Papá?

Capítulo 10

Valentina

Henry bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre la mesa de madera. Pasaron varios segundos de un silencio denso en el que vi cómo la tensión en sus hombros aumentaba. Por primera vez desde que volví a encontrarlo en esta isla, parecía no tener una respuesta ensayada ni una frase de disculpa perfectamente preparada.

Y, contra todo pronóstico, eso me tranquilizó un poco.

Porque no quería escuchar un discurso prefabricado. No quería las frases bonitas que solía escribir cuando la culpa lo consumía, ni promesas imposibles de cumplir en el aire. No quería al artista adorado por las masas. Quería la verdad. La misma verdad cruda y desnuda que me debió aquella última noche en que decidió darme la espalda.

—Busco muchas cosas, Valentina —respondió finalmente. Su voz sonó más baja, rasposa, despojada de cualquier arista de arrogancia.

Levantó los ojos lentamente, exponiendo esa mirada verde que solía descifrarme por completo y que ahora parecía temblar ante el temor de verme partir.

—Pero sé perfectamente que no tengo el derecho de pedírtelas.

Me crucé de brazos, echándome un poco hacia atrás en la silla para marcar una barrera física entre los dos.

—Continúa —le ordené en un murmullo severo.

Henry respiró profundamente, llenando sus pulmones como si necesitara juntar todo el valor del que disponía antes de soltar la frase que llevaba cuatro años atragantada en su garganta.

—Quiero conocer a Darcy.

Mi mandíbula se tensó al instante. Sentí un chispazo de rechazo automático recorriéndome la espalda.

—Eso ya lo sé, Henry. Me lo dijiste en la playa.

—No, Valentina. Creo que realmente no entiendes cuánto necesito esto —hizo una pausa, tragando saliva con dificultad mientras sus dedos apretaban la superficie de la mesa—. Desde el preciso instante en que me enteré de que existía, desde que la vi entrando a tu oficina... no he podido dejar de pensar en ella ni un solo segundo. Siento que me falta el aire.

Giré la cara hacia la panorámica del acantilado, fijando la vista en los barcos que cruzaban el mar Egeo. El dolor del pasado amenazaba con empañarme los ojos, pero me negué a pestañear.

—Es muy fácil decirlo ahora —espeté con amargura.

—Lo sé.

—Es ridículamente fácil aparecer cuatro años después, cuando ya pasó la tormenta, a decir que quieres ejercer de padre y conocer a la niña —agregué, sintiendo cómo la rabia contenida volvía a flote.

—Sé que suena así, Valentina —su voz carecía por completo de defensas; no intentaba justificarse ni contradecirme—. Sé lo mal que se ve y lo egoísta que parece. Y no espero en absoluto que me creas solamente porque te lo diga ahora con la voz quebrada.

Vuelvo a mirarlo, encarando la vulnerabilidad de sus ojos.

—Entonces, ¿qué esperas de mí, Henry? ¿Qué pretendes al citarme aquí?

—Que me dejes demostrarlo —soltó sin dudar.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Henry se inclinó ligeramente hacia adelante, cortando la distancia con una desesperación medida, cuidando de no cruzar la línea invisible de mi espacio personal.

—No quiero llegar de la noche a la mañana a su vida y exigirle que me llame papá. No voy a forzarla a quererme de un día para otro, ni a imponerle mi presencia. Ni siquiera sé si algún día voy a merecer un lugar en su corazón —los ojos se le humedecieron levemente, aunque contuvo las lágrimas con orgullo—. Pero quiero intentarlo. Necesito intentarlo.

Algo dentro de mi pecho se movió, una sacudida lenta y profunda. No era perdón. Estaba muy lejos de serlo; las heridas de cuatro años de abandono no se curaban con una mirada triste. Era algo mucho más incómodo y peligroso: era la apertura de una posibilidad. Y las posibilidades son extremadamente peligrosas cuando has dedicado cuatro años enteros a levantar muros de piedra alrededor de tu corazón.

—¿Y conmigo? —pregunté, desviando el foco de Darcy hacia el terreno minado que éramos él y yo—. ¿Qué es lo que quieres de mí?

La expresión de Henry cambió. La urgencia por hablar de la niña dio paso a una sombra de cautela y deseo contenido.

—Quiero recuperar tu confianza.

Suelto una pequeña risa seca, desprovista de humor, negando con la cabeza.

—Eso no es una respuesta real, Henry. Eso es un cliché.

—Entonces te daré una respuesta mucho más honesta, aunque sé que te va a enojar. —Se pasó una mano frustrada por el cabello, desordenándoselo como hacía siempre que la ansiedad lo rebasaba—. Quiero recuperarte a ti.

Mi corazón dio un golpe violento contra mis costillas. Un vuelco absurdo e involuntario. Odiaba con toda mi alma que, incluso después de todo el daño y del tiempo transcurrido, su voz todavía tuviera ese efecto sobre mi anatomía.

—No puedes —sentencié con frialdad.

—Lo sé.

—No puedes desaparecer durante cuatro años, regresar un día cualquiera y esperar que yo simplemente vuelva a sentir lo mismo por ti.

—No espero que sientas lo mismo. Sé que la Valentina que dejé ya no existe y que la mujer que tengo enfrente construyó un imperio sin mí.

—¿Entonces por qué me lo dices? ¿Por qué me sueltas esto ahora?

—Porque me pediste la verdad, y porque no voy a mentirte más —hizo una pausa, clavando sus ojos en los míos con una intensidad desgarradora—. Todavía te amo, Valentina. Nunca dejé de hacerlo.

Mi respiración se detuvo por completo. Por un segundo eterno, el murmullo de la cafetería, el choque de las tazas y el viento de la costa desaparecieron. Todo el universo se redujo a la pequeña mesa de madera y a nosotros dos.

Era como si los últimos cuatro años de soledad no hubieran existido. Como si aquella fatídica noche en que me dejó con la maleta en la mano jamás hubiera sucedido. Pero la realidad era implacable: sí había sucedido. Y yo recordaba cada segundo, cada lágrima y cada punzada de dolor.

—No digas eso —murmuré, sintiendo que la voz se me atascaba en la garganta.



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En el texto hay: abandono, romance, papa ausente

Editado: 10.09.2026

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