||Han Jisung||
La habitación quedó sumida en ese arrullo suave de Sol, un sonido que para mí se había convertido en la música más importante de todo el hospital. Ver a Eunha sostenerla, con sus manos aún temblorosas pero decididas, me hizo entender que mi propuesta no era un impulso heroico, sino una necesidad vital.
Me acerqué un paso más, acortando la distancia física pero respetando su espacio sagrado con la bebé.
—Eunha, mírame —le pedí en un susurro. Ella lo hizo, con esos ojos que aún guardaban el reflejo de tormentas pasadas—. Aquí nadie piensa que te aprovechas. Lo que el personal ve es a una mujer que sobrevivió a lo imposible y a una niña que es un milagro. Y lo que yo veo… —pausé, buscando las palabras exactas para no asustarla— es a dos personas que no tienen por qué seguir luchando contra el viento ellas solas.
Ella apretó a Sol contra su pecho, aspirando el aroma a colonia de bebé y hospital.
—Tengo miedo, Jisung —confesó, y su voz fue tan pequeña que casi se pierde—. Miedo de que el pasado me encuentre, de que tú te canses de nosotros, de que un día te des cuenta de que esto es una carga demasiado pesada para un médico que tiene un mundo entero que salvar.
Sentí una punzada de dolor en el pecho. Me dolía que se viera a sí misma como una "carga".
—He pasado un mes entero frente a una pantalla de monitores en la UCI, cuestionándome cada decisión que he tomado en mi carrera —dije con total sinceridad—. Y en cada hora de silencio, lo único que me daba fuerzas para no renunciar era saber que al final del pasillo estaban ustedes. No eres una carga, Eunha. Eres el ancla que me recordó por qué quería ser médico en primer lugar: para proteger la vida, en todas sus formas.
Eunha guardó silencio, observando cómo Sol buscaba refugio en su cuello. Se hizo un vacío en la habitación, uno de esos silencios que deciden destinos.
—Mi departamento tiene una habitación que nunca uso —continué, tratando de sonar práctico para aliviar la tensión—. Está llena de cajas y libros de pediatría. Podríamos poner la cuna junto a la ventana. Hay un parque cerca, lejos del ruido de las ambulancias. Podrías terminar de recuperarte sin que nadie te pida una firma o un formulario cada cinco minutos.
Ella esbozó una sonrisa mínima, casi invisible, pero cargada de una ternura que me derritió por completo.
—¿Incluso si Sol llora a las tres de la mañana y tienes turno al día siguiente?
—Especialmente entonces —sonreí—. Soy pediatra, Eunha. El llanto de un bebé es mi despertador natural. Además, mi sanción me deja mucho tiempo libre este mes. Podría ser el "enfermero" de apoyo mientras tú retomas tus fuerzas.
Eunha suspiró, dejando caer los hombros, soltando por fin esa tensión defensiva que la acompañaba desde que llegó a urgencias aquella noche lluviosa. Estiró su mano libre y, por primera vez, fue ella quien buscó la mía. Sus dedos se entrelazaron con los míos sobre el barandal de la cuna.
—Está bien —susurró—. Acepto. Pero con una condición.
—La que quieras.
—Déjame ayudarte también. Con tus guardias, con ese peso que cargas en los hombros por lo de Minho. No quiero ser solo alguien a quien proteges, Jisung. Quiero que seamos… un equipo.
El corazón me dio un vuelco. "Un equipo". Esa palabra sonaba a hogar más que cualquier estructura de ladrillos.
—Trato hecho —respondí, sellando la promesa con una presión suave en su mano.
Esa noche, cuando regresé a mi departamento vacío, no me sentí solo. Empecé a mover las cajas de la habitación de invitados, despejando el espacio frente a la ventana donde entraba la luz del sol. Mientras ordenaba mis libros de medicina, me di cuenta de que el diagnóstico para mi propia vida había cambiado. Ya no era una línea recta de ambición profesional. Ahora era algo curvo, orgánico y lleno de esperanza.
Saqué mi cuaderno y, bajo la luz de la lámpara de escritorio, escribí una última frase antes de dormir:
"El hospital cura el cuerpo, pero hay heridas que solo se cierran cuando alguien decide abrirte la puerta de su casa. Mañana llegan aquí. Mañana, por fin, empiezo a vivir de verdad."
La mudanza no fue un despliegue de cajas y camiones, sino un acto silencioso de transición. Eunha solo tenía una maleta pequeña con ropa que las enfermeras le habían donado y la pañalera de Sol que yo mismo me encargué de equipar con lo mejor que pude encontrar.
El día del alta, el pasillo de pediatría parecía despedir a sus celebridades. Minji nos miró desde el mostrador; no dijo nada, pero su sonrisa ladeada y ese pulgar arriba me indicaron que, a pesar de la ética y los protocolos, ella entendía que esto era lo correcto.
—¿Lista? —le pregunté a Eunha frente a la puerta del hospital. El aire del exterior la hizo encogerse un poco, acostumbrada al clima controlado de las salas de urgencias.
—Tengo miedo de que el aire sea demasiado frío para ella —susurró, ajustando la manta de Sol en el huevito del coche.
—No dejaré que pase frío. Prometido.
Llegar a mi departamento fue como ver mi propio espacio a través de un lente nuevo. De repente, mi sala llena de revistas médicas y tazas de café a medio terminar me pareció fría. Pero cuando Eunha entró y dejó la pañalera sobre el sofá, el lugar cobró una calidez instantánea.
—Es... perfecto —dijo ella, recorriendo con la mirada los ventanales.
Las primeras semanas fueron un baile coreografiado de torpezas y ternura. Yo intentaba no invadir su espacio, pero me descubría a mí mismo despertando a las tres de la mañana antes de que ella siquiera se levantara, solo para preparar un biberón o comprobar que la temperatura de la habitación fuera la ideal.
—Jisung, tienes que dormir —me dijo una noche, encontrándome en la cocina a oscuras, balanceando a Sol sobre mi hombro porque tenía cólicos—. Mañana tienes que ir a ver a Minho al hospital antes de tu sanción.
—Ella me necesita ahora —respondí, sintiendo el peso ligero y cálido de la bebé contra mi pecho—. Y tú también necesitas descansar. Tus ojeras me dicen que no has dormido más de dos horas seguidas.