Papá?

Capítulo 8

Valentina

Santorini tenía una manera extraña, casi mística, de hacerme olvidar que existía el resto del mundo fuera de sus acantilados.

Tal vez era el color imposible del mar Egeo, que cambiaba de un azul cobalto a un turquesa brillante según la inclinación del sol. O las pequeñas casas de cal blanca que parecían colgar al borde del abismo, desafiando a la gravedad. Quizá era el sonido constante y rítmico de las olas golpeando suavemente contra las rocas volcánicas, o simplemente el hecho de que, por primera vez en cuatro largos años, no había ningún comité editorial ni ninguna junta ejecutiva esperándome para tomar una decisión urgente.

Aquí no era la directora ejecutiva inquebrantable de Montgomery Magazine. No era la diseñadora exhausta que tenía una colección de alta costura pendiente para presentar en París. No era la mujer fuerte que debía fingir ante todos que podía con el peso del mundo sobre sus hombros sin desmoronarse.

Aquí solo soy Valentina.

Y, sobre todo, soy la mamá de Darcy.

—¡Mami! ¡Mira esto!

La voz aguda y llena de energía de mi hija me obligó a levantar la mirada del libro que descansaba sobre mi regazo.

Darcy corría de un lado a otro por la amplia terraza de piedra de la villa, con un pequeño sombrero de paja con lazo rojo que apenas conseguía mantenerse sobre su cabeza inclinada. El viento marino le despeinaba los rizos mientras apuntaba con entusiasmo hacia el horizonte.

—¡Mira, mami! —exclamó, abriendo los brazos de par en par—. ¡Mira todo ese mar enorme!

No pude evitar que una sonrisa genuina se dibujara en mis labios. Ella ama el mar.

—Lo estoy mirando, mi princesa. Es precioso, ¿verdad?

—¡Es gigantesco! —dijo, dando un pequeño salto—. ¡Es muchísimo más grande que la piscina de la casa y que la del club!

—Muchísimo más grande, mi amor. Es un océano entero.

Darcy se detuvo en seco, poniendo un dedito sobre sus labios con expresión profundamente pensativa.

—¿Y allí abajo también hay peces de colores?

—Muchísimos —le aseguré, acomodándome en la reposera—. Hay peces grandes, pequeños, pulpos y estrellas de mar.

Sus ojos verdes se abrieron de par en par, brillando con emoción pura.

—¿Podemos ir ahora mismo a nadar y verlos a todos?

—Tal vez mañana por la mañana, cielo —le respondí con tono calmado—. Hoy acabamos de bajar del avión y tenemos que desempacar las maletas y descansar un poco.

—Pero si yo ya estoy súper lista —protestó, dando pataditas leves en el suelo—. ¡Mírame, ya tengo puestas mis sandalias de agua!

Solté una risita suave, negando con la cabeza.

—Eres demasiado impaciente, Darcy Montgomery.

—No soy impaciente —corrigió de inmediato, cruzándose de brazos con una dignidad adorable—. Soy una exploradora aventurera.

A unos metros de nosotras, mi padre, que estaba reclinado en un sillón de mimbre junto a mi madre disfrutando de un café, soltó una carcajada profunda que resonó en la terraza.

—Esa niña definitivamente tiene el carácter insostenible de nuestra familia —comentó papá, guiñándome un ojo—. No hay duda alguna de que lleva tu sangre, Valentina.

—Eso es lo que dicen todos cuando no tienen que lidiar con sus rabietas —repliqué con humor.

Darcy escuchó la voz de su abuelo y corrió hacia él a toda velocidad, haciendo sonar sus pequeñas sandalias contra las baldosas.

—¡Abuelito Alec!

Mi padre se inclinó y la levantó en vilo sin el menor esfuerzo, sentándola sobre su regazo mientras ella soltaba una risita limpia.

—A ver, dígame, señorita aventurera, ¿cuál es el plan para hoy?

—¡Quiero conocer absolutamente toda la isla! —anunció Darcy con los brazos abiertos—. ¡Las casas blancas, los barcos y los peces!

—¿Toda la isla en un solo día? —preguntó papá, fingiendo un asombro desmedido—. Me parece que para semejante expedición vamos a necesitar quedarnos muchísimos días aquí.

Darcy sonrió plenamente victoriosa, acomodándose contra el pecho de su abuelo.

—¡Muchos días! ¡Todos los días del mundo!

Giré la cabeza hacia la derecha y me encontré con la mirada de mi madre. Me observa en silencio desde su asiento, sosteniendo una taza de té entre las manos, con esa sonrisa tranquila y calculadora que solo ella sabía poner cuando sabía que tenía la razón absoluta.

—¿Lo ves ahora? —murmuró en voz baja para que solo yo la escuchara.

—¿Ver qué? —inquirí, haciéndome la desentendida.

—Esto es exactamente lo que necesitabas. Salir de esa burbuja de trabajo y tensión en Los Ángeles.

Miré a mi alrededor: la luz dorada del atardecer tiñendo las paredes blancas, el sonido del mar, la risa de mi hija con su abuelo. Y por primera vez en semanas, no tuve ganas de discutir ni de buscar argumentos defensivos.

—Sí —admití, dejando caer los hombros—. Tal vez sí tenías razón, mamá.

Esa misma tarde, cuando el calor del sol empezó a dar tregua, decidimos salir a dar un paseo por los senderos empedrados de Oia.

Darcy caminaba justo en medio de mis padres, sosteniendo con fuerza la mano izquierda de mi padre y la derecha de mi madre, columpiándose de vez en cuando entre los dos con risotadas espontáneas. Yo me quedé unos pasos más atrás, disfrutando de la caminata en solitario y observándolos.

La brisa del mar le movía el cabello a mi hija. Lleva un vestido blanco de lino y unas sandalias ligeras. Está feliz. Completamente radiante.

Y, paradójicamente, contemplar esa escena tan pura hizo que una punzada sorda de culpa se me instalara en el pecho.

Durante los últimos días, desde la reaparición de Henry en la revista, había estado tan dolorosamente absorta en mi propio caos interno, en mis miedos, en mi orgullo herido y en la amargura del pasado, que había olvidado algo fundamental: Darcy también estaba absorbiendo esa tensión. Mi hija necesitaba esto. Necesitaba un respiro, un cambio de aire, un entorno donde el ambiente no estuviera cargado de secretos no dichos ni de rencores adultos. Un lugar donde simplemente pudiera ser una niña pequeña jugando con sus abuelos.



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En el texto hay: abandono, romance, papa ausente

Editado: 29.08.2026

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