Papá?

Capítulo 9

Valentina

El aire salado de Santorini parecía haberse congelado a nuestro alrededor. En ese momento mi padre llegó a la playa para buscarnos y encontró esta escena. Él a lo lejos apretaba la mandíbula, listo para conducirnos de regreso a la villa; la presencia de Henry y los chicos de la banda a unos pocos metros creaba una gravedad de la que me era imposible escapar. Darcy continuaba abrazada a mi cuello, pero sus ojos cansados seguían fijos en Henry, buscando en él una seguridad que el shock del momento casi le había arrebatado.

Giré ligeramente sobre mis pies, sosteniendo a Darcy con más firmeza, pero rehusando alejarme así sin más. Miré no solo a Henry, sino a Louis, Noah y Zack, quienes nos observaban a una distancia prudente con una mezcla de empatía y genuino alivio.

—De verdad... estoy profundamente agradecida con todos ustedes —dije, sintiendo cómo se me apretaba la garganta al pronunciar cada palabra—. No sé qué habría sido de mi vida si no la hubieran encontrado. ¿Cómo... cómo puedo pagarles esto?

Louis dio medio paso al frente, alzando las manos con una sonrisa serena y amable.

—No tienes nada que pagarnos, Valentina. Nos alegra de corazón que la pequeña esté bien —dijo con sinceridad.

Pero Henry, que no había dejado de mirarme ni un solo segundo, dio un paso más hacia nosotros. Su voz sonó rápida, impulsiva, pero cargada de una necesidad desesperada que hacía tiempo no escuchaba en él.

—Con una cita —soltó rápidamente.

Un silencio sepulcral cayó sobre la playa. Mi padre dio un paso al frente, abriendo la boca para intervenir con furia, pero Henry levantó una mano, pidiéndole espacio con una humildad que desarmó su inminente ataque.

—Sé lo que vas a decir, Valentina —agregó Henry apresuradamente, fijando sus ojos verdes en los míos, súplices y temblorosos—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero dame una oportunidad para hablar bien. Solo eso. Hablar sin interrupciones, sin el peso del pasado aplastándonos.

La rabia y la necesidad instintiva de proteger el muro que me había costado cuatro años construir volvieron a brotar en mí. Negué con la cabeza de inmediato, apretando los labios.

—No, Henry. No —respondí rotundamente—. No me pidas esto. Te agradezco enormemente lo que hiciste por Darcy, pero no voy a... No podemos hacer como si nada hubiera pasado. No hay nada de qué hablar.

Henry pareció marchitarse ante mi negativa, agachando la cabeza mientras apretaba los puños. Pero antes de que pudiera dar la vuelta para marcharme, sentí un pequeño tirón en el cuello de mi blusa.

—Mami... —murmuró Darcy desde mi hombro. Su voz era apenas un suspiro quebradizo—. El señor Henry fue muy bueno conmigo. Cuando estaba asustada entre las rocas, él me prometió que me traería contigo si yo no lloraba. Y se quedó conmigo todo el tiempo.

Darcy inclinó la cabeza, mirando a Henry con esos ojitos llenos de una devoción pura e inocente. Luego me miró a mí, acariciándome la mejilla con su manita tibia.

—¿Por qué no puedes ir con él, mami? Solo un rato... él me cuidó mucho.

El corazón se me partió en mil pedazos. Miré la carita de mi hija, cansada, con rastros de lágrimas y arena en las mejillas, y luego volví a mirar a Henry. Él observaba a la niña como si fuera el milagro más grande del universo, con los ojos empañados en lágrimas que amenazaban con derramarse.

Soplé un suspiro largo y tembloroso, sintiendo cómo mis defensas se desmoronaban, no por él, sino por la mirada de la pequeña que llevo en brazos.

—Bien —accedí finalmente, dejando escapar el aire con pesadez. Alcé una ceja, fijando en Henry una mirada inflexible—. Saldremos, pero no será una cita. Que quede absolutamente claro. Será algo común y corriente. Un café, un lugar neutral. Sin pretensiones.

Un destello de luz iluminó el rostro de Henry de inmediato. Una gran sonrisa, sincera y llena de alivio, se dibujó en sus labios, haciéndole formar esas arrugas familiares alrededor de los ojos.

—Lo que tú digas —dijo rápidamente, dando un paso atrás como si no quisiera romper el frágil acuerdo al que habíamos llegado—. Lo que tú digas, Valentina. Gracias... de verdad, gracias por la oportunidad.

—Mañana por la tarde. En el centro del pueblo, cerca de la plaza principal —sentencié, manteniendo la distancia firme—. Te enviaré la hora exacta.

—Ahí estaré. A la hora que digas —aseguró él, asintiendo con devoción.

Mi papá me miró de reojo, visiblemente disconforme, pero respetando mi decisión al notar el agotamiento en mi rostro.

—Nos vamos a la villa ahora —dijo él en un tono neutro, pero firme—. Darcy necesita cenar y descansar.

—Adiós, señor Henry —despidió Darcy levantando su manita antes de recostar nuevamente la cabeza en mi cuello.

—Hasta mañana, princesa —respondió Henry con la voz quebrada por la emoción, viéndonos alejarnos por el camino de piedras mientras la brisa de Santorini nos envolvió en un atardecer que prometía cambiar nuestras vidas para siempre.

El camino de regreso a la villa fue un recorrido sumamente silencioso. Solo se escuchaba el crujir suave de nuestras sandalias sobre el sendero de piedra y el rumor constante del mar a lo lejos.

Darcy no tardó ni cinco minutos en quedarse profundamente dormida contra mi pecho. El peso de su cuerpo, tibio y relajado por el cansancio del susto, era la única ancla que me impedía desmoronarme a mitad del trayecto.

Al llegar, mi padre abrió la puerta principal de madera clara y se hizo a un lado para dejarnos pasar. Mi madre, al vernos, se acercó a mí de inmediato con movimientos suaves.

—Llévala a la cama, cariño —murmuró ella con voz muy baja—. Yo iré a prepararle algo ligero por si despierta con hambre más tarde.

Asentí en silencio. Subí los escalones hasta la habitación, donde la luz dorada del atardecer que moría en el horizonte atravesaba los ventanales. Con sumo cuidado, recosté a Darcy sobre las sábanas blancas, le quité las pequeñas sandalias llenas de arena y le retiré los rizos que se le pegaban a la frente.



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En el texto hay: abandono, romance, papa ausente

Editado: 29.08.2026

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