre mi brazo—. Darcy tiene una madre maravillosa, dedicada y fuerte. Nunca lo dudes.
Sonreí con un deje de profunda tristeza, sosteniendo la taza con ambas manos.
—Ojalá ser una madre maravillosa fuera suficiente para blindarla del mundo exterior, Rosa.
—Para ella lo es todo, créeme. No necesita nada más.
No respondí. Me limité a darle un sorbo al café porque, muy en el fondo de mi alma, ni siquiera yo estaba convencida de mis propias capacidades. Desvié la mirada hacia el reloj de pared de la cocina y fruncí el ceño al procesar los números.
Las siete y diez de la noche.
Me quedé helada. Sentí un vuelco violento en el estómago y el corazón me dio un vuelco.
—No puede ser... no, no, no. Esto es imposible —murmuré, dejando la taza sobre la mesa con brusquedad.
—¿Qué pasó, Valentina? Me estás asustando.
Abrí los ojos de golpe, invadida por una repentina ola de pánico puramente profesional.
—La reunión de la colección París, Rosa. ¡La olvidé por completo!
Tomé a toda prisa mi teléfono celular del bolsillo del jean. La pantalla se iluminó mostrando un panorama desastroso: cinco llamadas perdidas, tres mensajes de texto de Lía con signos de exclamación y dos correos corporativos marcados con la etiqueta de alta prioridad. Me llevé una mano a la frente, incrédula. ¿Cómo demonios había sido capaz de olvidar algo así? Lievábamos casi seis meses de trabajo extenuante preparando esa línea. Era la primera vez que mi casa de diseño Dars Montgomery presentaría una colección completa en el prestigioso Fashion Week de París. Diseñadores, modelos internacionales, maquilladores, productores y los patrocinadores más importantes de Europa. Todo, absolutamente todo el futuro de la división de moda dependía de esta noche de aprobaciones. Y yo, simplemente... lo había borrado de mi mente por rescatar a Darcy de sus fantasmas.
—Rosa, necesito cambiarme y volver a la oficina de inmediato. Esto es una crisis.
—Ve totalmente tranquila, hija —me calmó ella, empujándome suavemente hacia las escaleras.
—¿Estás segura? Es tardísimo. No me gusta dejarte sola con toda la responsabilidad nocturna.
—Por favor, Valentina. ¿Quién crees que va a cuidar a esta pequeña señorita mejor que yo mientras su mamá sale a conquistar el mundo y a firmar contratos? Muévete.
No pude evitar soltar una risa nerviosa ante su optimismo.
—Gracias, de verdad. Te debo la vida.
—Ve antes de que tu asistente pierda la cabeza y redacte su carta de renuncia.
—Conociendo a Lía, no creo que le falte mucho para hacerlo —respondí mientras subía los escalones de dos en dos.
Entré a mi habitación y me cambié a una velocidad récord. Dejé atrás los jeans cómodos y los reemplacé por una falda de de tiro alto color marfil, una blusa de seda negra con escote sutil y un blazer estructurado del mismo tono. Recogí mi cabello castaño en un moño bajo, pulcro y perfectamente estirado. Un toque rápido de labial rojo, unas gotas de mi perfume habitual y listo. La Valentina vulnerable, la madre asustada, desapareció detrás del espejo. La Directora Ejecutiva, implacable y magnética, volvía a tomar el escenario.
Cuando mi chofer detuvo el automóvil frente a las oficinas de Montgomery Magazine, el edificio de veinte pisos seguía completamente iluminado, brillando en el centro de la ciudad como un faro de cristal. Era una imagen corporativa que siempre me había fascinado. Mientras otras empresas apagaban sus luces al caer la tarde, en nuestro Imperio las ideas creativas apenas comenzaban a tomar forma en la oscuridad.