Valentina
Al día siguiente entendí que trabajar con Henry Stone iba a ser un desafío destructivo, mucho más difícil de lo que había imaginado en mis peores pesadillas.
No porque él estuviera haciendo algo deliberado para incomodarme o desafiar mi autoridad. Todo lo contrario. Desde el mismísimo segundo en que cruzó la puerta del estudio fotográfico a las siete de la mañana, se había comportado de manera impecable. Exactamente como cualquier profesional de primer nivel. Cortés con los asistentes, puntual, siguiendo cada instrucción del equipo al pie de la letra. Demasiado profesional. Demasiado perfecto. Y eso, de alguna manera perversa, lo hacía infinitamente peor. Habría sido mil veces más fácil manejar su arrogancia; su disciplina actual me desarmaba.
Estoy de pie detrás del monitor principal del centro de control, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, observando la ráfaga de fotografías que el equipo creativo acaba de capturar.
En la escenografía del fondo, Louis está sentado con actitud desenfadada sobre una estructura metálica industrial, mientras Noah y Zack permanecen un par de pasos detrás de él, recortados contra un fondo gris humo. Los cuatro llevan combinaciones del nuevo vestuario de alta costura que seleccioné y el concepto sobrio que diseñé empezaba a tomar una forma impresionante. La producción estaba saliendo exactamente como la había planificado en mis bocetos. Elegante. Oscura. Con una personalidad arrolladora y madura.
Pero mi atención, traicionera e incontrolable, volvía una y otra vez hacia el mismo punto focal del plató.
Henry.
Él está en el centro del encuadre. El fotógrafo le indica con un gesto que gire ligeramente el rostro hacia la izquierda para aprovechar la luz cenital. Él obedece sin dudar, marcando la línea definida de su mandíbula.
—Perfecto, mantén esa pose un segundo —pide el fotógrafo antes de presionar el disparador.
Click. Otra fotografía de alta resolución aparece instantáneamente en la pantalla.
—Un poco más serio, Henry. Dame algo más de profundidad en la mirada.
Henry cambia la expresión de inmediato, entrecerrando los ojos con esa intensidad natural que volvía locas a millones de personas en los estadios. El flash vuelve a iluminar el estudio con una ráfaga blanca.
Aparto la mirada bruscamente del monitor, sintiendo un calor incómodo en las mejillas. No debería estar observándolo de esa manera. No debería estar diseccionando sus gestos, ni la forma en que se acomoda el cabello, ni cómo le sienta esa chaqueta de cuero. No debería recordar. Pero mi memoria parece tener una voluntad propia y perversa en este lugar, y decide traicionarme sin piedad, arrastrándome cuatro años atrás...
Cuatro años atrás
El sol se estaba hundiendo lentamente detrás del horizonte del océano, tiñendo el cielo de Malibú con tonos dorados y violetas. Caminábamos descalzos por la orilla de la playa, sintiendo la espuma fría del mar mojar nuestros pies, con las manos fuertemente entrelazadas.
Henry llevaba esa sonrisa desordenada y transparente que siempre, absolutamente siempre, conseguía desarmar todas mis defensas.
—Valentina —dijo de pronto.
—¿Sí? —pregunto, mirándolo de lado.
Se detuvo en seco sobre la arena mojada. Yo me detuve con él, extrañada por la sobriedad repentina de su gesto.
—Quiero hacerte una promesa solemnemente hoy. Aquí y ahora.
Sonreí, soltando una pequeña carcajada por su tono melodramático.
—¿A sí? ¿Y se puede saber qué clase de promesa, señor Stone?
Dio un paso hacia mí y acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos, con una ternura que me helaba la piel.
—Pase lo que pase con la industria, pase lo que pase con la gira... nosotros vamos a seguir juntos. Siempre.
Lo miré en silencio, sintiendo un nudo agridulce en la garganta.
—¿Incluso cuando la banda se vuelva astronómicamente más famosa de lo que ya es? ¿Cuando no tengas tiempo ni para dormir?
—Especialmente entonces —aseguró sin dudar un solo segundo. Acercó la otra mano y tomó mi rostro entre ellas, obligándome a sostenerle la mirada—. La fama no va a separarnos jamás, Valentina. No soy como esos idiotas que pierden el piso. Tú eres mi centro.
Mi corazón latía con tanta fuerza contra mi pecho que juré que el ruido de las olas no lograría apagarlo.
—Te creo —susurré, buscando refugio en su palma.
—Nunca voy a dejarte —reiteró sobre mis labios—. Nunca.
Me besó con una pasión lenta y profunda mientras el sol terminaba de ocultarse. Y yo le creí cada una de sus palabras. Ese fue, sin duda alguna, el gran error de mi vida.
Presente
—Señora Montgomery... —la voz del fotógrafo principal interrumpe mi trance, devolviéndome de golpe a la realidad del estudio.
Parpadeo varias veces para disipar la niebla del recuerdo y aclaro mi garganta.
—¿Sí? ¿Qué sucede?
—¿Qué opina de esta ráfaga? —pregunta, señalando la última toma en la pantalla gigante—. ¿Le parece que tenemos la imagen principal o hacemos otra?
Miro nuevamente el monitor. La fotografía es sencillamente magistral. Henry aparece en primer plano, con la iluminación justa marcando sus facciones, capturado en un segundo de vulnerabilidad casi imperceptible que le otorga una fuerza magnética al encuadre.
—Esa —digo, señalando con el índice la imagen en el centro—. Esa es la portada definitiva. No necesitamos buscar más.
El fotógrafo sonríe, satisfecho con la elección.
—¿Completamente segura?
—Completamente. Es perfecta.
Desde el otro lado del estudio, sobre el escenario iluminado, Henry escucha la decisión. Por un reflejo incontrolable, nuestros ojos se encuentran a través de la distancia durante apenas un segundo. Él no sonríe. Yo tampoco sostengo el gesto.