La lluvia llevaba horas cayendo sobre Oxford.
Sebastian observó las gotas resbalar por el parabrisas mientras esperaba dentro del auto, estacionado a una distancia prudente de la casa.
Cinco semanas atrás habían recibido una denuncia anónima que había puesto todo en marcha. Desde entonces, Sebastian había localizado la dirección indicada por la desconocida, había buscado expedientes relacionados con problemas provenientes de aquella familia y había hablado con vecinos de civil procurando formular preguntas como si no significaran demasiado.
Era una técnica bastante útil.
La gente solía contar más cuando creía que no estaba diciendo nada importante.
Los padres salían con frecuencia, pero casi nunca con la niña.
Nadie parecía saber demasiado sobre ella. La veían cada tanto, cuando salía a la acera a jugar. Las descripciones no eran precisamente buenas. Ropa sucia, a veces rota y, por encima de todo, una expresión que se repetía en varios testimonios: parecía una niña asustadiza.
Sebastian volvió a mirar la casa.
No sabía qué encontrarían al entrar, pero después de cinco semanas de investigación, tenía una idea bastante clara de que no sería nada bueno.
—Equipo en posición —informó una voz por la radio.
Sebastian enderezó la espalda.
—Recibido.
La operación no era diferente de otras. Había procedimientos y protocolos, y cada persona tenía una función específica. Primero entraría el equipo encargado de asegurar la vivienda. Él iría después.
Aunque llevaba un arma, su trabajo era encontrar a la niña, contenerla y no usarla a menos que necesitara defenderse.
Unos minutos después, la radio volvió a crepitar.
—Entrada asegurada.
Sebastian salió del auto.
La lluvia le golpeó el rostro mientras cruzaba la distancia que lo separaba de la casa. Se llevó una mano cerca del arma por puro reflejo, aunque sabía que, si todo estaba realmente despejado, no tendría que utilizarla.
Sebastian entró.
La casa era grande.
Demasiado grande para estar tan vacía.
Y estaba hecha un desastre.
Había manchas en las paredes, muebles mal cuidados, platos acumulados y un olor desagradable que parecía haberse instalado allí hacía mucho tiempo. No parecía una casa donde viviera una niña.
Hasta que vio el dormitorio.
La puerta estaba entreabierta.
Sebastian la empujó con cuidado y vio un colchón en el suelo.
Nada más.
Se quedó quieto durante un instante.
No había cama, juguetes, dibujos pegados en las paredes ni libros infantiles.
Solo un colchón viejo, una manta fina y un pequeño armario.
Sebastian sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—Charlotte —llamó.
Nada.
Avanzó un poco más.
—Charlotte, soy Sebastian. Estoy aquí para ayudarte.
Silencio.
Estaba a punto de salir cuando escuchó un ruido muy pequeño.
Un roce que, para su oído entrenado, no podía pasar desapercibido.
Sebastian se giró.
El armario.
Se acercó despacio y abrió una de las puertas.
Dos ojos enormes lo observaron desde la oscuridad.
Charlotte estaba hecha un ovillo, con las rodillas contra el pecho.
Sebastian sintió que el nudo de su pecho se hacía todavía más fuerte.
—Hola.
Charlotte no respondió.
Llevaba un vestido viejo, roto en varios lugares y sucio. Sus pies estaban descalzos.
Sebastian se agachó hasta quedar a su altura.
—Soy Sebastian —repitió—. ¿Cómo estás?
Nada.
No esperaba una respuesta inmediata.
De hecho, habría sido bastante extraño que una niña que acababa de ser encontrada escondida dentro de un armario decidiera comenzar una conversación con el hombre desconocido que acababa de entrar en su casa.
Así que Sebastian esperó.
—Está bien. No tienes que hablar.
Charlotte no apartó los ojos de él.
Sebastian mantuvo las manos visibles.
—¿Estás sola?
Silencio.
—¿Sabes dónde están tus padres?
Los ojos de Charlotte se movieron apenas, pero no dijo nada.
Sebastian sacó lentamente la radio.
—Encontré a la menor. Necesito apoyo de protección infantil y asistencia médica.
Charlotte reaccionó de inmediato.