Valentina
Tres días.
Eso era todo lo que me separaba de Santorini.
Tres días de carrera constante contra el reloj para terminar los asuntos pendientes en la revista, dejar las pautas de edición organizadas y conseguir algo que no había disfrutado en demasiado tiempo: un poco de paz.
Aunque, siendo dolorosamente sincera conmigo misma, no tenía la menor certeza de si era capaz de encontrarla.
Desde que Henry había irrumpido nuevamente en mi vida, mi propia mente se había transformado en un lugar hostil e imposible de habitar. Cuando intentaba concentrarme en las maquetaciones de la revista, su voz resonaba en mi memoria. Cuando jugaba con Darcy en el salón de mi casa, me descubría buscando en sus facciones los rasgos de él. Cuando cerraba los ojos por las noches tratando de conciliar el sueño, el fantasma de su mirada me desvelaba. Y cuando, por milagro, lograba olvidarlo durante un par de minutos, cualquier detalle insignificante terminaba trayéndolo de regreso.
Por esa misma razón había aceptado la invitación de mi madre sin dudarlo demasiado.
Santorini. Mi refugio favorito en el mundo. El mar Egeo perdiéndose en el horizonte, el sol abrasador, mi hija riendo sin preocupaciones y mis padres cuidándome. Y, sobre todo, la promesa implícita de que allá no habría reuniones ejecutivas, ni entrevistas de última hora, ni flashes de cámaras, ni portadas de ningún tipo. Y, por encima de cualquier otra cosa, ningún Henry Stone.
O al menos eso era lo que intentaba repetirme como un mantra.
—¿Ya empacaste todo o vas a dejar las maletas para cinco minutos antes de salir al aeropuerto?
La voz perspicaz de Lía, mi asistente y mano derecha, rompió el silencio de mi oficina, haciéndome levantar la vista del monitor de mi computadora.
—Casi todo —mentí, apoyando los codos sobre el escritorio.
Lía arqueó una ceja, mirándome con un gesto de escepticismo absoluto.
—Eso significa, traducido a tu lenguaje habitual, que no has metido absolutamente nada en el equipaje.
Suelto una pequeña risa, estirando los hombros cansados.
—Tengo tres días enteros por delante, Lía. No exageres.
—Precisamente porque llevo trabajando contigo el tiempo suficiente, te conozco mejor que nadie, Valentina. Sé que dejarás las maletas para la madrugada del vuelo.
Lía avanzó por la oficina y depositó una carpeta bastante abultada sobre mi mesa.
—Aquí tienes todo el material supervisado que necesitas revisar y firmar antes de abordar ese avión —anunció, cruzándose de brazos.
Recibí el expediente y le dediqué una mirada llena de gratitud.
—De verdad... ¿Qué haría yo en esta revista sin ti?
—Probablemente trabajarías veinticuatro horas seguidas sin parar a comer, te alimentarías exclusivamente de café frío y colapsarías en menos de un mes.
—Eso suena tristemente probable —admití con una mueca.
—Y definitivamente no te tomarías unas vacaciones en tu vida.
—También es ridículamente probable.
Lía dejó de lado su tono burlón y me miró fijamente, adoptando una postura mucho más seria y maternal.
—Valentina, hablo muy en serio. Esta vez tienes que desconectarte de verdad.
—Lo sé, Lía —suspiré, repasando con los dedos los bordes de la carpeta.
—No lo digo por cumplir, Valentina. Necesitas esto. Tu cuerpo y tu cabeza lo necesitan.
—Sí, lo entiendo.
—No quiero ver ni un solo correo electrónico enviado por ti desde una playa griega, ¿me oíste? Si veo tu nombre en mi bandeja de entrada, voy a ignorarte por completo.
—No puedo prometerte nada si surge una emergencia editorial.
—¡Valentina Montgomery! —me reprendió con una falsa amenaza.
No pude evitar soltar una risotada genuina.
—Está bien, está bien. Lo intentaré con todas mis fuerzas. Lo prometo.
Ella negó con la cabeza, esbozando una sonrisa afectuosa.
—Por cierto, ya dejé confirmada la reunión con el equipo de redacción de París para la próxima semana. Tuvimos que ajustar los horarios por la diferencia de zona.
—Perfecto. Muchas gracias.
—Y ya dejé instrucciones estrictas a todo el personal del piso para que la revista siga funcionando sin contratiempos mientras estés fuera. Nadie tiene permitido llamarte a menos que el edificio se esté incendiando.
—Excelente trabajo, como siempre —sonreí y cerré la pantalla de mi portátil con un chasquido firme—. Entonces... ¿Significa que oficialmente estoy de vacaciones?
—No —corrigió Lía con una sonrisa cómplice—. Oficialmente, estás intentando tener vacaciones. Que no es lo mismo, pero es un gran avance para ti.
Las dos nos reímos en la quietud de la oficina. Pero en cuanto ella juntó sus carpetas y cruzó la puerta dejándome a solas, la sonrisa se me congeló en los labios progresivamente.
Giré la cabeza hacia la mesa y fijé la vista en la pantalla negra de mi teléfono. No había notificaciones. Ni llamadas perdidas, ni mensajes. Nada.
Y aun así, el pensamiento volvió a arrastrarme hacia él. Hacia Henry. Hacia la forma en que sus ojos verdes brillaron cuando soltó aquella promesa temeraria antes de abandonar mi despacho: «Te voy a reconquistar, Valentina».
Negué con la cabeza, apretando la mandíbula con frustración.
—Idiota... —murmuré para el espacio vacío.
Pero no tenía la menor idea de si me estaba refiriendo a él por decir semejante locura... o a mí misma por seguir repitiendo sus palabras en mi mente como si tuvieran algún valor.
Los tres días transcurrieron a una velocidad abrumadora. Entre el cierre de edición, la revisión final de documentos, las llamadas con la imprenta y la logística del viaje, apenas me quedó margen de tiempo libre para detenerme a pensar. Y, en el fondo, agradecí intensamente ese ritmo frenético.
El último día antes del vuelo logré salir de la oficina más temprano de lo habitual. En cuanto crucé el umbral de mi casa, escuché los pasos apresurados de mi hija resonando por el pasillo.