Valentina
El despertador de mi mesa de noche sonó con su tono metálico e implacable exactamente a las seis en punto.
Por primera vez en mucho tiempo, el sonido no me tomó por sorpresa; ya estaba completamente despierta, con la mirada fija en las sombras que el tragaluz proyectaba sobre el techo de mi habitación. Había pasado gran parte de la madrugada dando vueltas entre las sábanas, atrapada en un insomnio agobiante. Cada vez que intentaba cerrar los ojos y respirar con calma, la misma imagen regresaba a mi mente con una nitidez tortuosa. Una sala de reuniones de diseño minimalista. Una inmensa mesa de juntas de roble oscuro. Y Henry Stone sentado justo al otro lado, observándome con esos ojos verdes que alguna vez significaron mi hogar y que ahora solo representaban mi mayor herida.
Suspiré profundamente, estirando el brazo para apagar la alarma de un golpe seco. Me senté en el borde de la cama, apoyando los pies descalzos sobre la alfombra fría.
—No vas a arruinar mi día —murmuré para mí misma.
Me puse de pie decidida a cumplir esa promesa con cada fibra de mi ser. Ningún fantasma del pasado iba a tambalear los cimientos de la vida que me había costado cuatro años construir.
Como todas las mañanas en esta casa, el aroma denso y reconfortante del café recién colado ya inundaba los pasillos y la cocina. Al bajar las escaleras, descubrí que mi madre estaba instalada aquí en casa, vistiendo un vestido azul claro de seda impecable mientras hojea distraídamente el último borrador impreso de nuestra editorial de modas. A su lado, Rosa terminaba de preparar el desayuno, moviéndose entre la estufa y la encimera con la familiaridad de quien es parte de la familia.
—Buenos días, mi querida dormilona —dijo mi madre, sin levantar la vista de las páginas satinadas de la revista.
Me acerqué a la cafetera, esbozando una leve sonrisa de complicidad.
—Si me llamas dormilona otra vez, mamá, voy a empezar a creer que olvidaste por completo quién de las dos es la que dirige un imperio editorial de veinte pisos.
Mi madre bajó la revista lentamente, revelando una sonrisa cargada de picardía y ese orgullo materno que a veces me desarmaba.
—Y yo voy a tener que recordarte, mi querida directora ejecutiva, que esa misma jefa implacable que hoy conquista Nueva York se despertaba llorando a mitad de la noche cuando tenía pesadillas con monstruos en el armario.
—Mamá, por favor... no empieces tan temprano —le rogué, sintiendo cómo las mejillas se me templaban ligeramente.
—¿Qué tiene de malo? Es la verdad. Ser exitosa no te quita el derecho a tener memoria —respondió ella, guiñándole un ojo a Rosa.
Negué con la cabeza, divertida, mientras me servía una taza de café negro bien cargado. Había cosas en la dinámica de esta casa que, afortunadamente, nunca iban a cambiar, sin importar el estatus o la fama.
—¿Darcy sigue dormida en su habitación? —preguntó mamá.
—Cinco minutos más de tregua y la tendrás aquí abajo corriendo descalza, preguntando con carita de ángel si puede desayunar helado de vainilla en lugar de avena —comenté, dando un sorbo a mi taza.
Solté una pequeña risa, imaginándome la escena.
—Eso de pedir postre por la mañana definitivamente es culpa tuya. La tienes demasiado consentida.
—Para nada —me defendí con fingida indignación—. Eso no es consentimiento, es genética pura. Ella heredó mi terquedad y mi gusto por lo dulce.
Antes de poder decir ptra cosa para defenderme, el sonido rítmico y apresurado de unos pequeños pasos descalzos comenzó a escucharse desde el pasillo principal.
—¡Mamita! ¡Mamita, ya desperté!
Darcy apareció corriendo en el umbral de la cocina, con su pijama de nubes celestes, el cabello castaño completamente alborotado y enredado, y su conejo de peluche con la oreja rota firmemente sujeto bajo el brazo. Venía tan rápido y con tanto entusiasmo que casi resbala sobre el piso de madera recién pulido.
Me agaché de inmediato, abriendo los brazos para recibirla justo antes de que chocara con fuerza contra mis piernas. La levanté en vilo, llenándome los pulmones con su aroma a bebé y a sábanas limpias.
—Buenos días, mi princesa hermosa.
—Buenos días, mami —murmuró, rodeándome el cuello con sus pequeños brazos antes de depositar un beso ruidoso y húmedo en mi mejilla. Luego, apoyó su cabeza cansada sobre mi hombro, acurrucándose.
—¿Dormiste bien anoche? ¿Se fueron los monstruos?
Ella asintió con la cabeza contra mi cuello.
—Sí. Ya no tuve miedo. Soñé contigo.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué hacía en tu sueño?
—Estábamos en Roma, mami. En una calle con muchas luces.
Sonreí, sintiendo una calidez inmensa en el pecho.
—¿Y qué hacíamos en Roma, mi amor?
—Comíamos mucho helado, y muchos chocolates gigantes de una tienda.
Mi madre soltó una carcajada sonora desde la mesa, dejando la revista de lado.
—Vaya, vaya. Definitivamente tiene las prioridades de la vida muy claras a sus cuatro años.
Darcy se separó un poco de mí, mirándola con una seriedad cómica y frunciendo su pequeña nariz.
—El chocolate siempre es una prioridad importante, abuelita. Lo dice la televisión.
Rompimos a reír al unísono, disipando la última pizca de niebla matutina. Durante esos escasos minutos, todo volvió a sentirse increíblemente normal, seguro y perfecto. Como si la reunión de las diez de la mañana no existiera en mi agenda. Como si la llamada de Simón de la noche anterior hubiera sido un mal sueño. Como si Henry Stone siguiera siendo únicamente un recuerdo borroso y lejano que no podía hacerme daño.
A las ocho y media en punto, el auto se detuvo suavemente frente al jardín infantil de Darcy. El sol de la mañana ya brillaba con fuerza sobre las calles de Los Ángeles.
Ayudé a Darcy a bajar del asiento trasero, acomodándole con cuidado la pequeña mochila rosa sobre sus hombros y cepillándole el cabello con los dedos. Ella me tomó de la mano, mirándome con esos ojos enormes llenos de expectación.